sábado, 16 de enero de 2016

Confesiones de un poeta antropólogo

Rodolfo Sánchez Garrafa

Jueves 14 de enero de 2016. Acabo de ser gratamente sorprendido por el generoso comentario de Harold Alva sobre Iris de los Sueños*, que fue mi segundo libro de poemas (Hipocampo Editores, Lima 2012) y fue honrado con un texto crítico de nuestro extraordinario poeta Roger Santiváñez Ph.D. Dije aquella vez que los poemas eran cánticos de mies cargada a la espalda y conjuros del tiempo que percuten en las aguas removidas de la memoria. En efecto, la poesía ha ido de la mano con la experiencia de vida. Me ha permitido muchas cosas, entre ellas, enriquecer mi cosecha con grandes amigos, grandes afectos e inteligencias. Gracias Harold Alva, hay y habrá mucho por celebrar.

Es momento de hacer extensivas las gracias a personas cuya personalidad ha sido particularmente significativa para mí. Los Fratres scholarum christianorum o Hermanos de La Salle me educaron con sapiencia en mis años de la infancia y la niñez. Hace muchos, pero muchos años, mi maestro el Dr. Antonio Astete Abrill leyó mis manuscritos poéticos y me dio el consejo tal vez más decisivo para escribir como ahora lo hago. El Prof. Lizardo Pérez Araníbar admiraba mis escritos, me los hacía leer y grababa mis lecturas, me animó a declamar en público a grandes poetas universales. El Prof. Aníbal Peralta me enseñó autores selectos en la secundaria y consolidó mi afición por la lectura. En términos intelectuales mis maestros Moisés Tello Palomino, Carlos Ferdinand Cuadros Villena, Daniel E. Castillo M., Oscar Núñez del Prado, fueron mis referentes ideales. He apreciado la amistad y orientación de grandes hombres como José Carlos Fajardo, Gerardo Ayzanoa, Jürgen Golte. Hay personas a las que he amado y he sido correspondido. Ernestina Baca Astete, Abel Ramos Perea, Andrés Alencastre Gutiérrez, María Luz Crevoisier Mendizabal alentaron mi producción poética en distintos tiempos. A todos mi profundo reconocimiento. A mis compañeros de camino no los nombro aquí, pero los llevo en el corazón y cada uno es sujeto de una historia aparte.

Cuando un sueño se hace realidad, pensamos que es coincidencia. A mi modo de ver, todo acontecimiento, obedece, en realidad, a leyes. Todo acto humano tiene consecuencias. Nuestro presente es consecuencia del pasado y, en cierta manera, cada uno de nosotros define su futuro. Es curioso que me vengan a la memoria los años de vida universitaria. Tenía en aquel entonces y aún conservo la amistad de Abel Adrián Ambía, mi compañero de secundaria, con quien competíamos por el primer puesto de nuestra promoción. Abel estaba decidido a estudiar antropología y yo me había inclinado por el derecho, en gran parte influido por las preferencias y argumentos de mi padre. En algún momento Abel y yo tomamos la determinación de estudiar ambas carreras. Debo confesar que los estudios de derecho eran exigentes y ambos éramos bichos algo raros entre nuestros compañeros de antropología. En derecho éramos bastante conocidos, tanto que Abel Adrián, Miguel Yépez y yo fuimos bautizados como “los Tres Ases” por nuestro maestro el Dr. Leoncio Olazábal, profesor de derecho civil. Para resumir, sin jactancia alguna, diré que ocupé el primer puesto en mi promoción de derecho. Miguel se trasladó a Lima y terminó sus estudios en San Marcos. Abel se recibió de Abogado con honores al igual que yo. Hoy mi amigo Abel es un notable jurisconsulto y componedor de entuertos judiciales. Yo tras dos años de ejercicio de la abogacía, abandoné formalmente este ejercicio, resuelto a dedicarme plenamente a la investigación antropológica. Para esto ya me había recibido de antropólogo. Cosas de la vida.

El ejercicio de la investigación social me ha llevado prácticamente por todo el Perú, con larga permanencia en comunidades campesinas de los Andes del norte, centro y sur, a la que he sumado significativas estadías en la Amazonia peruana. Pienso que esa experiencia y el haber viajado por diversos países como Alemania, España, Francia, Inglaterra, Tailandia, Japón, EE.UU., Nicaragua, Argentina, Chile, Bolivia y Ecuador, principalmente, ensancharon de un lado mi formación profesional, cuando el mundo recién empezaba a globalizarse para muchos, y de otro mi capacidad de asombro frente al mundo, aspecto esencial en la creación poética.

No me referiré a mi producción académica en antropología. Tengo publicados seis poemarios: Por las calles del Sol (Cipac 1995 e Hipocampo Editores 2012), Iris de los sueños (Hipocampo Editores 2012), Paralelo 70 (Pájaros en los cables 2013), Séptima columna (Pájaros en los cables 2013), Al di là (Pájaros en los cables 2014), Helio-tropos (Hipocampo Editores 2014) y, en breve, presentaré los dos más recientes Toda una vida (Summa 2016) y El hombre retirado (Pájaros en los cables 2016) en el marco del 20º evento de Enero en la Palabra que tendrá lugar en la ciudad del Cuzco del 28 al 30 del presente mes. He tenido la fortuna de que estos textos sean comentados por Roger Santiváñez, como ya he mencionado, y por otras personalidades como Luis Negrón Alonso, Gustavo Valdivia Rivera, Nelson Elguera Barrios, Omar Aramayo, Pamela Ángela Medina García, Irenilda Paranhos, Karina Valcárcel, Armando Arteaga, Luis La Hoz y Harold Alva. El desprendimiento de todos ellos me hace mirar la vida con mayor optimismo.

Cuando escribo me deslumbra la humanidad toda, mas para ver la luz infinita suelo cerrar los ojos.




jueves, 14 de enero de 2016

EN EL GOLFO DE SIAM

EN EL GOLFO DE SIAM
Este atardecer aquí en Thai
con su lánguida gracia felina,
con su cielo como los ojos de las bellas
de Jomtién.
Rojos, naranjas y amarillos
recorren el golfo de Siam.
El mar me encuentra hincado
como lanzón de nubes.
Las aguas del amor reverberan
su armonioso oriente
y me hallan...
hondamente clavado
con mi pétreo cráneo de Chavín.
Este atardecer aquí en Thai
con el cutis del día
en su ritual gesto de danzante milenario
y este sol extrañamente atónito.
La vida desnuda
sus cálidos manantes de mandarina,
los años escurren sabrosas mieles,
la nostalgia se eleva a hondas alturas
y el latir encuentra aquí
su eterna querencia.
Este atardecer extrapolado
con sus manos tan juntas,
con el ojo en la frente
abierto al infinito.
Jomtién tierra áurea
agua fresca
ave del paraíso
cuna del hombre
follaje de sol y de encantos.
Ven a mí Jomtién...a mí
Voy a ti... Jomtién a ti.
Este atardecer aquí en Thai
con los azahares reunidos en un cesto.
Este atardecer que anochece
y que amanece también.
Poema de Rodolfo Sánchez Garrafa (Por las calles del Sol, Lima 1995)





domingo, 10 de enero de 2016

COMENTARIO SOBRE “AYACUCHO, SALINAS Y OTROS LARES”

Rodolfo Sánchez Garrafa*

José Carlos Fajardo Torres nos sorprende con su nuevo libro titulado Ayacucho, Salinas y otros lares (Capazul, Lima 2015). Hasta ahora, nos habíamos acostumbrado a leer sus estudios de análisis sociopolítico y etnolingüístico, muy a tono con su formación, etnológica, jurídica y politológica; sin embargo, dada su gran experiencia de mundo y su sensibilidad humana, de la que soy testigo personal, era de esperarse que en algún momento nos hiciera partícipes de una visión particular sobre sus vivencias como migrante andino que ha sumado su presencia al contexto multicultural de los Estados Unidos de Norteamérica.

Casa familiar de los Fajardo en
Huamanga-Ayacucho.
En este su reciente libro, José Carlos transmite un sentimiento de añoranza telúrica, que yo llamaría realista porque se trata de la nostalgia de alguien que sabe bien que no volverá a su tierra natal, por haber echado raíces en un nuevo lar, sin que eso le haya llevado a abandonar su profunda identidad andina. Buena parte del texto recoge cartas escritas por el autor a sus hijas y otros miembros de su familia en el lapso de cuatro años. Cartas recuperadas y arrebatadas al transcurso del tiempo, que son un relato vívido en parte existencial y en parte testimonial sobre hechos que son parte de la construcción del presente.

José Carlos no es alguien que mire los acontecimientos sociales como exclusivamente resultantes de una acción individual, su mirada histórica es esencialmente societaria. De ahí que empiece su discurso a partir de una reconstrucción específica del proceso de conquista de California por los peruanos. Su relato confirma que las condiciones históricas generales son más poderosas que las personalidades más fuertes. Constituyen hechos significativos, en este sentido, la presencia de representantes de la aristocracia mercantil limeña en California, a propósito de su colonización promovida en el siglo XVIII por el Virrey de México; y, más tarde, obedeciendo a la demanda de gente con experiencia minera, por la llamada “fiebre del oro”, que resultó atrayendo, entre otros, a chilenos y peruanos. Nos confirma también que desde mediados del siglo XX al presente, los propios Estados Unidos han favorecido la inmigración de ciertos tipos de profesionales o trabajadores de servicios a los que se recluta como invitados. Está claro que el mayor desarrollo de este país, la posibilidad de ganar dinero dentro de una sociedad con un mejor estándar de vida y el atractivo del “American way of life” constituyen fuertes motivaciones que lo han constituido en uno de los focos más importantes de inmigración, particularmente latinoamericana.

Lo dicho en el párrafo que antecede, no implica una ortodoxia ideológica en la mirada de José Carlos Fajardo, lo que encontramos como contrapeso es un acercamiento bastante objetivo a la actividad de los inmigrantes de carne y hueso como forjadores de la historia. Allí están, entre otros, el cura cuzqueño Humberto Hermoza, párroco y constructor de la iglesia Cristo Rey de Salinas entre 1951 a 1985, al igual que Juan Bandini, nacido en Lima, quien dejó huella como un personaje interesante, aunque oscilante, al haber llegado a ser representante de California en el Congreso Mexicano y luego activista en las revueltas californianas contra México.

Casa de José Carlos Fajardo en Salinas-California.

Para gusto nuestro, JC no se queda en el examen de registros documentales sino que, pese a la brevedad de su libro, alcanza a referirnos casos específicos de coterráneos cuyo trayecto de vida ha tenido oportunidad de conocer directamente: Aurelia Quillama, Manolita Arango, y Carmela Guevara, tres generaciones de una familia (abuela, hija y nieta), las dos primeras nacidas en Aymaraes-Apurímac, y la última en Lima; constituyen un caso que permite apreciar una estrategia de migración en cadena, iniciada por Manolita, que empezó trabajando en California como empleada doméstica y hoy posee una casa en Salinas, así como una hija que se ha graduado en la universidad de Santa Cruz-California. Doña Aurelia, quince años después de haber sido llevada a los EE. UU., sigue siendo monolingüe quechuahablante y distrae sus horas de ocio recolectando latas y botellas vacías para venderlas en el centro de reciclaje.

Otras personas involucradas en un obligado aprendizaje de convivencia, muchas veces inusual, son Renán del Barco y Dolores Villarreal, una pareja de peruano-ayacuchano y americana de Kansas con ancestros latinoamericanos. Pese a las breves líneas que José Carlos les dedica son ejemplo de una familia bien establecida, en la que sus condiciones económicas y su nivel educativo han sido decisivos para dar forma a un proyecto de vida exitoso.

El propio caso de JC es ilustrativo, ayacuchano, casado con norteamericana, con nivel educativo universitario, muestra circunstancias que a la larga han resultado favorables para el futuro familiar. Sin embargo, es visible que, tratándose de alguien que no ha abandonado su identidad cultural andina, los límites de su adaptación afectiva en un medio cosmopolita del primer mundo se ven si no constreñidos al menos limitados en lo personal: JC nunca pudo evitar un sentimiento de soledad, en Salinas la ciudad en que se estableció definitivamente se le hizo difícil trabar amistades, las relaciones con otros resultaban frágiles y problemáticas, los contactos interpersonales por episódicos no calaban a fondo, la memoria social local resultaba insuficiente para asir lo imponderable, la población en su mayoría era de inmigración reciente. Téngase presente que no nos estamos refiriendo a un andino aferrado a una tierra sacra que dejara atrás, junto a otras deidades ancestrales, sino a un hombre moderno, ateo, despreocupado de la finitud humana, con amplio recorrido por el mundo desde sus años mozos. No podemos dejar de pensar, tras esta lectura, en la múltiple y diversa casuística de los migrantes al primer mundo, en lo árdua y dolorosa que puede resultar una readaptación, en el alto costo que tiene vivir mejor lejos del terruño. El encuentro con el otro parece hacerse difícil por los muros que se erigen alrededor del migrante y en las limitadas posibilidades que encuentra para entablar un diálogo.

Es cierto que muchos migrantes tienen poco que perder, pero otros dejan atrás un mundo con sentido y un contexto en el que cada quien es alguien. Los Fajardo, como puede verse en el contraste de la propia tapa y contratapa del libro que comentamos, proceden de una familia señorial y en el lugar de destino se ubican en una clase media amorfa sin tonicidad social, quizá muy adecuada para una ideología individualista. Es claro que habrán muchos otros migrantes que puedan testimoniar lo contrario y eso no tendría por qué extrañarnos, ya que –como dijo el filósofo- “todo depende del cristal con que se mira” o del grado de miopía, agregaríamos.

Ver Salinas al sur de San Francisco,
pròxima a Monterrey y Carmel.
Es posible que el mundo de las grandes oportunidades, abra la amplitud de su corola para la segunda y siguientes generaciones de migrantes, ya menos ligadas a la memoria específica de origen y suficientemente complacidas con poder compartir algunos elementos simbólicos genéricos, en el mejor de los casos. Por eso es comprensible, el esmero puesto por JC en hacer que sus hijos, principalmente sus hijas, participen de una comunicación ejemplificadora de su experiencia, ha dialogado con ellas, pero también, y quizá principalmente, consigo mismo. Su libro es, en cierto sentido, una masa de comunicación intergeneracional, un interjuego de presente y pasado a la manera de relato en torno al fogón familiar en comunidades tradicionales andinas. Se trata en parte de una revelación cultural del adulto mayor, el anciano o machula, que trasciende su soledad a través del ejercicio lúdico de la tradición familiar, lo cual parece una fuerte exigencia existencial para sujetos migrantes, incluso después de haber transcurrido muchos años fuera del hábitat primigenio.

La metáfora del árbol, que hunde sus raíces en todo lo vivido y aprendido, es muy apropiada para ajustarse a las relaciones familiares desde una perspectiva andina y podría decirse que JC ha ido sintiendo y percatándose intuitivamente de su conversión en raíz, a la que concierne enviar la sabia nutriente extraída del pasado que entronca con el futuro familiar. Es claro que no intenta hacer docencia, pero convertido en árbol instruye a las ramas sobre la vida, lega el recuerdo de los ancestros, el orgullo del linaje, muestra su capacidad de entendimiento y de análisis comparativo, su conciencia de peregrinaje, su práctica antes que una mera enunciación de valores.

Es explicable que José Carlos Fajardo haya puesto acento en los límites de la religión como soporte espiritual, pero ello no impide que se muestre cuán humano es en su captación de la santidad, en tanto capacidad de valorar el mundo sin preocupación por la gloria personal.

* Rodolfo Sánchez Garrafa, antropólogo, investigador social. Trabajó muchos años bajo la dirección de José Carlos Fajardo Torres. 


viernes, 1 de enero de 2016

PANCHO GÓMEZ NEGRÓN (CISCO)

Alberto Negrón Romero*

Tal el nombre del malogrado artista, del charanguista jaranero, del chumbivilcano e inveterado cultor del arte original peruano. Del pionero del wayno, "pinkuyllista" y virtuoso ejecutor del rondín y la guitarra, sin más bagaje cultural que su primer año de secundaria y más que todo artífice de su autoeducación. Personaje que recorrió el territorio nacional tocando y cantando todo lo que era oriundo, en tiempos en que el wayno era mal visto y había que ser un valiente para cantarlo. En esa labor musical, muy sacrificada por cierto, sus aludidos instrumentos constituían su material de trabajo. Se presentaba luciendo la indumentaria de su amada tierra, con lazo trenzado y espuelas que le daban brillo en sus típicos zapateos.

Mas, no sólo paseó nuestro suelo de punta a punta, sino que llevó su orgullo chumbivilcano a tierras extranjeras, como Bolivia, Chile y parte del Ecuador.

Desde la época de su afanoso empeño se creó la Semana del Charango, patrocinado por el filósofo y amante del arte peruano Dr. Humberto Vidal Unda, llegando posteriormente a constituir la "Semana del Cusco", que ha conquistado un triunfo mundial con el pomposo día del INTI RAYMI, fuente de una enorme afluencia de turistas.

Merece mencionar el hecho de que un fatal día de los festejos del Cusco, se produjo un grave accidente, al haberse desbocado un caballo de la Guardia Civil, que no debía ser castigado para marchar, pero fue incitado por un latigazo de un bruto UKUKU, dando lugar a que la bestia le quitase el freno y se fuera a estrellar contra una carpa de vendedores de comestibles en el que perecieron dos personas y quedó gravemente herido el jinete chumbivilcano, quién de no ser así habría ofrecido un número para la admiración y agrado del público. Estando aún medicinándose en el nosocomio de Antonio Lorena, compuso el hermoso wayno "Enfermerita de Antonio Lorena" de letra y música muy sentimental y tierna.


Creó y captó muchas composiciones, algunas de las cuales fueron usurpadas cuando acaeció su muerte, caso del bello wayno "En las alturas de mi Colquemarca" que fue objeto de apropiación por un pseudo autor.

En compañía de otro folclorista, el Dr. Alberto Negrón Romero, y del compositor Roberto Ojeda, Gómez Negrón dejó inscritas en los archivos del Centro Qosqo, las danzas: "Qorilazo", "Llamero" e “Incacho”, muy linda esta última que resultó premiada en el concurso de Amancaes. Así mismo las piezas musicales "Pajonal", "Wikuñita", "Carnaval de Colquemarca", "Wifala", "Imamanmi jamuranki" y otras.


No obstante esta generosa actividad, siguió luchando hasta caer finalmente rendido lejos de su tierra, en el distrito de Quince Mil, en medio del olvido y el anonimato, sin recompensa para sí ni para su huérfana familia, tal cual se olvidó al aviador Enrico Rolandi que fue el primero en llegar al Cusco en su frágil avioncito Ansaldo.

La Comisión de la Semana del Cusco como un justo homenaje le dedica esta breve semblanza biográfica al singular charanguista Pancho Gómez Negrón.

* Alberto Negrón Romero (1899-1991), Abogado, escritor y folclorista. Fue Vocal de la Corte Superior del Cusco y Madre de Dios; su artículo sobre Pancho Gómez Negrón ha sido compilado por Luis Negrón Alonso en el volumen póstumo de sus diversos trabajos titulado “Como árbol de manzano (apuntes)” que se espera publicar próximamente.




domingo, 20 de diciembre de 2015

CARTAS FAMILIARES CON OLOR A NAVIDAD

Rodolfo Sánchez Garrafa

Rodolfo Sánchez Castañeda, mi padre, y yo
(Vilcabamba-Apurímac 1945).
Estamos muy cerca a la Navidad de 2015. He pasado los setenta años. De hecho, hace tiempo que he entrado en la etapa de la vejez biológica, pero muchos coetáneos y yo mismo solemos sentirnos jóvenes, así sea por lapsos de brevedad elástica. Soy el varón de mayor edad en mi familia, durante mucho tiempo ese lugar le correspondió a mi padre; en circunstancias, como la de ahora, su imagen suele venirme a la mente, normalmente eso suele ocurrir en mis sueños o cuando atravieso por momentos de indeseable depresión. Hoy es la excepción, el nacimiento de mi primer nieto varón Rodolfo Milan, que acaba de cumplir un mes, no admite bajones de ánimo y menos cerca de tiempos de júbilo. Aclaro que tengo otras dos nietas: Vania Aleyda y Lucía del Alma, con las cuales mi felicidad es completa.

Hace cuarenta años yo ya vivía, por mucho tiempo, lejos de la casa familiar establecida en la ciudad del Cuzco. Hasta el día de hoy, Lima es el lugar en que eché raíces, al principio sin ser consciente de que éste sería mi destino. Mi madre se esforzó siempre por mantener vivo en mi corazón el calor del cariño familiar. Mi padre solía escribirme cartas afectuosas que aún extraño, a diecisiete años de su muerte.

Soy consciente que los años de mi infancia, niñez y adolescencia fueron difíciles, sobre todo después que mi padre dejó los trabajos que tuvo en Cuzco, primero como representante de la Cía. Exploradora Cotabambas (que operaba la mina de oro de Qochasaywas-Progreso en Apurímac) y administrador de su oficina local en Cuzco y, luego, como empleado de la Casa Wiesse.

Reunión amical en una quinta cuzqueña (a la izquierda el antropólogo Oscar Núñez del Prado,
junto a él mi padre)

Mi padre tuvo que reanudar sus estudios universitarios, que había interrumpido a solo un año de haber ingresado a la San Antonio Abad. Una vez que concluyó su carrera de educador, estuvo un tiempo sirviendo en escuelas de Andahuaylas en Apurímac y, más tarde, tuvo la fortuna de empezar a trabajar con Oscar Núñez del Prado, primero en el programa conocido como “Plan del Sur” que jefaturaba Richard P. Shaedel y luego en el Proyecto de Antropología de Kuyo Chico conducido por el propio Núñez del Prado, quien un día sería mi maestro en la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cuzco. Todo el tiempo que mi padre tuvo una situación laboral inestable, fue mi madre la que afrontó con entereza el sostenimiento y conducción de la familia, así siguió siendo en los períodos de ausencia que implicó el largo trajinar de mi padre en las comunidades campesinas de Apurímac y Cuzco.

Para mi padre, sin duda, el tiempo que trabajó con Oscar Núñez del Prado reunió sus años de oro. Vivió bien, se sintió realizado, conoció a grandes personalidades como Jimmy Yen, considerado gran maestro en China, Miguel León Portilla, Augusto Salazar Bondy, José María Arguedas, José Matos Mar, Andrés Cardó Franco, entre otros.

Al centro Augusto Salazar Bondy y Rodolfo Sánchez Castañeda
(En la Casona de San Marcos, Lima 1972).

Pasaron los años, era 1975, yo ya vivía en Lima, mi hermano Saúl Rolando estudiaba medicina en la Ciudad de Arequipa y mi último hermano Ricardo, a quien cariñosamente llamábamos Dick, también tuvo que trasladarse al Colegio La Salle de Arequipa, donde concluyó la secundaria. La ausencia de mis dos hermanos varones fue especialmente dura de sobrellevar para mi madre, entiendo que por el vacío que se siente cuando los hijos nos dejan para hacer sus propias vidas. Yo le escribí a mi padre diciéndole que “Siempre es difícil mirar de frente a la vida, especialmente cuando la asociamos a la idea de la soledad”.

Con más de veinte años de servicio prestados al Estado, mi padre tuvo la oportunidad de pasar a ser profesor universitario. En la UNSAAC hizo otros veinte años de labor, que compartió con grandes amigos como Mario Escobar, Zoila Ladrón de Guevara, Moisés Tello Palomino, Mariano Dueñas Macedo, Armando Harvey Valencia, Antonio Paredes Baca, entre otros, hasta su retiro.

En 1995 –doy un salto arbitrario– tras una de mis estadías de visita en Cuzco, mis padres me acompañaron, como de costumbre, al aeropuerto. Me fijé inusualmente en la ropa que llevaba mi padre, vestía un abrigo de lana azul, muy elegante, lo vi como en sus mejores tiempos. Por lo general, me guardaba mucho por decir para los últimos minutos en las despedidas y casi nunca llegaba a expresarlas, se lo dije a mi padre en una de mis cartas. Nuestra correspondencia en sus últimos años, hasta su fallecimiento en 1999, fue frecuente. Colaboramos en diversas investigaciones antropológicas y educacionales, esto intensificaba nuestra relación afectuosa, a la vez que nos permitía hacernos de unos soles adicionales que eran bienvenidos. En el ámbito de los ideales, teníamos dos proyectos importantes, hacer un libro sobre Apurímac y otro sobre San Antonio de Pamparaqay, la tierra de nuestros ancestros, lo primero se quedó en buena intención y lo segundo avanzó bastante. A la muerte de Celso Rodolfo, mi padre, Federico Moreyra y yo, con la ayuda de Ramiro Moreyra Portilla, asumimos la responsabilidad de publicar el volumen que se denominó Libro de Oro de Pamparaqay, Imagen e historia de San Antonio Grau-Apurímac, el mismo que había venido siendo impulsado por mi padre, con el concurso de Ciriaco Vargas Sánchez, Federico Moreyra Jara, Modesto Rodríguez Jara y por mí.

Comité editorial constituido en 1995 para la elaboración del Libro de Oro de San Antonio
de Pamparaqay (De derecha a izquierda: Rodolfo Sánchez Castañeda, Modesto Rodríguez Jara,
 Federico Moreyra Jara, Ciriaco Vargas Sánchez y Rodolfo Sánchez Garrafa.

Por entonces, el quehacer poético ya era significativo en mi cotidianeidad personal. Dos eran los campos temáticos que me proponía explorar: uno, los fenómenos de la naturaleza y el estado de ánimo de las personas; y, dos, el mundo natural como imagen elaborada de los sueños y anhelos humanos. En aquellos días, me parecía que todo esto tenía que ver con las vivencias del entorno y la definición de las identidades. No podría recordarlo si no lo hubiese puntualizado en una carta a mi padre. Ahora es una buena oportunidad para evaluar qué quedó de aquello, pero esto será motivo de otro escrito.

He puesto unas líneas apuradas, antes que las ideas se me vayan. Creo que el núcleo de lo anotado es destacar cómo desde nuestra visión andina, construimos la noción de familia, de ese árbol del cual nos hacemos raíz al paso del tiempo. Creo que ese árbol no se limita al Árbol de Navidad y se asemeja más al Árbol de la Vida y la Muerte. Ahora que aún gozo de los días y las noches, se me antoja desearles a todos ustedes, amigas y amigos, a mis hermanas y hermanos, unas felices fiestas de Qhapaq Raymi y un Mosoq Wata (Año Nuevo 2016) con toda la luz del universo sobre vuestros corazones.

Lima, diciembre de 2015.



HELIO-TROPOS. El tejido sin costuras de la existencia

Iván Loyola Velarde*

“Evoca la muerte como punto de partida” anota Víctor Vimos en el prólogo de esta cuidada edición del más reciente poemario de Rodolfo Sánchez Garrafa, y no se equivoca. Como tampoco se equivoca al establecer la analogía con las cuatro estaciones. Al fin y al cabo, las estaciones son funciones del movimiento de la tierra alrededor del sol, si es cierto que el sol es el centro y no la tierra, verdades que en este conjunto se relativizan porque el espíritu de estos poemas es que las verdades absolutas son iridiscencias que devuelven la luz con matices diferentes dependiendo del ángulo de rebote. Y al final, todas son válidas, o todas no lo son. Vayamos al grano.

Empecemos por el final, como punto de partida. Antes de ello, fijar una perspectiva, que es la de una equivalencia de los tres primeros libros, Parasoles, Crisoles y Tornasoles, con los mundos arquetípicos de la cosmovisión andina, el Uccu, el Kay y el Hanan Pacha. El cuarto libro, Girasoles, que ya no correspondería a esta trinidad conceptual del ancestro del autor –de nuestro ancestro- representa una contribución que enriquece esta visión. Los mundos mencionados son colectivos, son atributos de los ayllus extendidos, de la gran familia humana como un todo. Girasoles es la síntesis de esos mundos y experiencias, desde la perspectiva y experiencia íntima de la mente del autor. Es parte de esos mundos pero es independiente. Es una mirada desde fuera, pero también desde los recovecos inextricables, inencontrables, privados, últimos, de la mente, el alma y el corazón del escritor. 

Helio-tropos, Hipocampo Editores 2014.
Empecemos por el final, decía, y nobleza obliga. HE PROCURADO PENSAR  COMO PEÓN Y COMO REY, el último poema del libro final del conjunto abandona el enfoque metafórico y es más bien una reflexión sobre la vida, sobre el camino recorrido, y una mirada liberada del attachment que el autor puede tener sobre cómo ha abordado estos temas a través de los poemas anteriores. Es a su vez crítica y elogio, pero más que nada es como quien contempla un vestido que uno se ha quitado y yace en la cama, el sofá o el suelo. Puede ser hermoso, pero ya no es parte de uno. Ambicioso pero ajeno. Lo amo, pero no lo necesito.

“Una inmovilidad será tablas/y poder dedicarme a la verdad/ al combate cuya jornada final he postergado/y postergado hasta ahora” dice Sánchez Garrafa. Debo confesar que hago trampa, pues días antes de leer este poemario me senté con el autor, a discutir estos asuntos. Pensar en la muerte, pensamiento recurrente después de los cincuenta, impregna el transcurso de esta selección. Pensar en la muerte, pero no  solo con el temor natural, sino con orden, con un deseo de orden, de que pertenezca ella al devenir natural de la existencia. Sánchez Garrafa lo dice bien claro, la muerte no es ya una derrota, sino un tablas, un empate, y un empate frente a la muerte es al fin y al cabo, una victoria.

Una página antes, CORREN LOS ANTILOPES, tal vez el poema más logrado, en lo que es ritmo, representación, consonancia del cuerpo con el título, nos libera del fardo del transitar por los mundos anteriores, la suerte de divina comedia por la que Sánchez Garrafa –a la manera de Dante- nos ha hecho deambular. El mensaje es un poco a lo que enseña Buddha, la vida es dura, pero al comprender esta verdad, que ligera es, que fácil es, enlightenment, la carrera ágil, vertiginosa hacia adelante, sin pensar en obstáculos, del antílope. “Las patas traseras se esfuerzan en impulsar cuerpos vigorosos instintivos”…. “Y quedamos sin nubes, qué solos, al borde del inmenso arenal”. El arenal es, en su inmensidad y su materia indistinta, la realidad cognitiva en la que el ser chapalea sin esperanza: se nace, se muere y no se sabe en verdad, por qué se ha venido a este mundo, y mucho menos, por qué se le deja.


Salto quántico a la primera página, al poema uno, SALUDEMOS A LA NOCHE,  donde Sánchez Garrafa habla de la muerte, no como un final sino como un nuevo escenario, un nuevo espacio donde tal vez no se descansa sino se crea: “Al irse el día pieza por pieza/se arman las sombras”. Se arma el espacio de la muerte, no se desinstala el existir. Una apuesta por la esperanza de que más allá del cuerpo material vuelto polvo hay otro nivel de existencia. Otro nivel que nace del útero/tumba, la unión en la dualidad, y aquí qué duda cabe, que el ancestro de Sánchez Garrafa sale como una garra que atrapa su atención y su enfoque y lo retrotrae a lo andino, DE LA SECRETA TUMBA RENACEMOS, dice y como en el cuento de Cortazar, en el que el héroe se pierde en una galería en Buenos Aires y sale al otro extremo en una galería en Paris, aquí también se confunden el útero y la vida, la tumba y la muerte, que comparten sus cualidades subterráneas, escondidas, oscuras, misteriosas.

En una antología donde lo escatológico no es sombrío sino transición, no puede faltar la resurrección. VIVO EN UN ARCA AZUL, dice Garrafa, “un día bajará el nivel de las aguas/y podré sembrar estrellas…. Todo es azul, dice, “mi mujer me llama con voz azul azul azul” y le llama la vida, pero en el tramado verbal de este poemario, la vida no es “la luz” sino es todo, es la llama existencial pero es también el descenso al mundo oscuro, al no ser, condición indispensable del ser de la que Sánchez Garrafa, andino, heredero de tradiciones que Sánchez Castañeda –su padre- le inculcara desde niño, no se puede desligar en cada línea de este abecedario que nos dice de la unidad consustancial de vida, muerte, sueño y vigilia.


Sánchez Garrafa es un hombre vital, lejano aún de cruzar el umbral. Sin embargo, en sus reflexiones anticipadas, nos tira luces sobre un sendero que es oscuro porque normalmente nos incomoda iluminar. Este libro nos lleva de la mano por lo que es natural en el ser vivo, temor, horror, aceptación, resignación al olvido que conlleva el tránsito a lo que no sabemos. Pero nos da también herramientas para tomar este paso con naturalidad, con coraje, y por qué no decirlo, hasta con cierta excesiva seguridad: “Al escribir me desprendo de partes de mi ser”.

Solo desgajando las capas de ego del ser, puede uno enfrentar lo desconocido sin temor. Sánchez Garrafa nos dice que se puede, que es parte de la necesidad que implica ser, existir. Y al hacerlo, nos regala con varios bien logrados textos. Todos transitaremos por ese sendero, mis amigos. Tengamos veinte o setenta. “El día empieza a despedirse” dice el poeta, en su primer verso, y remata “saludemos a la noche”. Hagámoslo con la frente en alto, con alegría, sin falso coraje. Es el consejo valioso de quien ha pensado mucho en estos temas y ha elegido compartir sus conclusiones con nosotros, a través de un bien planteado poemario.
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*  Iván Loyola Velarde (Lima, Perú 1961). Biólogo marino en el Mar de Bering, se graduó en forestales y realizó un postgrado en estudios latinoamericanos. Ha recorrido el mundo y residido por muchos años en Vancouver-Canadá. Destacado narrador, es autor de relatos y artículos publicados en revistas en línea y en el magazine literario Hispanic Cultural Review de la Universidad George Mason. En 2009 quedó finalista del prestigioso premio Juan Rulfo organizado por Radio France Internacional. Ha sido ganador del COPE Bronce 2010 con "Un alquimista en el Caribe".

martes, 24 de noviembre de 2015

EL AMOR EN «LA FRESA DE TU BOCA»

Rodolfo Sánchez Garrafa

La noche del 18 de noviembre pasado fueron presentados tres poemarios de la poeta Silvia Ortiz, en el acogedor Salón de Actos del Club Miraflores. En dicha ocasión tuve el agrado de ser uno de los comentaristas invitados, junto a Julia del Prado, Alfredo Coello Peralta y Rodolfo Dondero Rodo, contando con la hospitalidad de Juan Pedro Carcelén.

Hace algún tiempo redacté un blurb o breve apreciación sobre el poemario «La fresa de tu boca» de Silvia Ortiz que hoy presentamos (Edit. Palibrio 2015, Bloomington USA). Voy a seguir las líneas ya escritas para hilar mi comentario de esta noche.

1.      La fresa de tu boca es un provocativo libro de poemas que interroga sobre la calidad del amor, procurando desentrañar y entender sutiles y febriles manifestaciones del corazón humano.


Es que muchas veces, llamamos amor a emociones que en realidad no lo son. Puede ser duro constatar más tarde que el sentimiento amoroso era ilusorio, egoísta o fingido. Amor no es, de hecho lo mismo que atracción o deseo de posesión.

Silvia Ortiz da curso en sus poemas a una amplia expansión de sus sentimientos amorosos en los que visiblemente reinan la pasión y la entrega generosa y jovial. Ahora entiendo amor/ es tu forma de todo encanto/ al abrir los ojos como niña/ en la lluvia apasionada/ donde el fuego no concluye (fs. 2). Como fruta de la aurora/ imaginable de tu cuerpo/ este día magistral/ es el punto perfecto de la hora/ y este amor/ no es solo pantalla/ ¡ay amor ya te tengo (fs.13).

El amor pensado y vivido por la poeta es un permanente darse al otro, pensar en el otro, sintiéndose complemento cuando no réplica o duplicación del ser amado al que llama “alma gemela”, el sueño anhelado (fs. 14) Dice nuestra poeta: Te has convertido en mi sombra/ excelso atributo/ la cúpula heterogénea olvida/ un tiempo persuadido/ lo imperioso en tu cuerpo (fs. 18). Mi cuerpo reclamando el horizonte/ en sus aguas yo me dejo/ y me entrego/ y es preciso tu abrazo/tu cuerpo/ tu parámetro nada incierto/ tu cautivadora mirada/ ahí estoy (fs. 23).

2.      La amante o persona que ama, en su recto sentido, evidencia percibir la incertidumbre que el futuro depara. Un conjunto de señales perfilan espacios inestables, tiempos de duda en los que se aferra a la fuerza de sus impulsos amorosos. Se trata de un discurso en el que la forma del sujeto amado es todo encanto, en tanto que ríos y espejos, naturaleza y comportamientos opuestos, hacen que las señales del amor y la pasión se escondan y el tiempo de gestación del amor se haga violento.


Aquí es donde alcanza elevadas cumbres líricas: Otro mar se ha dormido/ en este cielo teclado/ otro vagón vulnerado/ entre lirios vacíos (fs.38). Perdón por los besos miserables/ en las franjas de otro bosque/ por lastimarme mis labios/ cuando un enfado surgió/ por la aflicción emanada/ en el cielo estropeado (fs.28). Nueve meses en la noche y una espera/ nueve vientos en la tarde/ en la tarde perdurable/ huellas en mi alma que a poco llegan/ tus enfados y los míos/ entre líos de otra guerra/ belicosas son las sombras/ que enfurecen nuestras noches.

3.      Frente a la amenaza de agotamiento, puesta de manifiesto en múltiples formas de desencuentros y obsesiva incertidumbre, Silvia Ortiz nos revela un amor que logra persistir, aun cuando el eros no deja de ser sensible al dolor.

Un temor fuerte/ y el silencio no me ayuda/ un temor recóndito/ en un campo secuestrado/ de tus besos/ un temor en las calles/ en la calma de dolores/ despejados bajo el río (fs. 22). Ahora dices/ que no hay sol mientras duermes/ que los días en la tierra se fueron/ y ahora esperas/ el verso final de un poeta/ la herida interior/ el péndulo de un barco (fs. 19). Hoy le dije adiós a mis zapatos/ el espíritu en mi casa/ llorar ya no se puede más/ cuando los aires te perduren/ y los aguaceros en los lagos/ se consuelen (fs. 10).


Incertidumbre y miedo, sin embargo, en una mujer que se sabe responsable de sí misma, no se proyectan buscando un causante, sino que se define corresponsable ingenuo del acontecer amoroso. Se plasma un eros obsesivo del cual logra salir cuando el amor es finalmente despersonalizado y la poeta se lanza a cantar al ser mismo como objeto de amor. Un niño frente a otro/ y ya es de noche/ en los cantos de lluvia/ en tus ojos muy amados/ en los míos entre la garúa/ te escogí/ me escogiste/ y así fue (fs. 16). Renuncio al palabreo insulso de las olas/ al redondeo de la canica suspendida/ en el reverso de tu mano/ renuncio a la forma de amar/ equiparable de otros hombres/ renuncio a la mañana tibia/ en el aroma de otras formas/ y tú ausente/ renuncio a la pisada negada/ en el traje de los pastos (fs.30).

Hoy camino atrapada en tus brazos/ hoy la nieve de traje vistió, hoy escribo este verso inconcluso/ hoy empiezan los días eternos/ hoy se sella con fuerza mi alma a la tuya/ la fresa de tu boca en el tiempo/ jamás concluyó (fs. 43).

El camino avistado es la ruptura de la dependencia emocional. La soledad se asume constructiva apelando al potencial poseído y a la autonomía construida penosamente en el curso de la vida. Aprendí/ a hurtar la inocencia/ de muñecas pálidas/ aprendí/ a ser leona de verdad/ en la furia de la vida/ aprendí/ a valorar la inocencia de los niños/ entre junglas de desprecio/ aprendí/ a matar si era preciso/ el perfecto muro afónico de la noche (fs. 21).


4.      De La fresa de tu Boca se desprende el convencimiento de que, allí donde impera una capacidad amatoria total, es posible proyectar la vida más allá de sus laberintos y trances disparejos. Tantos meses cultivando/ el campo que no acierto/ tanto amor mutilándome el sosiego/ tanto llanto insoportable ante un mortal/ tantas noches espantando/ espejismos en falso vuelo (fs. 1). En el atajo de este verso/ en la línea de tu boca/ se disuelve la barrera del adiós/ ahora entiendo (fs. 2). Esta noche/ es otra noche/ otra expresión aborrecida/ en el agotado laberinto (fs. 6). Un conteo de la noche a la mañana/ un tiempo/ y no el olvido/ has llegado al fin para quedarte (fs. 9).

El trayecto de la vida amorosa resulta circular, fin y principio se sueldan. Las huellas del amor no son olvido son la base de una comprensión más elevada que da curso a la necesidad de la una y el otro. Como lo ha dicho José Beltrán Peña, Silvia Ortiz, nuestra poeta, ha sido capaz de exorcizar el amor. 

Miraflores, 18 de noviembre de 2015.


De izquierda a derecha Rodolfo Dondero Rodo, Rodolfo Sánchez Garrafa,
 Silvia Ortiz, Alfredo Coello Peralta y Juan Pedro Carcelén.



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