miércoles, 27 de marzo de 2019

LA VIDA EN ROJO NARRADA POR LUCY FERNÁNDEZ


Rodolfo Sánchez Garrafa


El rojo. Se conoce más de cien tonalidades de este color primario. Su contenido simbólico se asocia a la vida, el fuego y la sangre y, en diferentes culturas, expresa por igual la pasión, el placer, el erotismo, la seducción y, al par, la agresividad, el peligro, el desenfreno, la locura. Cuando Stendhal en Rojo y negro, una novela de amor y de sangre, hila una historia en la que la apertura al amor conduce a la vida pero, finalmente, al crimen, nos enfrenta a los extremos misteriosos y paradójicos de este cromatismo, que condensa la naturaleza humana. Entre los escritores de nuestro medio, Santiago Roncagliolo tuvo éxito con su Abril rojo, considerado como un libro de crítica política, novela negra de acción con sangrientas performances de muerte masiva. Es este, entonces, un terreno de pulsiones arcaicas pero, quiérase o no, siempre presentes.

Rojo (Forjadestino 2018), simple y llanamente rojo, es el título del reciente libro dad0 a conocer por la joven narradora Lucy Fernández, cuyo argumento resume bien Alonso Cueto: “En el año 1932, Matilde tiene 15 años y tras la muerte de su padre, es ofrecida en casamiento a Artemio Urbina, hombre adinerado que dedica su vida a viajes y fiestas. Rojo es la historia del mundo interior de Matilde, pero también de su encuentro con el diario de Lavinia Vigorou, primera esposa de Artemio e importante pianista de la época cuyos escritos revelan libertad y cultos esotéricos, fragmentos íntimos que abren las puertas a un paisaje sensorial y espiritual, que cogen la mano de la protagonista para intentar salvarla del vacío”.

Tal resumen es un buen adelanto sobre la maestría con que Lucy Fernández afrontó el reto de construir una historia que siendo romántica en su perfil general llega a ceder el paso a una imaginación activa, propicia para el encuentro entre un yo, el de Matilde Rojas que, si bien se resiste a un destino preestablecido, es consciente de su impotencia para modificarlo; un encuentro, digo, con la memoria de un ánima, la de Lavinia Vigorou, una otra, en cuyo diario Matilde descubre noticias sobre hechos pasados y meditaciones que repercuten directamente en ella, debido a la análoga situación que vive, sintiéndose prisionera en una inmensa casona de piedra.


Lavinia había fallecido unos siete años atrás, en circunstancias poco claras, que todos convenían en dejar al olvido. Había sido ella una mujer bella, sensual, diríase situada en el extremo polar opuesto a Matilde; y, sin embargo, ocupante en su momento de la misma jaula: la gran casona de los Urbina. Nadie habría comprendido mejor a Matilde en su precariedad y angustia cuasi puritana que ella, Lavinia, la dama desbocada, la italiana frenéticamente imbuida en el ejercicio de su sexualidad y, a la vez, urgida de hallar un escape a su dorada prisión. Lavinia y Matilde, dos mujeres distintas a las que un mismo hombre había escogido como esposas, precisamente por ser una lo opuesto a la otra.

Gran manejo la que hace la escritora Lucy Fernández propiciando el sorteo del tiempo a través de un diario íntimo, que encuentra su precisa destinataria. Así se establece un diálogo que no solo restaura una historia oculta sino que permite abrir la mente y equilibrar la psique de una mujer obligada a padecer una relación marital indeseada. Esa función del pasado, resulta una especie de llave o clave que endereza el destino, ilumina el presente y abre un nuevo horizonte al futuro. Lavinia es una vanguardia de liberación, de ruptura con tabúes, de íntima conciencia de sí misma y de insolutos propósitos. Así, la experiencia de la joven Matilde pasa a ser constancia de un tiempo en el que los hechos mismos y la influencia de nuevos aires liberales que soplan en otros países de Europa, cuestionan la vigencia de un sistema social androcéntrico, señorial y premoderno.


Son los años cuarenta, en buena parte de los países sudamericanos no cabe aún esperar cambios drásticos en una vida cotidiana constreñida por estructuras sociales anquilosadas. La desigualdad social, los estereotipos de género van a tardar en modificarse, pero no deja de sentirse el albor de una nueva época. En Rojo son explícitas las tensiones que van llevando a la ruptura o abandono de la práctica matrimonial como operación económica, incluso lucrativa, para abrir espacio a la construcción de bases de aquello que vendría a ser el ideal del amor romántico moderno.

Para mi gusto, una cierta debilidad argumental en cuanto a la figura de Julio Merino como segundo pretendiente de Matilde, queda minimizada por la soberbia habilidad narrativa con que Lucy Fernández convierte el diario como escritura íntima, en un recurso literario absolutamente impactante, que nos permite adentrarnos en los vericuetos vivenciales de un personaje singular. En efecto, Lavinia emerge como un cofre de sentimientos, emociones, valores y pulsiones reveladoras de un mundo sensorial delicadamente contextualizado en tierras lejanas como Roma, Verona, Alejandría, y, luego, Peumo, una localidad de la región central de Chile. El ocaso en el Mediterráneo, la costiera amalfitana, la ingestión de absenta, el minestrone, el cementerio Staglieno, los rituales e invocaciones a la luna, los elíxires en sofisticadas copas, los cafés en Alejandría, un Ford T en movimiento, y podemos seguir sin cansancio puntualizando la estupenda armazón de descripciones y ambientación conseguidas por la escritora, tanto más meritoria cuanto que se remonta a situaciones ocurridas ochenta años atrás. Sin ser novela histórica el volumen se afianza bien en el tiempo que cubre.

Habría esperado sí un final que rematara de forma más contundente la trama desarrollada; sin embargo, lo presentado por Lucy Hernández es más que suficiente para que el lector organice su propia concepción resolutiva. Es cierto, por ejemplo, que las confesiones de Lavinia ayudaron a que Matilde salve sus más acuciantes vacíos existenciales, pero podríamos imaginar también que mientras Matilde ultimaba sus arreglos en el puerto de Valparaíso, alguien hacía lo mismo embarcándose hacia Europa, quizá el ánima de Lavinia, al fin liberada por el alma interpósita de una Matilde decidida a recomponer su vida.

En suma, puedo decir que Rojo es una novela bien escrita, con un apreciable manejo del lenguaje, sin trabas ni baches, por lo que saludo a su autora la licenciada Lucy Fernández, esperando de ella próximas publicaciones de renovadas ambiciones y logros. 

Referencias:

Fernández, Lucy.- Licenciada en Turismo por la Universidad Andina del Cusco, docente en diversos institutos de aviación comercial, profesora de español como lengua extranjera. Tiene estudios de especialización en el Centro Cultural de la PUCP y la Universidad Ricardo Palma de Lima.

Fernández, Lucy: Rojo. Forjadestino, Lima 2018, 146 p.


domingo, 23 de diciembre de 2018

UN PASO MEMORABLE POR LA UNIVERSIDAD NACIONAL DEL ALTIPLANO


Rodolfo Sánchez Garrafa

Entre los días 28 y 29 de noviembre de 2018 tuvo lugar la parte central del Seminario de Investigaciones Científicas en Ciencias Sociales programado por la Facultad de Ciencias Sociales de la UNA-Puno, en ocasión de celebrar su XLVI Aniversario. En este marco, fuimos invitados a participar el escritor José Luis Ayala, el político y animador cultural aymara Daniel Quispe Machaca y el antropólogo Rodolfo Sánchez Garrafa que escribe esta nota, en calidad de expositores, encargados de ofrecer sendas charlas magistrales en los campos de sus respectivas especialidades.

La Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Altiplano está entre las de mayor magnitud de la primera Casa de Estudios Superiores de Puno, tanto por el número de escuelas profesionales con que cuenta: Sociología, Antropología, Ciencias de la Comunicación Social, Turismo, Arte y el Departamento Académico de Humanidades, cuanto por el número de estudiantes que atiende. Su misión se resume en el enunciado que reza “Identidad, ciencia y desarrollo”. Como unidad de gestión académica, procura formar profesionales de calidad, capaces de aportar conocimientos científicos de carácter social, humanístico y alternativas eficaces orientadas a la solución de necesidades socioculturales de la región sur andina del país. Coherente con su misión, tiene el compromiso de generar proyectos y programas de promoción social que promuevan una conciencia de autogestión y desarrollo humano. Volver a la UNA luego de algún tiempo permite advertir cambios importantes, no solo en la impresionante infraestructura disponible ahora sino en el carácter de las nuevas ideas que alientan el quehacer académico en sus aulas.

Dadas las características de pluriculturalidad y multilingüismo del área regional de Puno y sus antecedente históricos, es comprensible que para esta institución sea clave la conciencia de su papel en la construcción y fortalecimiento de una identidad cultural específica. Su población estudiantil y el correspondiente contexto inmediato de interacción social, son elementos que cuentan con altas probabilidades para liderar futuros procesos de fortalecimiento de la identidad regional y andina en general. En esto puede y debería reposar una de las principales contribuciones de esta institución universitaria al proceso de unidad nacional dentro de la diversidad, que es lo más valioso del patrimonio con que cuenta el Perú.



Puedo decir que mi conocimiento de la realidad histórico social de Puno es relativamente significativo. Siendo aún niño, peregriné repetidas veces a Copacabana acompañando a Julia, mi abuela paterna, y aún me acompaña hasta hoy el deslumbramiento de sus paisajes, la laboriosidad e intensa actividad comercial y el desbordante espíritu festivo de sus gentes. Años más tarde, en el quehacer propio de mi ejercicio profesional frecuenté Puno, llegando a permanecer en la región el año 1976 para levantar el primer diagnóstico sociolingüístico del área quechua (INIDE-MINEDU). Unos años después, en 1981, asumí el cargo de Jefe del Proyecto de Educación Bilingüe Puno-PEBP (Convenio GTZ-Perú), el mismo que fue evaluado satisfactoriamente por el Instituto Nacional de Planificación de entonces y prosiguió hasta al menos 1988. Por aquellos años conocí a Daniel Quispe Machaca, docente, primero programador del Núcleo Educativo Comunal de Huata, más tarde Jefe de Planificación de la Dirección Regional de Educación, luego Sub Director Regional y Director Regional de Educación (e). Nuestra amistad, se ha mantenido desde entonces, habiéndose consolidado en el breve período que él ejerció la función de Diputado de la Nación por Puno (1990-91), para continuar en su fase de abogado y luego en la publicación de la Revista Intercutural Aymara-Quechua AQ que en 20 años de existencia tiene como balance 18 números comprometidos con la identidad cultural de los pueblos andinos. He tenido todavía una relación estrecha adicional con la UNA, dado que durante un semestre tuve la satisfacción de ser profesor invitado de la Maestría en Lingüística Andina y Educación que por aquella época contó también con el concurso de reconocidos maestros como Juan de Dios Cutipa Salas, Rodolfo Cerrón Palomino y Rodrigo Montoya Rojas.

En cuanto al intelectual huancaneño José Luis Ayala, no es menester abundar dado su reconocido predicamento como prolífico escritor, a quien he admirado en su faceta de poeta, muchos años antes de conocerlo personalmente, lo cual ocurrió para mi fortuna hace bastante tiempo, cuando él se desempeñaba todavía como funcionario del Jurado Nacional de Elecciones del Perú. Posteriormente, estuvimos juntos en la aventura de la Revista AQ, participé también en proyectos suyos como las revistas Spergesia y Nuevos Comentarios Reales, amén de múltiples jornadas académicas. Siempre me ha impresionado su capacidad de análisis actualizado de la coyuntura político social del país y su esmero en hacerse cronista de gestas populares.

Sin más preámbulos me referiré a nuestra participación como conferencistas invitados al Seminario de Investigaciones Científicas en Ciencias Sociales realizado por el XLVI Aniversario de  la Facultad de Ciencias Sociales de la UNA-Puno. José Luis Ayala remarcó entre otros puntos que la ideología forma parte de la superestructura, que en tal virtud tiene que ver con la razón de ser del poder, y que su dominio social tiene como base, sobre todo, a la economía. Dejó en claro que no hay sociedad ni personas que carezcan de ideología y que la desideologización es una deformación grave, una distorsión de la historia, una respuesta equívoca en un mundo en el que la lucha por los intereses de las clases sociales se realiza todos los días. No hay sistema educativo carente de bases ideológicas -dijo Ayala-, todo proceso pedagógico está destinado a perpetuar el sistema y lo hace a través de una ideología que tiene por objeto mantener el sistema económico, político y social. Siendo así, postuló la necesidad de una política educativa que modifique las estructuras caducas de poder, en un esfuerzo de creación heroica que de paso a una sociedad plenamente intercultural.

Por lo que a mí respecta, enfoqué mi esfuerzo en mostrar cómo es que la antropología simbólica contemporánea está en condiciones de ofrecer una perspectiva diferente respecto al análisis del conocido ciclo mítico de Los Hermanos Ayar, en cuya base se halla la relación básica que las sociedades andinas han mantenido con sus ancestros a través del tiempo. En mi análisis, la misión fundacional de un nuevo centro del mundo, moviliza a una orden sacerdotal, vinculada al parecer directamente con la tradición tiawanakota, mantenida al interior del sistema de wakas ampliamente extendido en los Andes. Suficientes elementos de convicción permiten sostener que este ciclo documenta diversos aspectos de un sistema mágico religioso que ya estaba estructurado en los albores organizativos del Tawantinsuyu incaico, por lo que es enorme su significación para un mejor conocimiento, respecto al pasado proto-inka y a la posibilidad que la cronología correspondiente pueda retroceder a varios siglos anteriores a los considerados hasta ahora.

Finalmente, correspondió a Daniel Quispe Machaca referirse a la visibilidad contemporánea de los aymaras en el Perú. Lo hizo resaltando algunos hechos: i) el papel de UNCA, ii) la difusión de la Revista Intercultural Aymara Quechua de CEPCLA, iii) la labor de la Academia Peruana de la Lengua Aymara APLA, iv) los resultados del último censo de población, v) el establecimiento del Colectivo Aymara, y vi) el crecimiento de los profesionales aymaras. Cada uno de estos aspectos fue aprovechado para puntualizar perspectivas tendientes al fortalecimiento de las identidades originarias. Los andinos no debemos auto eliminarnos, remarcó, señalando como tarea visionar el futuro con optimismo, poniendo empeño en alcanzar un nuevo pacto entre el Estado y las naciones originarias, para un desarrollo nacional de largo alcance.



En la jornada de cierre del Seminario, destacó la intervención del señor Rector de la UNA Dr. Porfirio Enríquez, quien expresó su complacencia al cumplirse los XLVI años de vida institucional de la Facultad de Ciencias Sociales, una trascendental fecha en la que cabe ameritar el posicionamiento logrado por cada una de las 5 carreras con las que cuenta esta Facultad, todas ellas debidamente acreditadas por el Sistema Nacional de Evaluación, Acreditación y Certificación de la Calidad Educativa-SINEACE. Manifestó el señor Rector que el Licenciamiento y la Acreditación Académica alcanzadas por la Facultad no solo demuestran que la institución cumple las exigencias de los estándares internacionales que demandan una mayor preparación profesional que incida en la investigación científica y en la formación integral de los estudiantes, sino que abren un horizonte de mayores expectativas puesto que el hecho hay que tomarlo no como un logro final sino como el punto 0 del crecimiento institucional de esta casa de estudios. La UNA apuesta por una universidad de excelencia comprometida con la identidad nacional, sin perder de vista su responsabilidad prioritaria con el desarrollo regional.


En el curso de la ceremonia se confirió medallas de Honor al Mérito a los expositores invitados Daniel Quispe Machaca, Rodolfo Sánchez Garrafa y José Luis Ayala, quienes empeñaron su palabra con el compromiso de llevar tal distinción con el alto honor que corresponde. Cumplimos con reiterar  nuestro agradecimiento al Señor Rector Dr. Porfirio Enríquez Salas, al Señor Decano de la Fac. de Cs.S. Mag. Héctor Velásquez Sagua y a todos los distinguidos señores docentes de la Facultad.

Aquí pongo punto final a un paso memorable por la Universidad Nacional del Altiplano que, sin embargo, solo fue el principio de un recorrido fascinante por las Islas del Sol y de la Luna en la parte boliviana del Lago Titicaca, así como por la ciudadela de Tiawanaku profundamente entramada con el desarrollo de las altas culturas andinas. Dar cuenta de esta experiencia continuada será motivo de una o más crónicas complementarias de viaje.

Chorrillos-Lima, diciembre de 2018.


domingo, 17 de junio de 2018

Acercar la Literatura Universal al Público Joven

Alejandro Herrera Villagra*



Acercar la Literatura Universal al Público Joven
o cómo se hace la selección de una obra clásica


¿Es válido tomar una OBRA CLÁSICA adaptarla, antologarla o resumirla para lectores que no están preparados para comprender textos filológicamente complejos, históricamente difíciles y culturalmente lejanos? Pongamos por caso La Ilíada o La Odisea. En principio, desde luego, la respuesta es: “Sí, correcto”. Millones de libros para estudiantes han sido publicados en el mundo entero para difundir entre los más más jóvenes la Gran Literatura. Las obras de Homero (ca. VIII aC) fueron escritas en lengua griega antigua, en otro sistema sígnico alfabético, aún un tanto distinto al que conocemos nosotros, en un formato antiguo (rollo de papiro), en una cultura distinta a la nuestra y desde luego en un contexto histórico muy diferente al contemporáneo. ¿Podría un joven que está formando su gusto por la literatura, que aún no posee habilidades analíticas o interpretativas desarrolladas, leer comprensivamente estas obras? Es un asunto que en el sistema de educación internacional es materia de debates actuales y preocupación y ocupación de varios académicos, educadores y editores.


Segundo ejemplo. Una de las obras clásicas para la cultura española, formadora de su identidad hispánica es, como asimismo en teoría lo es Comentarios Reales de los Incas para los cuzqueños, el Cantar del Mío Cid (ca. 1200). Hace algunas décadas atrás se hacía leer esta obra resumida (no completa) en nuestros colegios pero manteniendo el lenguaje arcaico, un castellano antiguo, diferente del nuestro. Sabemos perfectamente que dos cosas ocurrieron con aquellos lectores: i) no aprendieron mucho, o no aprendieron nada y ii) no lograron desarrollar un gusto por la literatura. ¿Fue pedagógica, enriquecedora, beneficiosa esta “metodología de enseñanza”? Juzgue el lector.


Tercer ejemplo interesante: las cartas de negociación que Titu Cusi Yupanqui, Sapa Inca legítimo de Vilcabamba, le envió al Rey Felipe II entre 1559 y 1570. Hay varias ediciones que podemos consultar como la de Horacio Urteaga (1919), de Luis Millones (1985), o de Liliana Regalado de Hurtado (1992). En efecto, conocemos esas cartas gracias al nunca olvidado Edmundo Guillén Guillén (1976-77) y a los editores mencionados. Pues bien: léanse estas piezas históricas y preguntémonos con sinceridad si resultan fácilmente comprensibles estos textos en términos de trama, discurso, pertenencía cultural, contexto histórico, lenguaje e ideología. La respuesta no puede ser otra… juzgue usted mismo.

Ser ciudadanos de una metrópolis considerada capital arqueológica de Sudamérica ¿no nos obliga a vivir una vida culta, educada, justamente elevada intelectual y espiritualmente, conocedores de nuestras tradiciones, identidades e historias? No es solamente tema de interpretaciones históricas, es también asunto de identidades culturales.

Las obras clásicas no son bloques de andesita o mármol; duras al contacto, frías a la piel, o impenetrables en su contenido interno. Las obras clásicas deben ser leídas indudablemente por las personas que se están educando hoy. Por lo tanto, estas obras universales deben ser acercadas al gran público de una manera pedagógica y didáctica. Es un asunto de Política Educativa oficial. Por su parte, distinto es formarse y especializarse en filología, lingüística o literatura, así como en arqueología, historia cultural, o antropología, a leer este tipo de obras con solo el bagaje que vamos ganado por la vida, si es que realmente nos interesa la cultura. La lectura es una bella y útil habilidad que se cultiva con el tiempo. La educación mundial coincide en que el sujeto aprendiz debe avanzar poco a poco, de un grado a otro de complejidad, explorando distintas literaturas, advirtiendo estilos, géneros, estéticas y corrientes, hasta llegar a un grado en que la persona en formación puede disfrutar cualquier expresión escrita porque formó en su hábito cultural una COMPETENCIA LECTORA que le facilita la comprensión de cualquier obra escrita en su lengua materna o traducida desde el griego, el español antiguo, o el inglés, o la que fuere.


Traducir una obra significa ingresar en su semiosfera, decodificarla culturalmente, hacer semejantes los términos, los hechos, las cualidades psicológicas de los personajes, o sea hacer «com-pren-sible» un cosmos cultural. Traducir (del latín traductĭo) aclara sociológica e históricamente los hechos y acontecimientos, etc. Umberto Eco, con todo, advirtió que “traducir es traicionar”, una fórmula que nos pone en guardia antropológica cuando asumimos responsabilidades editoriales y educativas. “Seleccionar”, “antologar” o simplemente “resumir” significa acercar todas estas operaciones complejas, de carácter semióticas, para que un niño o joven logre captar la esencia de una obra, sea ésta el Quijote (a propósito, relaciónese esta reflexión con la obra del gran Demetrio Yupanqui que en 2005 lo tradujo del castellano al quechua), el Principito, o los Ríos Profundos. Es decir: para que el aprendizaje de lector lego se sostenga en un soporte cognitivamente sólido. Recordemos que los niños, jóvenes y adultos aprendemos desde lo más simple a lo más complejo; en este sentido, hasta el comic o el vídeo resultan herramientas pedagógicas valiosas y fascinantes.

Defendemos este tipo de libros de selección porque son útiles cuando han sido bien hechos, y volvemos a insistir en que estas piezas literarias o históricas para la enseñanza no pretenden ni pueden sustituir la lectura completa. Nada mejor que las obras completas. Pero ¿nos arriesgamos a que nadie las lea? ¿O a resúmenes que se destilan en la basura que flota en Internet? ¿O empleamos estrategias mundialmente aceptadas para volver a construir un sistema de enseñanza acorde a nuestros tiempos?

Confundir la pertenencia de una obra clásica con chovinismo xenófobo, celopatía cultural o vulgar nacionalismo –que es lo que estamos viendo en este ‘debate’ entre defensores de la cultura y militantes de la baja política–, es un error que UNESCO debiera anotar en su política educativa y científica mundial dado que nuestra Ciudad Sagrada es Patrimonio de la Humanidad.

En la Ciudad del Cuzco, a 18 de junio de 2018.

*Alejandro Herrera Villagra (Santiago de Chile 1973). Doctor en Historia con mención en etnohistoria Andina, Universidad de Chile. Licenciado en Antropología Social, Universidad Bolivariana. Magister en Historia con mención en etnohistoria Novohispana, Universidad de Chile. Licenciado en Educación, Universidad Católica Cardenal Silva Henríquez. Ejerce docencia en la Escuela de Antropología de la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco. 

viernes, 15 de junio de 2018

COMENTARIOS REALES DE LOS INCAS PARA LOS JÓVENES DE HOY


Rodolfo Sánchez Garrafa


La Gerencia de Turismo, Educación, Cultura y Deporte del Gobierno Municipal Del Cusco, ha auspiciado la publicación de una nueva edición de la obra cumbre de nuestro Cronista el Inca Garcilaso de la Vega. El propósito de este esfuerzo es proporcionar un volumen especialmente concebido para lectores jóvenes que están entrando en el mundo de la lectura; siendo así, lo entiendo como una adaptación o adecuación con propósitos muy definidos, considerando la poca propensión actual hacia la lectura, el influjo del internet y la televisión, la globalización y muchos otros factores externos, que conspiran contra una formación sólida en el conocimiento de nuestra propia historia y, por tanto, afectan una de las bases de nuestra identidad cultural, asunto sustantivo para proyectarnos como nación.

Básicamente, lo que se ha hecho es aligerar el extenso texto de los Comentarios Reales de los Incas, prescindiendo de muchos capítulos que podría considerarse menos medulares a los efectos ya señalados y que bien podrían ser leídos por quienes deseen profundizar en el conocimiento ya adquirido. Debe entenderse que, por donde se lo mire, no es un resumen de la obra original, y en buena hora que no lo sea, por lo duro y por la alta responsabilidad que ello habría entrañado. Una mirada rápida del volumen, ahora muy manejable, permite que pueda reafirmarme en mi primera impresión respecto a la bondad de estos nueve libros ahora en uno con 390 pp., una versión compacta y por lo tanto útil, sin llegar a ser necesariamente un hand book o libro de bolsillo.

Hasta aquí todo bien. Ahora, entrando a la orientación que resulta teniendo la edición, me veo precisado a formular algunas atingencias. Una cuestionable visión editorial ha llevado a incluir un texto del Premio Nobel Mario Vargas Llosa para abrir la edición. No está en cuestión la calidad de escritor, ni los sobrados méritos literarios que tiene, los cuales no dejan de enorgullecer a cualquier peruano, pero nadie, medianamente enterado, puede desconocer que la visión de Vargas Llosa respecto a la significación y rol de la historia antigua del Perú para la construcción de una sociedad futura, es diametralmente opuesta a la vigencia del pensamiento andino y, en general, a su herencia cultural. Es sabido que, para él, cualquier alegato de resistencia o de validez de ancestrales valores no es otra cosa que un complejo arcaico y utópico. Si bien, Garcilaso y Vargas Llosa nacieron en territorio andino y se establecieron en España, las motivaciones y propósitos últimos de sus quehaceres intelectuales son distantes y ponerlos juntos, sobre todo si el propósito es la revaloración y conservación de una memoria colectiva, resulta como mezclar agua y aceite. Es, no me cabe duda, un desacierto, en cuanto esta publicación de los Comentarios Reales de los Incas no debe ser mostrada como un esfuerzo de divulgación literaria sino histórica o etnohistórica y de afirmación de una identidad a la que tenemos derecho.

Las acusaciones de que Garcilaso ignoró todas las culturas y civilizaciones anteriores o contemporáneas a los Incas, llamándolas  primitivas y salvajes, para resaltar más los logros del Incario, no hace otra cosa que demostrar la carencia de información etnohistórica, del sentido simbólico de los registros tradicionales, en particular del mito, en fin una desactualización en el conocimiento del examen actual del mundo andino. Otra falsa perla en Vargas Llosa es la asunción de la tesis, para la cual la visión «arquetípica y perfecta» con que el Inca Garcilaso describió el Tahuantinsuyo deriva de la influencia platónica. Paso a paso se descubre actualmente, cómo los extremos garcilasianos encuentran fundamento en registros anteriores a los incas y nada tienen que ver con un platonismo ni con una tradición mercurial, tal como todavía se repite por lamentable ignorancia. “Nadie trate de valerse de las bellas páginas que escribió el Inca Garcilaso de la Vega para acarrear agua al molino del nacionalismo” -dice Vargas Llosa- en un muy desafortunado señalamiento. Todos los pueblos, en todas las latitudes y en todos los tiempos han construido y siguen construyendo sus identidades colectivas. El nacionalismo es un fenómeno circunstancial, las identidades trascienden a cualquier forma de manifestación de organización política.

En fin, ya para terminar este comentario que se extiende más allá de mi intención original, me parece oportuno recordar que el historiador cuzqueño Julián Santisteban Ochoa, refiriéndose a Roberto Levillier, señaló en su momento que la crítica parcializada a Garcilaso, atenta con terrible puñalada contra el corazón del Perú y reviste la herida con retoques de estudiada técnica histórica, literaria diría yo para este caso.

Hecha esta advertencia, será bueno que el lector contraste el texto introductorio aludido con los contenidos en el apéndice del libro, así podrá formarse un juicio inicial más equilibrado. Nunca estará demás inculcar en las nuevas generaciones el amor por lo propio y el orgullo de ser quienes somos. Esta debiera ser la razón última para recibir con expectativa toda iniciativa de difusión de una obra tan fundamental para el Cuzco y el Perú, como los Comentarios Reales de los Incas de nuestro ilustre cronista Garcilaso de la Vega.



jueves, 14 de junio de 2018

LA VISIÓN DEL INDIGENISMO EN JOSÉ TAMAYO HERRERA


Rodolfo Sánchez Garrafa

José Tamayo Herrera, el historiador cuzqueño, tiene en su haber dos importantes libros sobre historia del indigenismo en el sur andino peruano. El primero, Historia del indigenismo cuzqueño. Siglos XVI-XX (1980), seguido un par de años después por su Historia Social e indigenismo en el altiplano (1982). Ambos trabajos fortalecieron, en su momento y quizá en definitiva, su perspectiva de trabajo, orientada a visibilizar la historia regional, particularmente cuzqueña pero también del sur andino en general. Para el maestro L. E. Valcárcel, lo que hizo Tamayo es salvar del olvido a quienes contribuyeron con su ejemplo y con su obra a la admiración de y por lo indígena. Para Emilio Romero, por su parte, era destacable el estudio a fondo que, a su juicio, había hecho Tamayo sobre la evolución histórica social e intelectual del Altiplano, marcando alguna divergencia ciertamente poco polémica respecto a lo que ambos entendían por indigenismo.


El propio historiador Tamayo, preocupado por esclarecer el enfoque teórico asumido en sus referidas obras, ha destacado puntualmente su esfuerzo por incorporar la historia de las mentalidades de la llamada Escuela de Annales. Pese a que hay aspectos de su perspectiva que han quedado sin ser dilucidados a cabalidad, los cuales limitan el aprovechamiento sustantivo de sus contribuciones, que sin duda van más allá de un exhaustivo inventario de acontecimientos, nombres y fechas, destinados a curar el mal del olvido, su considerable esfuerzo merece un amplio reconocimiento.

Con los libros arriba mencionados y su Historia del Cuzco Republicano (1978), entre otras de sus muchas obras, es suficiente para que José Tamayo Herrera se constituya en la figura intelectual cuzqueña más descollante de su generación en el Siglo XX. Me llena de satisfacción alcanzar a decirlo, ahora que este estudioso se halla aun en condiciones de recibir y quizá apreciar estas palabras.

Este escrito es una cita concertada con quien ha hecho de la historia del indigenismo el centro de una preocupación que no podemos menos que compartir.

La historia regional en la larga duración

Se le debe a José Tamayo el haber abierto trocha en cuanto al examen de la historia cuzqueña sacudida de su localismo aldeano, para mostrar su dinámica inserta en el proceso nacional, lo cual ha implicado a la vez la superación del “limacentrismo” o “limeñocentrismo” (2010: 9).

Tamayo ha contribuido de manera significativa a la construcción de una imagen histórica de la región cuzqueña contemporánea y de sus elementos definitorios significativos, en el contexto nacional. Ha descrito y analizado los procesos económicos, sociales y culturales de cambio y modernización suscitados en la larga duración, concurrentes a la conformación política e identitaria regional del siglo XIX en adelante. Logra elaborar una periodización propia de la historia regional, fundada en las transformaciones ocurridas al paso del tiempo en el espacio particular cuzqueño, lo que le lleva a indagar sobre los mecanismos y redes de poder así como su desenvolvimiento sea circunstancial o sostenido.

Destaca la visión que nos proporciona sobre procesos sociopolíticos y culturales, la consiguiente identificación de formas del sistema de relaciones instalado en la región desde una perspectiva temporal. A partir de estas estructuras nos permite distinguir permanencias y cambios sobre los que se entiende el presente y se hace posible avizorar un futuro posible. Al parecer, sin embargo, faltó en su tratamiento una de las columnas angulares, ya reclamada por la propia corriente francesa de los Annales, que concierne al hecho de que las regiones más que individualidades históricas en movimiento, constituyen individualidades geohistóricas en movimiento. Es que ya se ha advertido que los procesos del desarrollo social se despliegan necesariamente sobre una base geográfica. Nuestro intelectual obvió el tratamiento fino de esta base geográfica y la refiere de manera incidental a lo largo de sus diferentes estudios. Es que lo andino, deja de ser andino si no tomamos en cuenta los Andes y la consecuente formación física y ecológica a que da lugar.

Por encima de cualquier limitación, el abordaje del indigenismo en José Tamayo está insuflado y quizá dominado, precisamente, por una mirada de larga duración, valioso atributo que se halla en su punto de arranque.

¿Escribió Tamayo “desde dentro” sus historias del indigenismo?

José Tamayo Herrera, considera como su mayor mérito el haber escrito sus libros “desde dentro” del propio indigenismo. Es importante discutir esta afirmación porque la certidumbre o ilusión de la misma tiene consecuencias inevitables con la percepción que se revela a la larga sobre la historia total del indigenismo.

No se trata de cuestionar que Tamayo sea o no un andino, de hecho lo es, como lo somos, en general, la mayor parte de los peruanos. Lo decisivo es dilucidar si Tamayo es o no un indigenista, porque de serlo sería justo que reclame el escribir “desde dentro”. Hay que ser rotundos, Tamayo no es un indigenista, nunca lo fue. Es posible afirmar que en algún momento sintió atracción y encanto por la temática, que por cierto no le era extraña, y que por eso consiguió desarrollar una mirada comprensiva respecto a los pensadores indigenistas, pero él indigenista no es. Hay que tenerlo como un estudioso del indigenismo, uno de sus más destacados estudiosos. Tamayo no ha hecho indigenismo ha hecho historia del pensamiento indigenista. Es un historiador que ha cumplido con largueza la tarea que se impuso.

Entonces ¿A quiénes cabe llamar indigenistas?

Haciendo a un lado las abundantes generalizaciones y reduccionismos, nos quedamos con el concepto de «Indigenismo» como relativo a un movimiento ideológico activo y heterogéneo protagonizado por sectores que asumieron desde su propia “exterioridad” la defensa y/o representación del “indio”; de un lado, mediante la denuncia de los abusos y discriminación sufrida por las poblaciones originarias de Iberoamérica y, de otro, a través de la promoción de reivindicaciones y exigencias para su mejor estatuto ciudadano y condiciones de vida para sus comunidades. Dicho esto, podemos incluir, sin problemas, dentro de este movimiento ideológico a un conjunto variado de expresiones políticas, antropológicas, literarias: narrativa, poesía, ensayo, de artes plásticas: pintura, escultura, que desarrollaron una línea de pensamiento surgido entre los años 1910-1950 y que se extendió hasta fines del siglo XX. Esta noción se corresponde con lo que el propio Tamayo denomina indigenismo estrictu sensu (1980: 69) y que otros historiadores convienen en llamar indigenismo contemporáneo, para distinguirlo de sus antecedentes, que ciertamente los presenta, como cualquier otro proceso histórico.

En Historia del indigenismo cuzqueño, siglos XVI-XX, prevalece la perspectiva de un indigenismo latu sensu, que es comprensible e incluso productivo por la mirada de larga duración que José Tamayo logra imprimir a un examen que integra el llamado indigenismo colonial, la mentalidad andina o pro andina del siglo XIX, y las semillas del indigenismo republicano. Eso sí, parece una licencia abusiva considerar que “todo aquel que empatiza con lo andino será un indigenista, aunque ni él mismo sea consciente de serlo” (1980:.72).

Permanencia y autenticidad del indigenismo cuzqueño

Como bien lo expresó Jorge Basadre, la toma de conciencia acerca del “indio” entre políticos, hombres de ciencia, escritores y artistas puede ser considerado como el fenómeno más importante en la cultura peruana del siglo XX. Tamayo, escribe sobre la obra de los llamados indigenistas, no necesariamente sobre el ideario del indigenismo, lo que le provocó preguntarse ¿Qué es el indigenismo cuzqueño? ¿Cuál su permanencia y autenticidad? (1980: 24).

Si hay algo que no podría serle regateado a Tamayo Herrera es su exaltación de lo cuzqueño, sentimiento que lo ha llevado a no pocos, pero comprensibles, deslices, por ejemplo hacerse eco de la afirmación atribuida a Valcárcel de que “el único auténtico indigenismo es el cuzqueño”. En esta mirada, cualquier otro indigenismo sería falso o impostado y, me parece, que nada está más lejos de la realidad.

Las razones que José Tamayo esgrime para sostener la peculiaridad del indigenismo cuzqueño pueden resumirse en: a) La sociedad regional cuzqueña, heredera de una vieja élite intelectual prehispánica, generó desde el siglo XVI una creadora intelligentsia (1980: 37); b) El indigenismo en Cuzco fue una respuesta necesaria y natural de algunos sectores de la burguesía urbana y de la pequeña burguesía rural, cuyos intelectuales estuvieron en una situación de proximidad interétnica frente a lo indígena omnipresente; (1980: 35-36); c) Los terratenientes o gamonales cuzqueños desarrollaron una identidad mestiza que sincretizó las culturas europea y andina, elaborando una visión idealizada de aceptación y sobrevaloración de lo indígena (1980: 36-37); y d) La intelectualidad mestiza letrada de la región poseía un agudo sentido histórico que le permitió enriquecer su percepción de lo indígena y desarrollar una conciencia lúcida de la grandeza del pasado perdido (1980: 39).

Aquí podemos estar de acuerdo con las características a) y b), señaladas por Tamayo, pero no con las signadas como c) y d), en cuanto que la visión de los indigenistas difícilmente podía sobrevalorar lo indígena porque en realidad los indigenistas cuzqueños del 20 al 40 no llegaron a tener un conocimiento suficientemente desprendido de la posición de clase esencialmente burguesa y/o aristócrata regional propia de sus integrantes. Su discurso preñado de idealismo romántico y emotivo, encontró sustento en vestigios básicamente materiales de la cultura andina, pero no disponían por entonces de un aparato conceptual que les permitiese acceder en profundidad a una valoración de la herencia inmaterial andina en torno a un peculiar entendimiento del mundo; es decir, pecaron de empatía ingenua o de otro tipo pero no de exageración. En muchos sentidos, se quedaron cortos.

Es dable pensar una peculiaridad regional como lo hace José Tamayo, atendiendo no solo al carácter multicultural del territorio andino, sino, además, a su estructura ecológica diversificada, la alta concentración de comunidades campesinas de origen quechua, la subsistencia del sistema de hacienda señorial hasta los años 70, el significativo bilingüismo castellano-quechua de la población regional. Puede convenirse en que esta peculiaridad tiene que haber incidido en materia de oportunidad, contenidos e incluso sostenimiento de las manifestaciones indigenistas en Cuzco; sin embargo, no es posible negar influencias decisivas tales como la Revolución Mexicana que tuvo inicio el 20 de noviembre de 1910, y se aparejó con un marco ideológico de cuestionamiento al positivismo suscitado desde principios de siglo. Tampoco puede minimizarse la reflexión político social que sobre el indio y lo indígena en el Perú plasmaron intelectuales nacionales como Manuel Gonzales Prada, Dora Mayer, Hildebrando Castro, José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre, cuya influencia en los pensadores cuzqueños de la época difícilmente podría ser negada. Consiguientemente, habría que concluir puntualizando la necesidad de evitar razonamientos paralógicos y de no ceder a sentimientos que por exacerbados llevan a perder perspectiva.

El indigenismo altiplánico según Tamayo

En cuanto al indigenismo puneño, Tamayo hace un tratamiento de dos en uno, es decir, reúne la historia social y la historia del indigenismo en un solo volumen, advirtiéndose un esfuerzo más apurado que no impide una apreciable labor de artesano, sin duda complementario al más logrado estudio sobre la región de Cuzco, pero con una atención algo más pertinente a la realidad geográfica. Aquí se insiste en el asunto de las “hondas raíces de una misma mentalidad andina” (1982: 17) que remite más a la conjunción de lo inconsciente y lo intencional, de lo estructural y lo coyuntural, de lo marginal y lo general, que se supone podría revelar el contenido impersonal del pensamiento de los hombres de una sociedad dada. Las limitaciones teóricas de esta opción, van a llevar no pocas veces a que Tamayo acuda a la noción ideología (1982: 21, 40) y es en mérito a esta adecuación sobre la marcha que consigue centrar su análisis en la hegemonía de la clase terrateniente, durante más de tres siglos, y las sublevaciones indígenas por la tierra.

Acierta una vez más nuestro historiador en su esfuerzo de periodización que permite distinguir desde el auge minero, el ciclo lanero, la hegemonía comercial arequipeña, la penetración imperialista, la modernización tecnológica de la ganadería y la modernización compulsiva. Vendrán seguramente otros criterios de periodización, pero aquí se halla el necesario punto de apoyo para la acumulación de la masa crítica que toda ciencia requiere.

Hay muchísimo que cosechar en los campos sembrados por José Tamayo Herrera. Me enorgullezco de haber vivido lo necesario para conocerlo con alguna cercanía y le rindo mi homenaje.

Referencias
Tamayo Herrera, José:
1982     Historia Social e indigenismo en el altiplano. Ediciones Treintaitres, Lumen, Lima.
1980     Historia del indigenismo cuzqueño. Siglos XVI-XX. INC, Lima.
1978     Historia del Cuzco Republicano. Edit. Industrial, Lima.



José Armando Tamayo Herrera (Cuzco, 5 de diciembre de 1936). Historiador, escritor y profesor universitario peruano. Ha desarrollado la historia regional, de las ideas y del arte, aplicando novedosos métodos de registro y análisis en el campo de la investigación histórica de su tiempo. Ha sido dos veces director de la Biblioteca Nacional del Perú. Fue incorporado a la Academia Nacional de la Historia en el 2010.


sábado, 11 de noviembre de 2017

UNA NOVELA SOBRE EL TIEMPO Y LA DESTRUCCIÓN

Rodolfo Sánchez Garrafa


Si bien no estamos ante el primer libro de Manuel Raya*, “El tiempo y la destrucción” es su primera novela, lo que quiere decir también que es su más atrevida producción literaria hasta el momento.

Se trata de un relato que pone énfasis en los entretelones de la vida grupal juvenil universitaria, en estratos estudiantiles de origen popular. Muestra la dinámica social, lo que de alguna manera podría llamarse mentalidad de época y las estrategias de vida puestas en práctica con resultados diversos.

Paso a comentar este interesante libro, desde una mirada básicamente antropológica.

La percepción del tiempo juvenil

Personalmente me he hecho la idea que cuando uno es joven ve la vida sin mayores aprehensiones, como si tuviéramos por delante todo el tiempo del mundo, un horizonte ilimitado de vida. Conforme pasan los años, muchos sentimos que el tiempo se hace breve y que cada vez transcurre con mayor velocidad, nos apremia y una gran parte de nuestros esfuerzos se concentra en recuperarlo en lo posible, en “ganarle tiempo al tiempo”, la juventud “el divino tesoro” –a decir de Rubén Darío– se va para no volver.

Mi amigo, el joven Manuel Raya, desde un inicio, toma en esta novela una perspectiva opuesta. Me explico, el personaje protagonista inicial siente que su presente consume todo a su paso, que canibaliza los sueños juveniles de los Chicho Boys, grupo o pandilla de amigos estudiantes. El sentido subjetivo que Mauro Chicho tiene del tiempo le hace sentir que enfrenta de manera constante a un depredador, que requiere la vitalidad de sus víctimas. De ahí que para él, el secreto de la vida presente consista en: existir en el límite, en el vórtice, como un hilo al filo de la navaja. En tal situación, la voz es subsistir, caer, pararse, intentarlo todo, otra vez. 


Se trata, según lo veo, de un tiempo cronológico (en la lógica de Cronos), que corresponde a la idea griega del transcurrir que devora todo y a todos, un tiempo secuencial, que pasa sin que se pueda evitarlo, a la manera de un “tic-tac” de reloj que irreversiblemente nos conduce a nuestro respectivo futuro, mientras nos va aniquilando y nos chupa la vitalidad. Entiendo que la percepción subjetiva que este personaje tiene del tiempo está influenciada por diversos factores externos e internos: Las instituciones deformando los sueños, la precariedad de las condiciones de vida, la incertidumbre diaria, pero en muchas formas también por la capacidad individual de organizar y reestructurar la vida. 

No es gratuito que el mismo Chicho se considere afortunado al haber logrado conocer el verdadero sentido de la vida. El descubrimiento es entonces la mayor ganancia de la madurez, tras años de vivir a ras del asfalto y experimentar giros existenciales determinantes. 


Harry Boy, otro de los personajes, pone el acento en la importancia del presente para los jóvenes, óptica que repara en los esfuerzos de cada quien por marcar el tiempo que vuela y atraparlo, cosa que no es sencilla porque el tiempo es percibido como una realidad rebelde, tanto o más que los actores humanos. Es el mismo tiempo cronológico devorador, al que hay que sujetar, ante el cual lo pasado ha dejado de tener sentido, por lo que solo el presente es el que cuenta. La historia es mentira, la verdad está en el presente, como en el tiempo de Kairos, aquella caprichosa divinidad griega de la oportunidad que es calva, a la que hay que atrapar por el mechón que lleva adelante. Es por eso que para este joven el tiempo guarda el secreto que puede servir para cambiar el destino. 

Para Piero Malta, uno de los que reflexiona globalmente su vida y la de sus amigos de grupo, la consigna es matar el tiempo a como dé lugar, estrangularlo, aniquilarlo, exorcizarlo, destruirlo y así evitar que sea el tiempo el que destruya a la humanidad. Paradójicamente, el tiempo de ocio, en la perspectiva de Piero Malta, llega a servir para ordenar ideas. En medio del peligro generalizado, se aprende a dejar todo en orden, hay que estar preparado para salir y no regresar. Es duro esto, incluso para personas maduras, no es fácil aceptar lo frágil de la vida en un mundo violento. Vemos así que la percepción subjetiva del tiempo depende mucho del contexto social y de la situación emocional en que se encuentra el sujeto.

En esta narración, solo a un Salvador le es dado comprender la eternidad del tiempo, que en tanto Aión no necesita devorar nada y más bien invita a la acción que es la que da sentido a la vida y la hace deseable. Salvador, nace en un tiempo en que la muerte deja de existir y es el que descubre la belleza perenne, al contemplar las montañas de los Andes patagónicos, lo que podría entenderse como la mayor obra divina, la propia naturaleza primordial, donde al que busca se le hace posible alcanzar la utopía, la luz, y ser feliz.

Salta a la vista una percepción del tiempo que principalmente responde a las circunstancias y el modo heterogéneo en que se las confronta.

El peligro como sentido de vida

Al grupo de amigos autodenominados Chichoboys les ha tocado vivir una época particularmente violenta. Es el Perú de los años 80 y 90, en los que la sociedad en su conjunto está sacudida por hechos que configuran una situación generalizada de amenaza y peligro. En el ambiente universitario y en la calle se tiene la sensación de que el sistema social está “jodido” y que a la población se le hace difícil soportarlo


En este contexto de peligro "real" y no meramente "potencial", existir en el límite, en el vórtice, es la idea y práctica del grupo de jóvenes cuya historia narra la novela de Manuel Raya. Siendo que las oportunidades de realización son mínimas o inexistentes, optan por el camino de los burladores de la ley, lo que por lo demás resulta una conducta manifiestamente generalizada, todos lo hacen: mienten, simulan, engañan, roban con frialdad. Si en algún momento, la vida en el límite permite esbozar una sonrisa es haciendo de este gesto un arma de batalla contra el hambre, una expresión de resistencia al mundo cruel, en suma una manera de sobrevivir.

El ocio, el entretenimiento y, finalmente, la anarquía, son recursos diarios que conducen en algún momento al extremismo, de una situación que atrapa, adormila y no permite despertar. Las circunstancias, sin embargo, pueden extender tablas de salvación, alguien como Búfalo podrá emigrar lejos y escapar de la vorágine destructiva, otro como Piero se redimirá luego de expiar mediante el sufrimiento de la locura, los demás sucumbirán en las garras del vicio y la adicción al sexo. 

La novela de Manuel Raya, desarrolla una interesante perspectiva sobre el peligro de la violencia destructiva externa, que pasa muchas veces a teñir las vidas de quienes inicialmente son víctimas y luego pasan a ser actores o agentes de la misma. Un mundo violento, alcanza por lo mismo elementos que pueden ser adictivos para los involucrados; las conductas de desviación recurrente pueden parecer idealistas o románticas, pero por lo general responden a una contaminación ambiental y un oscurecimiento del panorama de vida. Se regresa a la vida pasada y eso puede justificarse, como lo hace Piero, con una supuesta lealtad, un sentimiento de culpa ante lo que se percibe como traición al grupo de referencia social, sentimiento tan fuerte que se impone incluso sobre otras consideraciones como el amor de pareja y el instinto de conservación.



Escribir una historia

No cabe duda que la novela de Manuel Raya responde a una necesidad de escribir. Lo que es digno de comentar es que esa necesidad está explícita en el texto que nos alcanza. Harry Boy escribe para ser feliz, ya que solo puede serlo en la ficción. Se trata de la escritura como terapia. Es que en este sentido, escribir alivia al que lo hace del peso que significa cargar a espaldas vivencias, emociones, pensamientos y ambiciones ocultas, que en conjunto pugnan por ser liberados. Puede tratarse de las que gravitan sobre el escritor o simbólicamente del pretexto para abordar una circunstancia en un plano de más profunda reflexión. Piero Malta, por su parte, encuentra irónico que la época de mayor violencia y represión en el país se corresponda con sus memorables aventuras literarias. La alforja del escritor reboza de palabras, es un recolector de significantes y significados que hacen pensar. El escribir se hace oficio a punta de entrega, para responder a la ebullición de las ideas, y en este cometido el fantasma de los arquetipos (como es en algún momento la figura de Martín Adán) siempre ronda para decirnos que todo y nada está escrito, que hay que hacer algo para no perder los recuerdos.

Escribir suele implicar una toma de distancia, para aclarar ideas, curar heridas, valorar el presente y proyectarse al futuro. Escribir descomprime el ser. Al escribir se revive y atiza el recuerdo, a la vez se halla una forma de contrarrestar la soledad, eso parece haber ocurrido con Chicho o quizá Piero, en esos lapsos de encierro con que logró vencer su claustrofobia, escribiendo por instinto para lograr que las palabras venzan al tiempo. 


De hecho todos tenemos una historia, para los personajes de esta novela conservar la historia puede llegar a ser una obsesión saludable, un escribir sin parar, sintiendo que así resucita el alma considerada muerta. Convertida la escritura en pasión pasa a convertirse en una oportunidad de renacer de hallar la felicidad y crear luz bella semejante a la experimentada con Salvador en su peregrinaje a la región más austral del continente.

Escribir ha sido, para resumir, la solución que el novelista nos ofrece al conflicto central entre el tiempo y la destrucción. Al decir clásico Verva volant, scripta manent. El registro material permite acariciar al menos una sensación de perdurabilidad, es un testimonio al que podemos volver cuantas veces queramos. Nuestro amigo Manuel Raya va a ser leído y discutido por mucho tiempo. Así lo espero. Felicitaciones Manuel.

Lima, noviembre de 2017.


* Manuel Raya (Villa El Salvador, 1987), economista por la Universidad Nacional del Callao, bachiller en Derecho por la Universidad Nacional Federico Villarreal. Tiene dos libros: Mundo in-mundo (cuentos) y El tiempo y la destrucción (novela).


LA VIDA EN ROJO NARRADA POR LUCY FERNÁNDEZ

Rodolfo Sánchez Garrafa El rojo. Se conoce más de cien tonalidades de este color primario. Su contenido simbólico se asocia a la vid...