jueves, 13 de abril de 2017

MI POEMA ¿QUIÉN ANDA ALLÍ?

Rodolfo Sánchez Garrafa

El Círculo Andino de Cultura, a propósito del poema titulado ¿Quién anda allí? que forma parte del libro Desde el morro solar (2017), examinó mi producción poética en su reunión del jueves 06-04.17. El taller se desarrolló de manera muy productiva, bajo la inteligente conducción de Julio Gilberto Muñiz Caparó, contando con la participación de Rodolfo Dondero Rodo, Ruth Hurtado, Julia del Prado, Patricia del Valle, Nora Curonisy Lostanau, Rolando Santa Cruz Orós, Ruth Milagros Gálvez, Alfonso Rodríguez Gutiérrez y Daniel Quispe Machaca, en el marco de una programación prevista hasta fines de junio próximo.

Rodolfo Sánchez G. Foto: Nora Curonisy Lostanau

Es seguro que CIRCULANDINO dará a conocer, más adelante, el producto de un año y medio de trabajo en el empeño de conocer y analizar una significativa muestra de poesía peruana de los años 70 hasta la actualidad. En este breve escrito, quiero alcanzar a mis colegas del colectivo lo que yo pienso de mi propia poesía, considerando las ideas vertidas en la antedicha reunión, las mismas que recojo en aspectos puntuales, no sin antes agradecer el conjunto de las contribuciones de todos los participantes.

1)      El poema a los ojos de mis colegas poetas

¿Quién anda allí?

¿Quién anda allí?
Es Sánchez el viejo
El del parque La Palizada
El que anda en los verdes rellanos de la franja
Costera
El que se mira en los espejos
de agua
El que fisgonea entre los juncos del pantano
y duerme sin más sobre suelo pelado.

¿Quién anda allí?
Es Sánchez el viejo
El de los cien años de paciente y desigual espera
El del silencio y del alboroto
en aguada
El que duerme entre plumas entintadas
en su nido
El loco que estira sus alas por las tardes
y alza vuelo en los acantilados.

Rodolfo Sánchez Garrafa (Desde el morro solar, 2017)

Para Julio Gilberto Muñiz Caparó, Sánchez "El viejo" es el propio poeta, en tanto sujeto capaz de diluir los tintes de la vida, como lo hacen grandes pintores, apelando a una técnica que le permite plasmar variaciones de claroscuro. Entiendo que Julio Gilberto nos ha querido decir que la poesía tiene esa poderosa capacidad de capturar los matices de la vida mediante la palabra, pues, una poesía de este tipo, con plumas entintadas y en aguada, es apropiada para transitar entre la oscuridad total y la luz intensa. De resultas, según Rodolfo Dondero Rodo, mi poética orilla el pasado y los encantos del mito, y se enciende desde cualquiera de sus trozos, para enfilar hacia una comprensión de las leyes causales que rigen la naturaleza, la vida social y sus vínculos con el orden trascendente. Quizá por esto mismo Julia del Prado encuentra en el poema un asomarse al pasado para vivir el presente, en una actitud familiar al vidente.

El autor. Foto: Nora Curonisy Lostanau

¿Quién anda allí? es, según Ruth Hurtado Espejo, un retrato con personalidad que hace volar la imaginación. Versos en los que no bajo al averno, como lo hace Dante en su Divina Comedia, sino que, a decir de Enrique González Arias, traducen mi esfuerzo por expresar un ansia de elevación espiritual, casi de sabiduría. Con gran intuición Nora Curonisy Lostaunau precisa que el poema ¿Quién anda allí? condensa la pregunta fundamental del sentido existencial: ¿quién soy? En una apreciación sintética de Patricia del Valle, se trata de un poema redondo, que evidencia manejo de técnica literaria, junto a un planteamiento de fondo o de contenido.

Anoto un par de comentarios más en este punto de partida. Rolando Santa Cruz manifiesta advertir que el autor ha bebido simultáneamente de dos grandes fuentes energéticas: el Apu Rímac y el Apu Willkamayu, dos poderosos espíritus de las montañas de los Andes; por su parte, Alfonso Rodríguez Gutiérrez señala que el viejo centenario del poema alude, coincidentemente, a los ancestros, en tanto modelos de vida.

2)      Mi declaración de parte

Empiezo anotando que en mi poesía hay de por medio un existencialismo manifiesto, en el sentido que suelo dejar que los versos discurran acerca de la realidad íntimamente hermanada con la experiencia inmediata de mi propia existencia.

¿Quién anda allí? contiene una pregunta que el mismo poema se encarga de responder. Es una pregunta y a la vez una preocupación. La pregunta propone un marco de suspenso y misterio, dado que en estos casos se suele saber que hay alguien, aunque no se sabe quién. Lo concreto es que quien pregunta se halla acosado por una aprehensión.

Hay una temporalidad explícita del sujeto que da cuenta de su existencia concreta en el mundo; una existencia ya prolongada que se objetiviza en la vejez; sin embargo, esa temporalidad es mítica, transhistórica, desde que se ocupa de un arquetipo de libertad no como don sino como práctica. Estirar a voluntad las alas. La experiencia de vida del viejo Sánchez es la que define su ser, antes que una condición humana general. Es posible identificar a un ser actuante, inquisitivo, deseoso de conocerse a sí mismo en la naturaleza, también de  mirar el mundo por sobre la transitoriedad y de no dejar que los apremios de sobrevivencia consuman a la persona.

Las plumas del nido pueden ser las que vehiculizan la escritura y le dan eternidad al pensamiento. Sujeto al avatar del mundo material, el viejo confronta sus estaciones y sus alternancias, sólo para cumplir aquello que es ritual y celebratorio: concurrir por las tardes al templo de la luz, dejarse llevar por el vacío y alzar vuelo con la confianza de una prolongada experiencia, ante algo que no obstante será siempre nuevo.

Sánchez el Viejo, así es conocido, existe en el ejercicio de su propio pensamiento. Ese ejercicio parecería ser la manera de buscar la libertad en un estado existencial superior. Su trayecto, quiérase o no, es individual, anda, ausculta, ensaya estrategias introspectivas (el silencio) y de vida compartida (el alboroto). Al final, llega solo al acantilado. No obstante, el poema no niega que hayan otros que hacen lo mismo y que llegan o han llegado a sobrevolar el horizonte.

Gracias al ejercicio de esa libertad el viejo puede sentirse y ser realmente responsable de sus actos. Ha aprendido a sobrevivir, ha aprendido y observado las normas de existencia, a orientarse en el mundo, pero lo que más le ha importado ha sido y es volar, como al personaje de Richard Bach, Juan Salvador Gaviota.


En cuanto a mí mismo, tal como referí a los miembros de Circulandino, cada vez que tuve que optar entre conseguir comida abundante o ponerme a volar, decididamente escogí volar. Lo hice una y otra vez, preservando mi responsabilidad ante aquellos vinculados a mí en relación de mutua dependencia. Más allá de esto, procuré sentirme siempre libre. Hacerlo no ha sido fácil, no es fácil.

He buscado alturas, superando mis propios miedos y la escasez de oportunidades. Todo ha demandado control, tensión en el control, lo que ahora llaman trabajo constante bajo presión. Me sometí a ese ritmo hasta el límite de lo soportable. Mi balance concluye en que la máquina puede haber envejecido pero el manejo de los instrumentos de vuelo se ha hecho más perfecto, más solidario con la vieja carcasa. Practico una ética de responsabilidad individual, siempre me he hecho cargo de los actos que he realizado en el ejercicio de esa libertad de decidir, aunque para decidir nunca haya dejado de escuchar opiniones.


El atardecer, además de tener un carácter crepuscular, el fin, el término, el agotamiento, el adiós, tiene un carácter aún más expresivo que es la liminalidad. En el poema ¿Quién anda allí? concibo a un actor que está frente al límite. Si el viejo lo sortea, transita a otro espacio, a otra dimensión. Pasar del día a la noche es dominar los sueños, surcar el cielo de los sueños. No más insomnio, que es revolcarse sin hallar sentido al acto de permanecer entre cobijas. Cuando se duerme, cuando se vuela por la noche no hay insomnio. Es una vida dinámica, ilimitada, la que se abre con sus vientos sostenidos. Es posible precipitarse al mar, dispararse entre las bandadas cotidianas.

No es pues, como por equívoco podría juzgarse, un poema crepuscular, que exprese un cansancio de vivir. Cierto que hay un ideal de vida que apunta a la descripción de la cotidianidad y de la incapacidad del hombre a vivir una existencia simple, pero el discurso propuesto antes que una antítesis del pasado es una franca aspiración de nuevos horizontes de vida, luego de haber hallado todo lo que estaba al alcance. Se siente en la proximidad de una época de reencantamiento.

Liminalidad proviene del latin limen, que significa membrana. Este concepto concierne a un estado de conciencia similar a una membrana que separa dos planos existenciales, y que eventualmente puede ser traspasada, lo que ocurre cuando el sujeto abandona un estado existencial para acceder a otro. El lugar y tiempo de traspaso, suele ser representado en forma mítica como una puerta prodigiosa detrás de la cual está Oceanus, la Isla de los Bienaventurados, el reino de los muertos u otra realidad supernatural. Esta puerta separa el aquí conocido del Más Allá desconocido.


Los juncos que se mecen en el pantano, son parte del trayecto, del viaje de realización, que cobra un precio, el desprendimiento de un lastre. La puerta o acceso liminal, normalmente cerrada, se abre cuando el iniciado cumple el ritual de pasaje y demuestra estar listo. En este caso, las hojas de la puerta de tránsito representan los pares opuestos o contrarios, entre los que el hombre debe pasar, para culminar su gesta de metamorfosis, premunido del equilibrio de ánimo que los años suelen conferir.

Pienso yo que ese otro mundo donde impera la luz está en uno mismo. Nuestra alma es, por así decir, el día, y nuestro cuerpo la noche; el atardecer es la puerta del Sol. Nosotros mismos, en medio, somos el poniente, entre nuestro día y nuestra noche. ¿Quién anda allí? es, en cierta forma, lo opuesto al Prometeo encadenado, una victoria que cristaliza la devolución del Gallo de Esculapio.



sábado, 8 de abril de 2017

CUZCO: La antigua Madre dadora de vida

Rodolfo Sánchez Garrafa

En este artículo nos ocuparemos de los nombres de la gran ciudad del Cuzco, esto es Qosqo hatun llaqta sutinkunamanta. Según la más difundida versión, la palabra Cuzco proviene de la voz quechua Qosqo y significa «ombligo». El cronista mestizo Garcilaso de la Vega habría sido el autor de lo que Cerrón Palomino considera una absurda afirmación carente de sustento. En verdad, ningún diccionario u otra fuente lexicográfica quechua registra tal significado; sin embargo, no hay duda que la gran ciudad del Cuzco fue considerada como «centro u ombligo del mundo», idea que ha sido común a la cosmovisión de diversos pueblos del orbe respecto al sitio propio concebido con el atributo de ser clave del espacio, eje cósmico o pilar del mundo. Visto así, Garcilaso no distorsionó la realidad, Qosqo fue considerado un centro de poder sagrado, réplica del centro celeste, aunque esa idea sólo estuviese refrendada por el mito.


Existe una voz quechua a considerar, recogida por Gonzalez Holguín ([1608] 1989:70): Ccozqquini rucrini, que él traduce como “Despedrar o desembarazar el solar para edificar, o la chacra”, versión en la que fácilmente se advierte la relación con Qosqo (Cuzco) y Rukri (Lucre), términos que aluden a lugares que han debido ser limpiados y sometidos a movimiento de tierra antes de ser dedicados a la finalidad deseada. De ser así, el lugar identificado como Qosqo habría sido inicialmente preparado para albergar al templo principal de los inkas y a las chacras o andenes adyacentes.

¿Cuáles fueron las operaciones rituales que acompañaron el acto fundacional? Al respecto, existen estudios como el de Sonia Herrera Delgado (2008) que ofrecen una aproximación a este evento. Examinando el ciclo mitológico de los Ayar, hallamos que Auca o Awtqa es el hermano tercero, es un viejo sacerdote a quien el waka Wanakawri encarga tomar posesión de la tierra que habrían de poblar los suyos y que, para hacerlo, llega a volar con las alas que tenía, se aposenta y luego se transforma en piedra. La facultad de volar vincula a este héroe con el trance chamánico y/o el éxtasis místico. El vuelo simboliza inteligencia, comprensión de cosas secretas o de verdades metafísicas.

“Aquí discrepan los indios con mil consejas, afirmando unos que el uno de los hermanos se volvió a Pacarictampu, y entrando en la cueva de donde habían salido, se quedó allá dentro sin que jamás pareciese; y que de los tres que quedaron se convirtieron los dos en piedras, el uno en el mismo cerro de Huanacauri, y el otro no lejos de allí” (Cobo [1653], 1956: 62).

“Desde el cual asiento Mango Capac vido un mojón de piedra que estaba cerca del sitio donde ahora está el monasterio de Santo Domingo del Cuzco, y mostrándosela a su hermano Ayar Auca, le dijo: –¡Hermano! ¿Ya te acuerdas cómo está entre nosotros concertado que tú vayas a tomar posesión de la tierra donde habemos de poblar? ¡Y pues ahora, mira aquella piedra!– y mostrábale el mojón dicho: –¡Ve allá volando (porque dicen le había nacido unas alas), y sentándote allí toma posesión en el mismo asiento donde parece aquel mojón!– Ayar Auca, oídas las palabras de su hermano, levantóse sobre sus alas y fue al dicho lugar que Mango Capac le mandaba, y sentándose allí luego se convirtió en piedra y quedó hecho mojón de posesión, que en la lengua antigua de este valle se llama cozco, de donde le quedó el nombre del Cuzco al tal sitio hasta hoy. De aquí tienen los incas un proverbio que dice: Ayar Auca cuzco guanca, como si dijese «Ayar Auca mojón de piedra mármol»” (Sarmiento de Gamboa [1572], 1999: 73).



Dice Molina (Molina 1989: 72) que Ayar Awqa o Awtqa pasó a ser un mojón o hito de posesión en Awtqaypata (Limaqpampa), inmediaciones de lo que sería el Qorikancha, ya que la otra Awtqaypata corresponde a lo que es la actual Plaza de Armas. Al sentarse en la plaza principal del antiguo asentamiento ocupado (el Cuzco antiguo preinca), Awtqa funge de columna o axis mundi, simboliza el pilar o eje cósmico (Pacha tusan) y, por lo mismo, el punto desde el cual se ordena la pacha o espacio/tiempo. Ayar Awqa Cuzco wanka es el nombre con que va a designarse desde entonces a este bloque de piedra, a manera de columna ubicada en el centro del mundo.

Ayar Awtqa se asienta, para ser precisos, en un antiguo mojón o hito de posesión, que los naturales del lugar (Alqawisas, Kullinchimas y Kayawkachis) llamaban Cuzco casa cacca o Cuzco casa rumi (Qosqo q’asa qaqa ó Qosqo q’asa rumi), como señala Santa Cruz Pachacuti ([1613] 1993) referido también por H. Urbano (1981:106). En Aymara, Buttner & Condori (1984: 179) consignan el sustantivo qusqu que designa a una especie de buitre; también anotan la voz qutquri que traducen por lechuza. No hay razón para preferir, en este caso, la lechuza sobre el buitre (que sería probablemente el Coragyps atratus foetens, identificado así desde 1817 y conocido como «buitre negro andino»).

Contextualizado así, el proverbio Ayar Auca cuzco guanca se entiende mejor como «Ayar Awtqa la mole de granito en forma de buitre» ya que en el registro de Lira ([1944] 2008: 537), se consigna que Wank’a o wanka, voz quechua, quiere decir roca en mole y que Wank’a rumi alude a una mole de granito. En cuanto a la variante Qosqo q’asa qaqa ó Qosqo q’asa rumi, puede ser traducida como «Peñón o roca del buitre/halcón quebrado», pero también como «Piedra del buitre/halcón quebrado». Es sensacional comprobar la correspondencia de esta significación con el relato mítico. 

Una manera en que el Inka establecía pacto con gobernantes de pueblos vencidos era por medio de las dos alas de un halcón, el Inka guardaba una y la restante la entregaba al gobernante sometido, como muestra de confianza y testimonio del acuerdo celebrado (Albornoz [1583-4] 1989: 165). Al parecer, el mito de los Ayar refiere uno de estos pactos con tribus que habitaron primigeniamente el Cuzco, lo que habría dado lugar a la entrega de una de las alas de la wanka instalada en Limaqpampa, mojón e hito de posesión mandado colocar por Manko Qhapaq (los relatos suelen hacer traslape en cuanto a los personajes protagonistas).


“(Ayar Oche) tornose piedra ansí como estaba, con sus alas; y luego se descendió Mango Cápac y Ayar Auca a su ranchería; y descendidos que fueron, vinieron donde el ídolo estaba muchos indios de un pueblo de allí cercano, y como vieron el ídolo hecho piedra y desta piedra le quebraron al ídolo un ala; de donde, como ya le hubiesen quebrado un ala, no pudo volar ya más; y como le viesen hecho piedra, no le hicieron más enojo” (Betanzos [1551], 1999: 19).

El ala quebrada en la wanka o qaqa simboliza perfectamente un acuerdo de no agresión y convivencia con los nuevos señores de la llaqta ahora llamada Qosqo, que en castellano preferimos escribir Cuzco de conformidad con la tradicional escritura en los documentos de la época. Aquí no podemos menos que estar de acuerdo con Cerrón-Palomino (2006), dado que en el siglo XVI, la grafía “z” no representaba una interdental, sino una sibilar apical, es decir, un sonido que se correspondía con el que los cuzqueños pronunciaban efectivamente. De modo que no se habría incurrido en error de escritura. Pase entonces la página de discrepancias entre la rigurosa tradición y decisiones coyunturales como la Ordenanza de 12 de marzo de 1971 mediante la cual la Municipalidad correspondiente dispone el cambio de Cuzco por el de Cusco, modo de escribir que por ahora es una cuestión de convicción, gusto y voluntarismo y quizá todo en uno.


Llegamos al meollo de esta comunicación, para anotar que Cuzco o Cusco, tuvo un nombre ancestral. El antiguo asiento de la Ciudad del Qosqo era llamado Akamama según registros de los siglos XVI y XVII (Guamán Poma [1615] 1993: 31, 66, 67; Murúa [1590] 2001: 45) denominación ésta propia no del vocabulario quechua sino de la lengua aymara como lo es también Akapana (conocido conjunto arqueológico de la cultura Tiyawanako) y como lo son también las denominaciones de Akari e infinidad de otras toponimias que se conservan hasta la actualidad en la zona altiplánica del Collao y en otras regiones del país.

La primigenia denominación de Akamama no ha sido convenientemente reivindicada. Es probable que alguien haya querido ver en este registro una mala intención de Guamán Poma, por una supuesta velada alusión a Aka=herrumbre, estiércol o excremento. Una traducción apurada del vocablo ha llevado a asociarlo con Aqha o chicha. Lo que no se ha tomado en cuenta es que muchos lugares sagrados importantes se asociaron a Jaka o Haka=Vida (Bertonio 1984: 101; Buttner & Condori 1984: 66).


De manera que Hakamama (el antiguo Valle del Cuzco), en clara alusión a su inmemorial importancia como lugar sagrado, fue conocido como “Señora o Madre de Vida” (de haka=vida y mama=madre). Cuzco, por su carácter de centro del mundo y, en concreto, centro del Tawantinsuyu, venía a ser la madre de todas las wakas o lugares sagrados que se ordenaban a partir de ella.

Gracias a la acuciosidad de quienes felizmente recogieron su primigenia denominación, sabemos que el Qosqo o Cuzco fue considerado desde tiempos remotos “Madre de Vida” “Dadora de Vida” o “Kawsay kamaq”, como se explicaría propiamente en términos andinos. Este es un nombre que puede ser considerado un blasón, ciertamente más trascendente que los títulos de “Cuzco, primera ciudad y primer voto de todas las ciudades y villas de la Nueva Castilla”, “La muy insigne, muy noble, leal y fidelísima ciudad del Cuzco, la más principal y cabeza de los reinos del Perú” y otros que con justicia ostenta nuestra amada ciudad.


Referencias bibliográficas

ALBORNOZ, Cristóbal de:
1989       Instrucción para descubrir todas las guacas del Piru y sus camayos y haziendas [1581 a 1585]. En Fábulas y Mitos de los Incas (C. de Molina y C. de Albornoz), editado por Henrique Urbano y Pierre Duviols. Crónicas de América 48. VIERNA S.A. Madrid.
BETANZOS, Juan de
1999       Suma y narración de los Incas [1551]. UNSAAC (Transcripción por María del Carmen Rubio), Cuzco.
CERRÓN-PALOMINO, Rodolfo
2006       Cuzco: la piedra donde se posó la lechuza. Historia de un nombre. En Rev. Lexis XXX.1, pp.: 143-184. PUCP, Lima.
GONZALEZ HOLGUÍN, Diego
1989        Vocabulario de la lengua general de todo el Perú, llamada lengua Qquichua o del Inca [1608]. UNMSM, Lima.
GUAMÁN POMA DE AYALA, Felipe
1993        Nueva corónica y buen gobierno [1615]. Fondo de Cultura Económica. Lima.
HERRERA DELGADO, Sonia
2008     La Ciudad Inca del Qosqo. En Rev. Tupac Yawri Nº 1, Atoq. Cuzco.
LIRA, Jorge A y MEJÍA HUAMÁN, Mario
2008       Diccionario Quechua-Castellano  Castellano-Quechua. Editorial Universitaria, URP, Lima.
MOLINA, Cristóbal de (El Cuzqueño):
1989        Fábulas y ritos de los Incas (1574-75). Crónicas de América 48. Col. Historia 16. VIERNA, Madrid.
MURÚA, Martín de
2001       Historia General del Perú [1590]. DASTIN S. L., Madrid.
PACHACUTI YAMQUI SALCAMAYHUA, Joan de Santacruz
1993        Relación de antigüedades desde reyno del Piru (1613). Estudio etnohistórico y lingüístico de Pierre Duviols y César Itier. Edic. IFEA/CBC, Cuzco.
SARMIENTO DE GAMBOA, Pedro
1960        Historia de los Incas. BAE 135, Madrid.
URBANO, Henrique O.
1981       Wiracocha y Ayar héroes y funciones en las sociedades andinas. Centro Bartolomé de las Casas, Cuzco.


jueves, 30 de marzo de 2017

La noche llora de Arelí Aráoz

Rodolfo Sánchez Garrafa

La noche llora (Edit. San Marcos, 2016), de Arelí Aráoz, es un relato novelado que explora la persistencia del sistema de dominación patriarcal ejercido sobre la mujer en la sociedad peruana contemporánea. Dos historias de vida se encabalgan, haciendo que nos asomemos a la compleja interrelación de clases y de entornos culturales, propios de un orden social de absoluta subordinación y control tanto de la sexualidad femenina cuanto de su fuerza de trabajo.

La autora propone una difícil, aunque no imposible, solidaridad humana entre protagonistas a las que separa una enorme distancia social. Experiencias traumáticas análogas, cual espesas brumas que se cuelan en la cotidianidad, abren puertas afectivas al acercamiento y el diálogo profundo. En esta versión edulcorada sobre los contrastes sociales y económicos, la noche desenfrenada, desigual y cosmopolita, es también capaz de gestar sucesiones de eventos que pueden conducir a las personas más allá de la dolorosa realidad. 

El embrujo de la noche es casi mágico, a veces un marco de empatía y sensibilidad para las generaciones noctámbulas de hoy. A recaudo de la agresividad del día, se hace propicio algún grado de intimidad entre sujetos con experiencias de vida semejantes, sea en el desenfado o en la maltrecha existencia.

Arelí Aráoz escribe con soltura, manejando con propiedad los rasgos más pronunciados de la problemática humana en una sociedad escindida. Un ambiente urbano provincial pero cosmopolita, es una suerte de espacio previsible de encuentro, desde el cual se puede pensar en la metrópoli, en el resto del mundo exterior, pero también en los últimos extremos de un país que no acaba de reconocerse como tal. La selva, la región oriental de los Andes, se muestra como el confín de un universo, un lugar de expiación providencial donde pueda cumplirse aquella expresión del saber popular sobre “el que la hace la paga” o “el que a hierro mata a hierro muere”. De esta manera, los laberintos personales de cada uno de los personajes trazan, en conjunto, un cuadro duro pero realista de las fisuras sociales y del nihilismo autodestructivo contemporáneo.


Me atrevo a decir que el relato se debate entre el sino y el voluntarismo, generando una sucesión de hechos virtualmente irrepetibles dentro de un infinito juego de posibilidades. Quizá es por eso que pese a quedar resueltos los trances más cruciales de unas vidas, fuera de tales honduras, la noche llora, con un llanto que no es solo la lluvia estacional, y que por eso se halla invadida por las sombras y por los silencios del alma. 

La noche llora es un interesante logro de la periodista y escritora Arelí Araoz, que se suma a otros de sus galardones.

Arelí Aráoz de Jahnsen.- (Cuzco) Es periodista, docente universitaria, investigadora y escritora. Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la PUCP. Docente de la especialidad de Lengua y Literatura. Su novela Después del silencio obtuvo Premio Regional de Cultura 2007.



domingo, 19 de febrero de 2017

Abelardo Sánchez León y el rastro de caracol

Rodolfo Sánchez Garrafa

Leo “El rastro de caracol”,* poemas escritos por Abelardo Sánchez León entre 1973 y 1975, época en que yo me hacía de lleno el investigador de campo que siempre aspiré ser. Me pregunto ¿Cuántos años tendría por entonces Abelardo? Voy a averiguarlo hoy mismo. Confirmado, nació en 1947, es mi menor en un par de años.


¿Habrá vivido –como dice– espantado en este país? O quizá solo se trata de una ficción hilada sobre un personaje de su prosa poética.

Yo he acabado creyendo en el funcionamiento de los versos, por eso he podido seguir el rastro del caracol, aunque no con la oportunidad que hubiese sido de mi gusto. De hecho, si hay algo de lo que dudo no es de la existencia de un dios, sino de la eficacia de los códigos y las leyes, en cuanto preceptiva necesaria para el hombre. Un maestro mío solía decir: –Hecha la ley hecha la trampa. No estaba desencaminado. A las claras, vemos en los dadores de leyes a sujetos esmerados en afinar sus trampas, o mejor, esmerados en afinar las trampas que demandan los usufructuarios de este sistema, que todavía mantiene rasgos esclavistas en pleno siglo XXI.

Como Abelardo, soy escéptico ante la justicia real y la injusticia me parece consustancial al sistema. Tanto así que solo me revela que sus órganos competentes (¿incompetentes?) no mantengan la mínima coherencia en sus fallos: a igual delito igual sanción. La justicia, tal como la conocemos, solo funciona entre pares. Aquí la justicia no es ciega, mira con un ojo, es pirata. Va siempre en contra o en reversa. Se halla en fs. 0.

Pero, me he desviado del motivo que me impulsó a escribir estas líneas. Vuelvo al tema. El rastro de caracol, es una poesía conceptual de una estética esencialmente lógica o ilógica, según se la vea. La idea prevalece sobre las formas, las premisas y tablas de verdad sobre las palabras bellas. Con una sola gran metáfora, la visible huella del caracol precisamente, tortuosa como los tiempos que nos ha tocado vivir. A propósito ¿Cuál es el rastro que dejamos?

* Abelardo Sánchez León: Rastro de caracol. Ediciones de la Clepsidra. Lima 1977.



viernes, 27 de enero de 2017

SOBRE HÉROES ANDINOS Y MUNDOS DIVERSOS

(Conversación entre los antropólogos Hugo Benny Elguera Mansilla y Rodolfo Sánchez Garrafa. Dic. 2013-Ene. 2014)

HBE.- Leí su artículo de "El zorro entre los mundos" muy interesante, me gustaría hacerle algunas preguntas.

RSG.- Es un placer conversar contigo Benny.

HBE.- Haciendo una diferencia entre la concepción o percepción de la imagen del zorro, desde el punto de vista occidental u occidentalizado, éste representa la astucia, la sagacidad, la intrepidez. En cambio, según los cuentos andinos, el zorro no tiene ese estereotipo, más bien es un personaje algo torpe, insensato y caótico, especialmente cuando se encuentra en el cielo. No será que este comportamiento del zorro representaba y representa las actitudes o comportamientos de los andinos en esas circunstancias. Ud. qué opina de dicho comentario.


RSG.- Creo que no. Las versiones populares que pueden ser recogidas hoy están fuertemente teñidas justamente por la mirada occidental. Intrepidez e insensatez pueden muy bien superponerse, no tienen por qué ser necesariamente excluyentes. En el supramundo el comportamiento del zorro es más bien desenfadado, pasa por encima de las reglas y paga las consecuencias de tal comportamiento. En realidad es un héroe.

HBE.- Le decía respecto al comportamiento que muchos de los comuneros que conocí y según algunas experiencias contadas en eventos o cumpleaños de los “mistis” cuando se embriagan pierden la cabeza, por lo tanto faltan el respeto, hasta rompen algunas cosas, se pelean con los invitados, por esa razón decía si refleja ese comportamiento del zorro en ellos, ya que el cuento refleja aspectos comportamentales y actitudinales de la sociedad. En cuanto a la heroicidad del zorro, es decir, que es un héroe porque va en contra de las normas establecidas, rompe esquemas y produce un cambio o diríamos un nuevo orden social, origina muchas cosas.

RSG.- Sí, pero en lo fundamental el zorro transita entre mundos y se atreve a ir donde no es llamado. Los resultados de su conducta, a la larga, son beneficiosos para el hombre. Es un pionero o quizá un personaje que guarda en su memoria genética una capacidad dormida que se ve impelido a reactivar, digo esto desde un punto de vista mitológico.

HBE.- Dos inquietudes. Primera: Cuando dice que el zorro y el mono se encuentran en la interface o plano del mundo real o “kaypacha” y el inframundo del “ukhupacha”, ¿se podría decir que éstos se encuentran constantemente en el “umbral” en un estado “liminal” (en la perspectiva de Turner)?,  si es así ¿cómo se establecería la “comunitas”? Segunda: La metamorfosis o la transformación del animal en una imagen humana, especialmente en género masculino, es propio de los relatos andinos como por ejemplo el oso, la alpaca, el cóndor, el zorro y otros, estos cambios de imagen están relacionados al sentido sexual y el deseo del animal transformado en hombre por poseer a la mujer. ¿Cómo podríamos interpretar esta relación humano - animal?

RSG.- Vamos a ver. Los encuentros entre seres de mundos diversos suelen producirse en espacios liminales. Para el mono y el zorro, el espacio compartido, Kaypacha, es eso, un espacio liminal, que para estos seres específicos se hace cotidiano.

Ahora bien, en el mito, más que una communitas existencial, lo que hallamos es una communitas normativa; zorro y mono participan de una estructura en términos parentales, sino directos, al menos de afinidad. Esa participación ideológicamente asume cierta sacralidad, funcional a la reproducción de las especies, que sin embargo, para el mono y zorro no los lleva a posiciones encumbradas por su natural curiosidad, rompimiento de fórmulas, imitación del otro, etc.


Según Ortiz Rescaniere, en el mundo andino, los trastrueques del orden son alteraciones lógicas antes que morales, amenazan y trasforman inusitadamente el presente. Por ello, la interrelación sexual humana con otras especies o seres es contraria al orden, y sus resultados son monstruosos o wak'a.

Sin embargo, el antropomorfismo por sí no es una transgresión del orden, sino una representación de la homología entre los mundos de arriba y abajo. Los seres estelares y los de ukhupacha se antropomorfizan y en ese estado interactúan con los hombres.

Algunas veces, especialmente en la interacción con Hanaqpacha, se concibe que la relación sexual con seres divinos puede incrementar el kamay de los individuos y generar semidioses, héroes.

HBE.- Seguiremos conversando en lo posible.

Referencias:

SÁNCHEZ GARRAFA, Rodolfo
2014   Apus de los cuatro Suyus. La construcción del mundo en el ciclo de los dioses montaña. IEP/CBC, Lima.
2008   El zorro entre los mundos. En Rev. Tupac Yawri.1,  Atoq Editores. Cuzco.
ORTIZ RESCANIERI, Alejandro
2001   La pareja y el mito. Estudios sobre las concepciones de la persona y de la pareja en los Andes.  PUCP, Lima.


lunes, 7 de noviembre de 2016

¿Por qué es difícil subordinar la medicina tradicional andina a la biomedicina?

Why is it hard to subordinate traditional Andean medicine to biomedicine?


Carmen Beatriz Loza* 

* Diretora de pesquisa/Instituto Boliviano de Medicina Tradicional Kallawaya. cbloza@gmail.com

SÁNCHEZ GARRAFA, Ricardo; SÁNCHEZ GARRAFA, Rodolfo.
 Medicina tradicional andina: planteamientos y aproximaciones,
CBC/CMA, Cusco 2009. 409pp.

Este libro reúne 24 textos relacionados con la medicina tradicional andina, seguidos de un conjunto de paratextos compuestos por el colofón sobre el 25 o aniversario del Centro de Medicina Andina del Cusco y cuatro anexos. A partir de ese conjunto, los editores peruanos, el antropólogo Rodolfo Sánchez Garrafa y el químico Ricardo Sánchez Garrafa, desean mostrar la “relación existente y posible entre la medicina tradicional y la medicina académica”, siguiendo el ansiado proyecto global para las Américas impulsado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS), implantado desde la segunda mitad del siglo XX y vigente hasta la actualidad. De partida, recupera textos dispersos, escritos entre 1922 y 2006, poniéndolos al alcance del lector. El 50% por ciento proviene de una diversidad de libros extranjeros o peruanos, seguido de un 33% por ciento de textos redactados, al parecer para el volumen, quedando un 17% restante de artículos tomados de revistas o de comunicaciones internacionales especializadas. Un 63% por ciento de todo ese material fue redactado por autores peruanos y un 37% por ciento por autores europeos y norteamericanos. Ese cuerpo reflexivo heterogéneo ofrece una visión panorámica en cuatro partes distintas y complementarias: las nociones introductorias al estudio de la medicina tradicional; los diagnósticos y las terapias de los especialistas; la articulación de la medicina tradicional y académica en los sistemas formales de salud y, finalmente, la significación de la medicina tradicional para los organismos reguladores de la salud. Sin lugar a dudas, todas esas problemáticas son claves y actualmente clásicas, pues permiten entender el marco que debe ser tomado en cuenta para el análisis de una articulación de la medicina tradicional con la biomedicina de Los Andes. Sin embargo, hay más, pues el libro presenta una gama de temáticas que han preocupado a los antropólogos y biomédicos a lo largo del siglo XX. Por ejemplo, varios autores alertan acerca de la falta de uniformidad conceptual al emplear categorías muy diversas para denominar a la “otredad médica”, llamada de manera equivalente medicina folclórica, popular, naturista, indígena, natural o tradicional (p.19-27). La falta de consenso y el uso indiscriminado de categorías disímiles se mantiene como un problema absolutamente vigente no solo entre los propios terapeutas, que alguna vez emplearon de manera intercambiable estas categorías para legitimar su practica, sino también por los pacientes y hasta los especialistas que en épocas pasadas no dieron la importancia necesaria a las definiciones conceptuales y sus significados. Pero, resulta que si bien la terminología utilizada es problemática, muchos autores, particularmente biomédicos, habrían enfatizado en averiguaciones acerca de la etiología de las enfermedades identificadas por los indígenas y la población popular, razón por la cual elaboraron listas con causales explicativas para entenderlas. Una clara ilustración de esa tendencia es el texto de David Frisancho Pineda (p.111-128). Asimismo, la reiteración de que la teoría médica tradicional es distinta de la biomédica genera una literatura que enfatiza la labor de traducción terminológica, establece equivalencias y parecidos entre ambas medicinas (p.119-128). En suma, el corpus permite comprender que, en distintos periodos, quienes se ocuparon de estudiar la medicina tradicional relegaron las voces de los terapeutas y de sus pacientes. Mientras que en otros períodos la situación cambia de manera contrastante, incorporando no sólo aquellas voces sino visibilizando las representaciones que ellos tienen de la enfermedad, la salud y la curación (p.77-96; 143-163; 199-214).

Los cuatro textos que conforman los anexos tienen un valor histórico incuestionable. Así, el documento del 25 oaniversario del Centro de Medicina Andina del Cusco presenta un balance interesante, puesto que condensa su experiencia desde su creación, cuando se perseguía y menospreciaba a las medicinas tradicionales, hasta el presente en que se ha llegado a reconocer la existencia de diversos sistemas médicos en muchos de los países andinos. Un proceso que recorrió el Centro de Medicina Andina en sus diversas fases y realizó ajustes en las concepciones, en los fines y los medios para proseguir una labor encaminada decididamente a “…buscar la complementariedad de los diferentes sistemas médicos para que estos sirvan efectivamente al complejísimo ser humano que no puede ser entendido ni diagnosticado ni tratado completamente por una sola corriente [médica]” (p.375-384). Ese proyecto encontró sus fundamentos en la famosa “Declaración de Alma-Ata” del 12 de septiembre de 1978. Le siguen en los anexos los “Puntos clave: estrategia de la OMS sobre medicina tradicional 2002-2005”, donde se presenta una definición de la medicina tradicional y se aclaran los alcances, ofreciendo sobre todo las tácticas que desarrollarían a corto plazo. Esto se puede apreciar con los documentos siguientes que tratan de la medicina tradicional estándar en un contexto mundial y donde se expone la política global normativa (p.391-409). Los anexos entran en diálogo directo, por ejemplo, con el texto del médico Manuel Fernández Ibarguen acerca de “la OMS y los sistemas médicos tradicionales” (p.325-337) y con el del antropólogo español Gerardo Fernández Juárez quien, desde España, se empeña en dar sugerencias para implementar la interculturalidad en salud en Bolivia (p.273-290). En otros casos, los anexos no dialogan explícita y directamente con aquellas concepciones sobre enfermedad que vehiculan los entrevistados de la antropóloga argentina Carmen Muñoz Bernard (p.143-163). En efecto, esto sugeriría que la definición sobre medicina tradicional de la OMS no es la única, pues la gente tiene sus propias representaciones y sus propias formas de explicar la particularidad y riqueza de la medicina tradicional que durante siglos ha servido como un recurso importante, accesible y culturalmente apto en Los Andes.

El libro cumple con alguna dificultad su objetivo porque no evidencia del todo la articulación de la biomedicina y las medicinas tradicionales andinas. Subrayemos que son limitadas las muestras concretas de los mecanismos de “complementariedad” médica, a pesar de los anhelos de la OMS/OPS y los despliegues de sus estrategias, respaldadas con significativas inversiones económicas. De ahí que, actualmente, nos encontramos en la necesidad de conocer los mecanismos, las respuestas y, consecuentemente, los resultados de ese proceso. Para el mundo andino se necesita un balance imparcial acerca de la salud intercultural. Hasta el presente han dominado narrativas que han publicitado las acciones ministeriales privilegiando la voz oficial de los decidores políticos, restando valor a la voz de los terapeutas tradicionales que tienen su propia visión acerca de los efectos de la interculturalidad funcional del sistema biomédico hegemónico (Campos Navarro, 2006, p.373-388). Así mismo, han dominado las narrativas triunfalistas de un avance considerable y consensuado en la implementación de salud intercultural neoliberal, sin mostrar el lado problemático de la institucionalización para las medicinas tradicionales, simplemente elogiando el cumplimiento de las metas de las agencias de cooperación internacional. Esos vacíos en la investigación se desprenden tanto en la obra reseñada como en las publicaciones compiladas por Gerardo Fernández Juárez para América Latina (2004, 2006). Esas narrativas han dejado de lado los debates acerca del propio concepto de interculturalidad – sea como herramienta de emancipación o como vehículo hacia un neocolonialismo global – y sus múltiples definiciones con matices propios (Walsh, 2009).

Con todo, la fortaleza del libro radica en la estupenda selección de textos que nos permite constatar maneras diferenciadas para acercarse a un mismo objeto de estudio en el siglo XX. Pero, nótese también que el aporte consiste en haber probado que los estudios y reflexiones acerca de la medicina tradicional no se originaron desde la antropología del norte, sino como fruto de la investigación de los biomédicos en el Perú. Se trataría, entonces, de un esfuerzo formidable que respondería a diversas motivaciones y no necesariamente a las influencias de la OMS/OPS. En el libro están las garantías, quedando claro que la producción del conocimiento no siempre se engendra en condiciones de dependencia y como respuesta a las demandas de los organismos internacionales.

Uno de los aspectos más notables del libro es constatar una diversidad de opiniones contradictorias acerca de la mentada complementariedad médica. Mientras algunos antropólogos y biomédicos secundan los esfuerzos de la OMS/OPS, otros de manera contundente, como Polia Meconi, consideran que es improbable la integración de ambas medicinas a pesar de todos los empeños. Más bien, la biomedicina en las últimas décadas “ha sido dirigida a la búsqueda de nuevos remedios fitoterapéuticos por parte de las multinacionales farmacéuticas más que al estudio y al conocimiento de las estructuras profundas de la medicina tradicional” (p.107). Planteamiento reforzado, en el mismo libro, por el biomédico Duncan Pedersen quien agrega: “Los esfuerzos de racionalización e integración de prácticas tradicionales en los sistemas oficiales de atención han sido escasos, de corta duración, casi siempre en la subordinación de la medicina tradicional al sistema oficial o en el empobrecimiento del efecto terapéutico y de la eficacia simbólica” (p.58). Ninguno de los autores de la compilación se refiere a la forma contraproducente de la institucionalización de las políticas de interculturalidad en salud, en las cuales el papel de los médicos tradicionales es simplemente funcional, decorativo o servil al proyecto hegemónico biomédico.

Más allá de esa tensión que produce, se quiera o no reconocer, el proyecto de intercul-turalidad en salud trae a colación un tema no menos importante y polémico: el papel del antropólogo ante ese tremendo proceso de cambio que se desarrolla en el contexto de un mundo global. Según Polia Meconi, la función del estudioso consistiría en estudiar, penetrar y comprender las medicinas tradicionales andinas para entregar el fruto de sus estudios a la historia universal. Una vez más, Polia Meconi se interroga acerca del porvenir de la medicina tradicional y también de las posibilidades existentes para su integración. Su respuesta es interesante porque considera que son las condiciones históricas y culturales las que en definitiva permitirán la articulación o no de los sistemas médicos, en vistas de la existencia de realidades muy contrastantes. Con esto, se confirma que, en el caso andino, las experiencias son realmente distintas de un país al otro, de un sistema médico tradicional al otro y, a pesar de ello, se pretende replicar experiencias, calcar estrategias y formular modelos comunes para lograr la articulación de las medicinas con el claro propósito de controlarlas. Aun así, “la medicina tradicional existirá hasta que exista una sociedad tradicional” (p.107). De tal suerte, deberemos volcar la mirada al acelerado proceso de modernización de la medicina tradicional institucionalizada que alienta la globalización y, en ese contexto, ver cuáles son las respuestas que plantean terapeutas y pacientes ante el proyecto de la interculturalidad en salud estatizada. La marginación extrema o el reacomodo de los terapeutas tradicionales son posibles y están ahora más cerca que nunca de suceder en Los Andes del siglo XXI.

REFERENCIAS


CAMPOS NAVARRO, Roberto. Procesos de legalización e interculturalidad en las medicinas indígenas de México y Bolivia. In: Fernández Juárez, Gerardo (Coord.). Salud e interculturalidad en América Latina: antropología de la salud y crítica intercultural. Quito: Abya-Yala. p.373-388. 2006.

FERNÁNDEZ JUÁREZ, Gerardo (Coord.). Salud e interculturalidad en América Latina: antropología de la salud y crítica intercultural. Quito: Abya-Yala. 2006.

FERNÁNDEZ JUÁREZ, Gerardo (Coord.). Salud e interculturalidad en América Latina: perspectivas antropológicas. Quito: Abya-Yala. 2004.

WALSH, Catherine. Interculturalidad crítica y educación intercultural. In: Viaña, Jorge; Walsh, Catherine; Tapia, Luis. Construyendo interculturalidad crítica. La Paz: Instituto Internacional de Integración Andres Bello. p.75-96. 2009. 

Tomado de Hist. cienc. saude-Manguinhos vol.21 no.1 Rio de Janeiro Jan./Mar. 2014




viernes, 26 de agosto de 2016

LA VIDA DESDE UN SOLO OJO

Luis Negrón Alonso

Luis Negrón Alonso es mi hermano de toda la vida. Un filósofo natural, satírico (también lo otro) y quasi cínico. Con él andé mucho en la vida, no lo suficiente, hicimos giras artísticas en noches de ronda irrepetibles. Caras veíamos, sellos también. En aquellos tiempos no veíamos doble, lo cual me apena. Pero tanto Lucho como yo siempre supimos arreglarnos y así lo haremos también de hoy a futuro (R.S.G).

Pucha, por no utilizar otra expresión más explosiva. Me ocurrió lo que a miles de hipertensos les sucedió y seguirá repitiéndose en la humanidad; vale decir, una elevada presión arterial en mi debilitada carcasa, hizo que se me produjera un derrame de sangre venosa en el iris del ojo derecho, y a ver el mundo en sólo 90°. Pero antes de este accidente, durante mis largos años tuve la oportunidad de ver la vida completa y no la desperdicié. El riego de correr la misma suerte de mi otra ventana sigue latente, y si llegara ese momento que no lo deseo pero tampoco me asusta, me valdré de la información que me prodiguen mis amigos y por supuesto los más lenguaraces que hacen sebo y pabilo de la vida de otras personas, o bien escuchar a nuestros comunicadores de radio o TV, cuyos mensajes son serios y sesudos como las que prodigan las ancianas de confesionario.

Ya estoy experimentando algunos eventos, es el caso de la coordinación óculo motriz fina y gruesa, por ejemplo manejar los cubiertos o la conexión al caminar; dificultad al leer y escribir; pues, estas actividades son como escudriñar a través de las cerraduras de la puerta. Este es el lado más sensible y mortificante, no obstante que yo no leo ni escribo ni chuchos, como expresaban los abuelos de mi generación, porque los de ahora sólo tienen su memoria en su tableta, su minicomputador o su teléfono móvil; pues, consideran que el cerebro era un órgano que los antiguos hombres usaban para pensar y tener retentiva.

Imaginen ver la vida en mitad, el ojo derecho divorciado del izquierdo y para completar la visión virar la cabeza con rapidez hacia el lado deficitario y completar la imagen, movimiento que se va tornando casi mecánico. Este hecho ocurre cuando el campo visual es amplio, no siendo así, todavía hay la opción de gozar de la belleza íntegra y dividida sutilmente como si fuera un pan francés.

Como pueden comprender, hacer un listado del déficit de ver el mundo con un solo ojo sería largo de ejecutar; sin embargo, hay otros ámbitos que no son lo físicos, donde es posible escudriñar con más probidad y certeza la vida encubierta del hombre, y el hecho empieza con uno mismo, al tratar de comprender su propia dificultad y proponerse superarlo. Recién empiezo en esta tarea y creo lograrla a futuro.

- Abuelito sólo me has dado diez soles de propina.
- Hay mi hijito, yo vi que eran veinte soles.

Cusco, 26 de agosto del 2016.

Luis Negrón Alonso
Sikuta

Dos zorros. Imagen de L.Epumer.



ZEIN ZORRILLA Y LA POLÉMICA DEL INDIGENISMO Y DEL MESTIZAJE

  Juan Carlos Lázaro “Ni hispano ni indígena, sin embargo, ambos a la vez” (1), es el más reciente título de Zein Zorrilla que forma parte d...