domingo, 14 de junio de 2015

EL TEMA DE LA MUERTE EN LOS RELATOS DE MACEDONIO VILLAFAN BRONCANO

Rodolfo Sánchez Garrafa

Macedonio Villafán Broncano es un escritor ancashino de cimentada trayectoria, nació en Taricá-1949. En él se conjuga formación profesional y quehacer literario. Su conocimiento vivencial del mundo rural andino constituye un respaldo evidente de su creación narrativa, que al presente se traduce en un conjunto significativo de libros: Apu Kolkijirka (1988, 1998), Los hijos de Hilario (1999), y más recientemente Cielo de las vertientes (2013) que comprenden relatos breves en los que el autor actualiza su memoria individual y social, con descripciones, en general sobradamente logradas sobre la cotidianeidad en los pueblos de las cordilleras Negra y Blanca del espacio ancashino.



Se trata de prosas que en muchas páginas alcanzan ribetes de maestría, sea que se reinvente la historia particular como en “Hilario LLanqui. Mañana te fusilan”, dándole a los hechos un toque épico y de heroicidad; sea que sus personajes abracen sinceramente los convencimientos religiosos sembrados por la evangelización en los Andes como en “Fiesta grande”; sea que el relato examine la fuerza del instinto de conservación puesto en comunión con ideas primordiales, donde lo sobrehumano teje diálogos con el acontecer objetivo de la vida, tal cual aparece en “Tantas amarguras por ella”. Hay, por supuesto, mucho más en los textos que Macedonio Villafán deja plasmados para la posteridad; no obstante, hoy nos hemos propuesto examinar un asunto puntual que por su carácter evidente no ha dejado de cautivarnos en la obra de este destacado escritor: el tema de la muerte en los Andes.

No voy a discutir si los textos de Villafán Broncano están o no escritos en una perspectiva moderna. Lo que me resulta claro es su lealtad a las distintas miradas que sobre la muerte se superponen en los Andes. Está, desde luego, presente la conciencia de la extinción física del ser humano, por razones “naturales”, por enfermedad, accidente o por mano ajena, como escarmiento. El búho o tuku, animal agorero, anuncia acontecimientos aciagos y entre ellos la muerte. “Moriré pues mañana. Mala suerte vida; verdad mala seña había sido el tuku que cantó la otra noche en mi huerta. Mi mujer escuchando dijo: Hilario, qué nos pasará, tuku está cantando cerca, algo malo ha de suceder seguro” (Villafán 2014a: 16). La profundidad histórica de esta idea es grande y en pleno siglo XXI nos dice mucho de la vitalidad con que se sostiene la cultura tradicional andina. La posibilidad de otra vida tras la muerte, es también más andina que occidental, en tanto que se trata de una otra existencia activa –“Adiós Atusparia y Uchku Pedro, quizás nos veremos en la otra vida donde nuestro oficio será también hacer alzamientos para buscar justicia” (Ibid.: 24). El auxilio de los ancestros es invocado a la manera antigua, cuando las wakas encabezaban las tropas de pueblos en guerra: “(…) tempranito me fui a poner coca y flores en las tumbas de los abuelos en las cumbres del tayta Aparaq; para que nos ayuden” (Ibid.: 26). Los ancestros, en el imaginario propuesto por Villafán son sombras, espíritus, con los que un difunto se reúne para emprender camino en su compañía.

En ciertas ocasiones, las sombras de los muertos vuelven a sus querencias, y sus deudos les preparan las comidas que ellos solían gustar en vida. “Esta cena es para mis muertos; llegarán a media noche” decía una anciana luego de servir la mesa con abundante comida en mates y cacerolas de barro (Ibid.: 47-8); “Hoy primero de noviembre, día de los muertos; vuelven de la otra vida y tenemos que esperarles con su comida, con la cena de difuntos” (Ibid,: 51); “Ella siguió hablando como si no me tuviera en cuenta: para cada alma su potaje favorito. Picante de cuy para mi esposo y mi tayta, puchero para mi madre, llunca de trigo para mi tía Petronila, su cuartito de llonque para mi hermano Crecencio que era aficionado al trago, mazamorrita de maíz para que saboreen los niños y ese gran mate de maíz pelado para las almas olvidadas que hoy estarán andando tristes por estas quebradas buscando a sus deudos” (Ibid.: 52). Bien sabemos que las relaciones sociales de reciprocidad, practicadas entre vivos, se extienden a los parientes de hasta tres generaciones recientes y a los ancestros epónimos de los pueblos y/o grupos étnicos.

Quien quiera que se prive de la vida por mano propia es sujeto de culpa y, por tanto no puede aspirar a los acompañamientos rituales que prevé la sociedad. Las voces de los muertos fluyen con el viento. La sombra de la persona muerta en culpa está condenada a vagar descalza, por caminos ásperos y sembrados de espinas, “Esas almas dicen jalan para no padecer solos. Hablando feo, gangoseando, dice vagan por los riscos” (Ibid.: 81). “(…) ni nuestro perro al que maltratas hará pasar tu alma por el río de la muerte en su cola” le dice un padre a su hijo que intenta optar por el suicidio (Ibid.: 59).

Si alguien experimenta un encuentro con los espíritus de los muertos, debe evitar mirarlos de frente o cerrar los ojos. De esa manera se evita caer presos del miedo y ser jalados al más allá. “Traté de rampar abriendo apenas mis ojos. Fue peor. Volví a cerrar los ojos. Permanecí en silencio. Me pareció percibir a las almas rodeándome, observándome” (Ibid.: 85).

No son los espíritus penantes la única amenaza para la sociedad viva; en general, están también diversos seres que pueblan el mundo subterráneo. Está, por ejemplo, el terrible Amaru, que devora o quita la vida con su aliento de fuego (Villafán 2014b: 16) Hoy en día es generalizada la idea de los demonios y diablos, que incursionan en la superficie en fechas y lugares que suelen estar identificados. Villafán narra la historia del indio Miguel Broncano, cuya desaparición era atribuida a los saqra en la tradición oral lugareña. “A mi abuelo indio Miguel Broncano se lo llevaron los demonios a su cueva de Saqra, por una quebrada de rocas con formas terribles, allá por la bajada de la Cordillera Negra hacia la costa, en la ruta de Huarás a Chimbote…” (Villafán 2014a: 101); “Desde esa parte alta se divisaba bien hacia abajo, incluso hasta Sagra Rumi, unas peñolerías con cavernas y formas extrañas que daban miedo y donde decían que el demonio tenía una de sus puertas al infierno”. Aunque nuestro autor llega a esclarecer que el tal arrebato por los demonios ocultaba una historia vinculada a una rebelión de chinos, la llamada Revolución de los Rostros Pintados o la Guerra del Gran Coolíe ocurrida por el año 1870, no mella la referencia a la visión del mundo aún prevalente en el espacio rural andino.

La más reciente publicación de Macedonio Villafán bajo el título de Cielo de las Vertientes, contrasta ostensiblemente en forma y contenido con los textos hasta aquí citados. Aunque el tema de la muerte en el Cielo de las Vertientes (2014c) es la piedra de toque que particulariza el desenlace de una historia de amor, el relato en su conjunto es un manifiesto de amor y de vida. El aquí y ahora han cambiado; pese a que el ámbito de vida sigue siendo el mismo espacio geográfico, la experiencia personal o historia de los actores genera una lógica específica. La realidad toda se estructura a partir del fallecimiento y entierro de la mujer amada, una flor de las vertientes, un fuego cuya impronta explica el presente y el tiempo vivido. La pareja de amantes había sorteado innumerables imponderables que en el curso de los años les había puesto ya uno frente al otro, ya alejados al parecer inexorablemente, hasta un día, cuando cada uno había ya construido su propio camino, casada y con hijos ella, pudieron al fin consumar la unión que el amor reclamaba, un encuentro amoroso maduro, realista, exento de cualquier desesperación y, no obstante, signado por la fatalidad. La Flor de las Vertientes, sufría una grave dolencia que a la postre acabó con su vida.

Lo que bien podría haberse constituido en una gran tragedia, es asimilado como la unidad final y cabal de la pareja, “(…) el cielo de las vertientes, con sus incendios y sus sombras, es el espejo de tu vida y de tu muerte, de mi vida y de mi muerte; porque tu vida es mi vida y tu muerte es mi muerte (…) juntos por siempre, como las Cordilleras Blanca y Negra”. Pese al ser mestizo de los actores, a su condición económica y educación privilegiada, la subjetividad se alimenta aún de los ecos telúricos y de las voces de la tradición popular. Los hilos del destino son las coordenadas vitales de estos personajes más allá de los traslados espaciales y de la vorágine de los cambios en distintas épocas. La fuerza del amor conjuga pasión y una intersubjetividad cultural compartida que nos conmueve. No es la sociedad la que atenaza la existencia con sus tentáculos, es el sino, lo establecido que se plasma a despecho de cualquier circunstancia dejando lugar para una realización ideal del amor.

La relación cara a cara se nos presenta como la más diáfana, honesta, sincera y de duradera reciprocidad. Con toda esta producción, Macedonio Villafán Broncano se halla en camino de interpretar sin desencanto el devenir de las sociedades andinas y eso nos permite decir con absoluto convencimiento que los dardos de Illapa –la divinidad del rayo– hieren, mas el último nos otorga la vida trascendente.

Lima, junio de 2015.


Referencias:

VILLAFÁN BRONCANO, Macedonio
2014a   Los hijos de Hilario [1999]. Edit. San Marcos, Lima.
2014b   Apu Kolkijirka [1998]. Fondo Editorial UNASAM-FCSEC, Huarás.
2014c    Cielo de las Vertientes [2013]. Río Santa Editores, Chimbote.



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