martes, 18 de agosto de 2020

Destino, Providencia y Libre Albedrío según Ananda K. Coomaraswami

Rodolfo Sánchez Garrafa
Julio Gilberto Muñiz Caparó


        Ananda Ketish Coomaraswamy, uno de los más importantes exponentes del esoterismo tradicional en el siglo XX, nació en 1877 en Colombo-Ceilán, fue hijo de Mutu Coomaraswamy, jurista de origen indio y de Elisabeth Clay dama de origen inglés. Tuvo una formación académica occidental, estudió en el prestigioso Colegio Eton y en la universidad de Londres donde obtuvo un doctorado en ciencias (1904). Fue el iniciador de un movimiento para la educación nacional en la India y derivo sus intereses hacia la filosofía del arte. En los años de la primera guerra mundial tuvo a su cargo la dirección del departamento de artes del islam y del medio-oriente y se instaló así en Norte América. A partir de la mitad de los años 30s mantuvo correspondencia con René Guénon y reconsideró sus ideas respecto al budismo aceptándolo como una tradición auténtica. Su bibliografía es vastísima, escribió de hecho más de un millar de títulos entre libros y artículos. Pese a su deseo no pudo concretar su retorno a la India, y falleció en Needham, Massachusetts, el 11 de septiembre de 1947. Destino y libre albedrío nos permiten ser recipiendarios del legado de este gran pensador.

Destino y libertad de elección


Este comentario colectivo es un acercamiento a las orillas del pensamiento plasmado en el trabajo titulado Destino, Providencia y Libre Albedrío* escrito por Ananda Ketish Coomaraswami, que como ya anticipamos fue un especialista en arte oriental, destacado estudioso del simbolismo, mitología, metafísica y religión comparada. De inicio, no podemos dejar de advertir que para el pensamiento racional, hay una oposición e incompatibilidad insuperable entre la idea de destino y del libre arbitrio o libertad de elección. Entendido el destino como un poder sobrenatural que guía la vida humana, un programa preestablecido que cada ser humano se limita a cumplir, no es posible conjugarlo con una deseable capacidad de adoptar decisiones autónomas; en efecto, el libre albedrío parece ir en contra del destino entendido como algo inevitable, como fatum. En lo que sigue, veremos que existen posibilidades de solución a este dilema.

Para Coomaraswamy, todo acontecimiento ocurre necesariamente dentro de la posibilidad lógica que le antecede. Cada nuevo individuo proviene de una potencialidad antenatal, que deja de ser potencial en el momento mismo de la primera concepción de la criatura y después durante toda su vida, a medida en que las posibilidades de tal potencialidad se concretan en actos, conscientes e inconscientes, que buscan manifestarse de manera imperiosa.


 
Lo que para Coomaraswami está predefinido son las «circunstancias» en las que uno nace: por un lado, su entidad individual que consiste en alma y cuerpo propios y, por otro, su entorno natural y social. Estas circunstancias constituyen un conjunto específico de posibilidades, así tendríamos que el nacimiento es una oportunidad de realización personal y social. En cambio, el «libre albedrío» es una libertad para hacer uso o para dejar pasar la oportunidad de devenir lo que uno puede devenir bajo las circunstancias en las que cada quien nace.

El tema nos permite abordar investigaciones realizadas por el neurólogo estadounidense Benjamín Libet, un científico nacido en 1916, quien asegura que "el ser humano no tiene libre albedrío". Y sostiene: «cada vez que los seres humanos decidimos hacer cualquier cosa, en realidad es nuestro cerebro el que ya tomó la decisión y, a veces, hasta varios segundos antes». Afirma que "ésta no es una especulación sino un hecho científicamente comprobado". Años después, surge la "neurocultura", un proceso empeñado en revaluar la concepción del mundo que discute la existencia del libre albedrío y como consecuencia la existencia de Dios. Al respecto, el investigador Javier Jiménez afirma que la ciencia lleva siglos en esta batalla, donde filósofos y pensadores ligados al dogma, se mantienen firmes e invariables. Sin embargo, dice, "ninguna propuesta de esa naturaleza resulta concluyente".

Se considera evidente que la libertad del individuo no es ilimitada. Nadie puede llevar a cabo lo imposible, aunque tal imposible pueda ser algo posible en algún otro «mundo». Un individuo nace de un modo determinado y no podría hacerlo de forma distinta, sus posibilidades están dadas desde el nacimiento; todo lo que el individuo puede realizar durante su existencia depende de las provisiones presentes en su propia naturaleza. Cada individuo es único. Ciertas posibilidades específicas le son accesibles al individuo determinado y muchas otras le son vedadas. Este pensador ejemplifica refiriéndonos al hombre que está en Londres y que no puede ser un león en África. A estas posibilidades e imposibilidades, les solemos designar como el sino o destino del individuo.


 

La libertad de nuestra voluntad individual es la capacidad que tenemos para hacer lo que podemos hacer, o para abstenernos de hacerlo. Cuando somos forzados a actuar o sufrir contra nuestra voluntad no es debido a una coerción de la voluntad, sino de los implementos disponibles. Sentimos coerción en apariencia ya que solemos identificarnos con los implementos que nos son accesibles. Si cada uno de nosotros se conociera a sí mismo, todo sería mucho más claro, porque al comprender nuestra propia naturaleza podemos sopesar lo que es posible bajo circunstancias dadas. Puede comprenderse así que la providencia no interfiere con el sentido de libertad individual. Dice Coomaraswamy que hay, de hecho, una coincidencia entre la providencia y el libre albedrío. Es posible conocer la esencia de otro y prever su destino particular, pero esto no interfiere para nada en la libertad del otro.

La providencia

Registran los diccionarios que el término providencia concierne a aquello que se dispone de manera anticipada o que permite alcanzar una cierta meta. Por lo general, el concepto se refiere a lo que concede una divinidad (en este caso, se escribe con mayúscula inicial: Providencia). La Divina Providencia es entonces un concepto religioso por el cual una divinidad crea e influye en el universo, en especial sobre la Tierra para el socorro de la humanidad. Coomaraswamy afirma que la Providencia de un Dios omnisciente, posicionado en el centro de la rueda, presencia inevitablemente el pasado y el futuro en un ahora. Este «ahora» será el mismo mañana que el que fue ayer, y en su esfera no interfiere para nada en la libertad de criatura alguna. No deberíamos ver a la Providencia como una previsión en el sentido temporal, como si se tratara de ver hoy lo que acontecerá mañana. Lejos este sentido temporal, la Providencia es una visión siempre simultánea con el acontecimiento. No cabe considerar que Dios mire hacia el futuro o hacia el pasado.


Por consiguiente, al ser humano nada le es impuesto arbitrariamente ya que todo se ajusta a un programa perfecto que cumplimos con ejecutar. Expone Coomaraswami: «todo lo que nos acontece es solo una posibilidad cuando se presenta la ocasión. El hombre es libre de hacer o de no hacer, según la circunstancia. El hombre marca su destino según su propia naturaleza. La providencia no interfiere en modo alguno con el sentido de libertad». Y concluye, «Debemos asumir una providencia omnisciente en Dios, que desde su posición en el centro de la rueda es presencia inevitablemente del pasado y del futuro ahora, un 'ahora' que será el mismo mañana que el que fue ayer.» Consiguientemente, es un error considerar que Dios mira hacia adelante hacia un acontecimiento futuro o hacia atrás un acontecimiento pasado, este tipo de ocupación carece de significado, como carece de significado preguntar ¿qué hacía Dios antes de hacer el mundo?.

Guenon considera a la providencia como la "reina de todas las cosas" y Tomas de Aquino afirma que "es Dios quien gobierna el cosmos". Agreguemos la opinión de Boecio que en el siglo VI decía: «la providencia y el destino comparten un mismo objeto, el plan de Dios y su creación; así pues, el Plan visto por Dios es la Providencia y está en el interior de Dios mientras que el plan manifestado en el mundo es el Destino que se encuentra en el exterior de Dios o en su creación». Este pensador concluye lo siguiente: «… filosóficamente, la providencia es la esencia de cualquier existencia posible y el Destino es esta esencia pero ya existente y desplegada en el mundo de las cosas sometidas al cambio».

Incertidumbre y aceptación del destino


Nos dice Coomaraswami que no es imposible zafarse de un destino previsto. El destino es para aquellos que han comido del Árbol, esto es para aquellos que han adquirido consciencia de ser y de tener capacidad para hacer. La adquisición filogenética de la conciencia humana sería análoga a la adquisición ontogenética de la conciencia por las criaturas humanas que de un estado de inocencia pasan a tener conciencia de sus actos. El espíritu que entra en todos los seres nacidos con cuerpo-y-alma, toma la rienda del accionar humano, permitiéndole hacer uso de la libre elección.

Mediante la libre elección aceptamos el destino, es decir la pasión de bien y de mal. Según el caso, le damos la bienvenida al destino o tratamos de evitarlo, pero no podemos dejar de encararlo, esto es de sumarnos al movimiento de la rueda. Hagamos lo uno o lo otro siempre seremos los mismos que estábamos destinados a ser. Podemos encarar el destino con prudencia, osadía, humildad, ambición, egoísmo o altruismo, rebeldía o resignación, pero siempre será nuestra propia naturaleza la que nos lleve a perseguir un destino del que estamos preadvertidos y para el que tenemos disposición. En la mitología y la literatura heroica el sentido del honor empuja al héroe haciendo que prosiga lo que ha comenzado incluso ignorando la advertencia, dado que está «predestinado» a ser lo que finalmente va a ser.

Conocer el destino infunde temor y, paradójicamente incertidumbre, ¿Podré cumplir mi destino? ¿Es inevitable que éste sea mi destino? Coomaraswamy ejemplifica esto acudiendo a la vacilación del mesías, como ocurre con Agni en el Rg Veda Sanhitā, con Buddha y Jesús. Estos personajes arquetípicos sufren la incertidumbre pero aceptan su destino.

 

El deseo no debe confundirse con la pesadumbre. El deseo abriga una posibilidad de ser, real o imaginaria. Lo cierto es que no es viable desear lo imposible, por eso la imposibilidad causa pesadumbre. No cabe lamentar la leche derramada, ni jalarse los pelos por un viaje frustrado, nada acontece a no ser por necesidad. Aquí consignamos un comentario suelto recogido de una publicación que firma alguien llamado Carlos Gershenson:«Es cierto que los deseos no satisfechos nos traen decepciones. Pero los deseos satisfechos nos traen satisfacciones. ¿Cuál es mayor? Creo que mientras más sufra uno, más apreciará los momentos de felicidad, y vice versa. El que no desea nada no sufre decepciones, pero tampoco satisfacciones. Está más allá del deseo y la decepción. ¿En realidad es feliz? No es feliz, pero tampoco desdichado. Más bien se aburre de lo lindo. ¿Entonces qué es mejor? Parece que no importa qué camino escoja uno, la balanza de dicha y dolor siempre quedará balanceada. Depende del espíritu de cada quién cuál se nos acomode mejor. ¿O de su DNA?».

Ese espíritu, ese programa inscrito en el DNA, es precisamente la idea de la potencialidad antenatal enunciada por Coomaraswami.

Nos recuerda Coomaraswami que, para Santo Tomás, la ciencia y la teología están de acuerdo en que el curso de los aconteceres está determinado causalmente, ya que Dios no gobierna solo sino que lo hace por medio de las causas mediatas, así el mundo no resulta privado de la perfección de la causalidad… Todas las cosas (en la cadena del destino) son hechas por Dios a través de las causas segundas que según Hoobes son los actos creadores de los propios hombres. De manera similar, la Ívetāsvatara Upanisad distingue entre el Brahman, el Espíritu de Dios, el Uno, como la causa permanente, y su Poder o Medio de operación (ßakti = māyā, etc.); conocido como tal por los contemplativos. De la misma manera, el Brahman no opera arbitrariamente, sino de acuerdo con propiedades variables inherentes a los caracteres de las cosas como son en sí mismas, cosas que deben su ser al Brahman, pero que son individualmente responsables de sus modalidades de ser. Este es el punto de vista tradicionalmente ortodoxo, como lo expresa Plotino «se ofrece todo, pero el recipiente es capaz de acoger sólo un tanto», y Boehme «como es la armonía, es decir, la forma de vida, en cada cosa, así es también el sonido de la voz eterna en ella; en el santo, santo, en el perverso, perverso… por consiguiente, ninguna criatura puede culpar a su creador, como si él la hiciera mala». Nos permitimos puntualizar que el problema del mal o Paradoja de Epicuro consiste en la contradicción que surge al combinar la existencia del mal y del sufrimiento en el mundo con la existencia de un Dios omnisciente, omnipresente, omnipotente y omnibenevolente. Está claro que esto no es un problema en el pensamiento andino, desde que reconoce la complementariedad de los opuestos; por otra parte, la idea del eterno retorno desde la ciclología andina compatibiliza bien los conceptos de destino y libre albedrío, por ejemplo en los mitos fundacionales.


Cabe señalar que Max Scheler, en consonancia con Coomaraswamy, afirma la existencia de la libertad del ser “espiritual” que desligado de sus impulsos y del medio, se abre al mundo; no obstante, dice que el destino es el límite del libre albedrío. Si alguien decide libremente actuar siempre conforme a la ley, de forma que en idénticas condiciones su comportamiento será siempre el mismo, resultará que su obrar es perfectamente predictible, pero no por ello menos libre. Hay en ese caso libertad, pero no casualidad o indeterminismo; es más, el analista teórico hablaría incluso de determinismo. Esto significa que, en realidad, las nociones destino y libre elección no son diametralmente opuestas, sino que son realidades multidimensionales que presentan una complejidad interna. Sometidos a examen filosófico, destino y libre albedrío son más compatibles entre sí de lo que parece: en el acontecer, el destino vendría a ser una especie de puerta abierta a una noción de libertad superior al libre albedrío.

Referencia

 * Artículo de Ananda K. Coomaraswami, publicado en Studies in Comparative Religion, vol. 13, nº 3 & 4, 1979. Para esta comunicación se ha estudiado la versión que aparece en Letra y Espíritu. Revista de Estudios Tradicionales Nº 36. Pardes 2014.


jueves, 11 de junio de 2020

Una epidemia global bajo la sombra de nuestros temores históricos*

Rodolfo Sánchez Garrafa

El estado de crisis en que se encuentran las sociedades en el mundo actual, constituye un evento histórico complejo; como tal tiene muchas causas y múltiples consecuencias, cual nos lo recuerda Noam Chomsky. Debemos considerar al COVID-19 como lo que es, el disparador de una serie de sucesos que nos permiten ver con claridad cómo se manifiestan fortalezas y debilidades, que en particular inciden en:
  • La reacción de los diferentes Estados ante la enfermedad como expresión de una moral internacional,
  • La competencia real de los gobiernos frente a una situación de ineludible emergencia, y
  • Nuestra situación particular como sociedad tras casi 500 años de haber sido invadidos.



Vayamos por el principio, así sea a grandes rasgos. Tendría que haber sorprendido al mundo la ocurrencia de esta pandemia? Al parecer no. La historia nos muestra que epidemias virulentas como el COVID 19 son esperables y pueden brotar en cualquier lugar por diferentes causas. La pandemia del COVID 19 asolando el mundo no es –como pudiera pensarse apresuradamente– un hecho insólito nunca antes experimentado por las sociedades humanas. Las enfermedades son consustanciales a la evolución humana y las epidemias han tenido un papel crucial en su historia. Así lo demuestran estudios de paleopatología, arqueología de la prehistoria, microbiología, principalmente. Nosotros mismos vimos cómo esto ocurrió no hace mucho por comer vacas, pollos y cerdos infestados.


Steven Polgar en un célebre artículo denominado “La evolución de las enfermedades de la humanidad” (1964) señala que el hombre no evolucionó solo. Hemos evolucionado en compañía de un buen número de microorganismos. Muchas de estas criaturas diminutas nos son necesarias y nos prestan muchos servicios: nos ayudan en la digestión, fermentan diversos alimentos que requerimos tales como la harina a la hora de hacer pan y la leche para el queso, nos sirven para hacer cerveza y otras bebidas espirituosas, y, en fin, destruyen desperdicios. Pero, claro, son responsables de innumerables enfermedades que nos agobian a lo largo de la vida. Hay que hacer corta esta historia introductoria, el hecho es que venimos conviviendo con todo tipo de gérmenes por miles de años, cuando no millones. (La presencia propiamente humana ha sido establecida en unos 2.5 millones de años, con la aparición del género Homo, que se toma como punto de inicio para el Paleolítico o Edad de Piedra).

Pero más puntualmente, a lo largo de los siglos la propagación masiva de microorganismos produjo epidemias que afectaron al Viejo Continente cada pocos años: tifus, disentería, sarampión, cólera y muchas más. Una de ellas, la llamada “peste” resultó especialmente nociva, hasta el punto de que su nombre se utiliza aún para designar cualquier patología, infecciosa o no, que provoca una gran mortandad. Aunque apareció en múltiples ocasiones, la de 1348 ha permanecido en la memoria histórica del mundo como la más dañina. Alcanzó un nivel tan devastador que un tercio de la población europea sucumbió a sus estragos. Después regresaría a intervalos más o menos regulares: 1363, 1374, 1383, 1389..., aunque nunca con aquella intensidad letal. La peste constituía un castigo, expresión de la cólera de Dios ante los pecados de los hombres. 


En 1918, con la gripe española, volvió una pandemia tan letal como las de siglos anteriores. Significó la muerte, en dos años, de más de cuarenta millones de personas en todo el mundo. La pandemia se abalanzó sobre una Europa que aún no había salido de las calamidades de la Primera Guerra Mundial. Los servicios médicos se encontraron desbordados ante aquella amenaza de origen incierto.

Hace pocos meses, la lectura del relato Ciudad apocalíptica del escritor Enrique Rosas Parravicino me proyectó al tiempo del tabardillo, esa peste de tifus que cundía en el Cusco de 1720 acarreando una fiebre maligna causante de la putrefacción del cuerpo y corrupción de la sangre.

El jinete del apocalipsis

En sentido figurado, un apocalipsis puede ser un evento catastrófico o un cataclismo de dimensiones planetarias, el paso previo al fin del mundo. Tal imaginario escatológico comprende unos jinetes que anuncian la llegada de los últimos tiempos, el hambre, la guerra, la muerte. Hago tal referencia, impresa en el subconsciente colectivo, porque la pandemia que sufrimos tiene tal magnitud que, en los hechos, sacude al mundo entero.

Estos jinetes parecen cabalgar sobre el mundo en estos tiempos. Dos grandes secuelas derivan de la pandemia del coronavirus: 1) una primaria que tiene que ver con una crisis sanitaria, acompañada por una crisis económica y social; y 2) una derivada que se liga con el enorme impacto que ha tenido en las emociones y en los comportamientos individuales y sociales.

Hoy a nivel planetario, la pandemia de coronavirus ha desatado otra pandemia, tal vez más grande, de ansiedad y miedo ante la incertidumbre. Nadie sabe a ciencia cierta lo que esta crisis puede generar a nivel social, económico y político a todo nivel, desde el individuo y el hogar familiar, hasta la aldea global. 

¿Cómo reaccionaron los contemporáneos de las catástrofes sanitarias históricas?

No hay duda que las catástrofes sanitarias siempre infundieron miedo en la población. Procurando entender tales acontecimientos de magnitud, los hombres se hicieron conscientes de que estos eventos nunca aparecían en solitario, sino unidas al hambre y la guerra, es decir junto a los otros jinetes del apocalipsis. Para aquellos de espíritu religioso, la enfermedad se explicaba en última instancia como un castigo, una expresión de la cólera de Dios ante los pecados de los hombres. Por eso, muchos acostumbraban a representar la peste como una lluvia de flechas que afectaba a todos por igual, ricos y pobres, jóvenes y viejos.

Este carácter igualitario y su naturaleza repentina eran los rasgos que más llamaban la atención del hombre medieval. Nadie estaba a salvo. Uno podía estar sano y morir a los dos o tres días, tal como observó el religioso Jean de Venette durante una peste en el París del siglo XIV. La aparición abrupta de microorganismos desconocidos generaba un temor que podía llegar hasta la psicosis.

Recordemos que la rapidez con que un puñado de conquistadores españoles desmanteló las estructuras de poder de los pueblos precolombinos, formados por millones de personas, no se debió sólo a su superioridad militar, sino también –o tal vez sobre todo- a las enfermedades que traían consigo y ante las que las poblaciones indígenas carecían de defensas. En cambio, cuando casi tres siglos después otros europeos, en este caso tropas francesas, llegaron a Haití para reprimir la revuelta de los esclavos, cayeron derrotados por una terrible epidemia y no pudieron hacer nada para evitar la independencia. 

Cuando nos afecta el miedo tenemos necesidad de establecer quién es el culpable

Nos angustiamos al punto de preguntar ¿Por qué nos castiga Dios? Por lo tanto, podemos describir el miedo como “... una emoción-choque, frecuentemente precedida de sorpresa, provocada por la toma de conciencia de un peligro presente y agobiante que, según creemos, amenaza nuestra conservación”.

Las reacciones frente al impacto sorpresa no son unívocas, se desencadenan de manera diferenciada según las características culturales y sociales y de condicionamiento psicológico de los sujetos afectados. El sustrato sobre el cual se desencadena el miedo estaría dado por la preeminencia de una dialéctica entre las nociones de seguridad e inseguridad que todo sujeto, grupo o comunidad posee, y que elabora a partir de la visión de mundo que construye desde de la estimación de sus propias condiciones materiales de existencia.

Es determinante que la angustia se constituya en miedo, ello debido a que es imposible conservar el equilibrio interno afrontando durante mucho tiempo una angustia flotante, infinita e indefinible. A los humanos nos resulta necesario transformar la angustia y fragmentarla en miedos precisos de alguna cosa o de alguien. Una vez que la angustia ha pasado a tomar la forma de un miedo específico, el individuo va a buscar la fuente responsable de la amenaza identificada.

Para dar sentido a los acontecimientos, muchos buscaban un chivo expiatorio al que culpar. Entre los sospechosos habituales, la historia señala que se han encontrado los extranjeros, los marginados sociales o las minorías culturales (caza de brujas). Va más allá esto, al punto que el “Otro” se transforma en una amenaza, el espacio público se transforma en peligroso, las familias entran en conflictos al percibir la amenaza desde diferentes perspectivas y tensionar el cuidado familiar con la necesidad de salir al mundo a trabajar e intentar sostener un sistema de vida que nos procure seguridad. 

Tan cierto es esto que las ejecuciones de minorías étnicas (caso judíos) llegaron a considerarse una medida profiláctica para prevenir la extensión de epidemias. En 1348, varias personas fueron quemadas en Stuttgart, y eso que la ciudad aún estaba libre de la epidemia, que no llegaría hasta dos años después. La peste contribuía a acentuar un antisemitismo ya enraizado en la mentalidad de la época. Boccaccio, en el Decamerón, afirma no sin exageración que en Florencia murieron más de cien mil personas durante la peste de 1348. Allá por el año 1918, en un ambiente de angustia, la prensa francesa culpó de una epidemia de gripe al enemigo germano, se elaboraban las teorías más descabelladas, entre ellas los rumores sobre conservas llegadas desde España en las que los agentes del Káiser –según se dijo– habrían introducido agentes patógenos. Se trataba de auténticas visiones de guerra bacteriológica.

En los ochenta, la histeria por el sida desencadenaba actitudes persecutorias hacia los más débiles. Las personas con inmunodeficiencia adquirida fueron estigmatizadas y discriminadas, en un clima de histeria generalizada. Hoy mismo todavía es posible encontrar personas para las cuales se trata de una enfermedad que sobreviene a prácticas inmorales. 

Una medida socorrida de seguridad es el aislamiento social, el mismo que genera profundo impacto en la manera cómo nos relacionamos, poniendo en crisis nuestros estilos de vida y cotidianeidad. La omnipresencia, silenciosa y agresiva del COVID 19, sumada a su impacto sanitario, ataca nuestra naturaleza gregaria, nuestra necesidad de contacto e interacción cara a cara, del abrazo, del beso, del encuentro, de la necesidad de darle cuerpo a la comunidad. 

En el pasado, el miedo a la muerte implicaba el temor a la condenación eterna. Nada podía ser peor que morir sin haberse confesado. Es que el miedo es una emoción política fundamental y un disciplinador social ya establecido, lo cual no es un descubrimiento reciente, pues ya lo señaló Hoobbes en su Leviatán. El miedo es una emoción política fundamental, como lo expresa el filósofo norcoreano Byung Chul Han, para quien el capitalismo de las emociones explota precisamente el miedo como forma de control y persuasión social, principalmente a través de los medios masivos. Hoy más que cosas concretas consumimos emociones, así se abre un nuevo campo de consumo imparable. Por medio de la emoción se llega a lo profundo del individuo y se lo somete a un control psicopolítico.


Hemos apreciado en nuestro medio la aparición de actitudes excluyentes, amparadas en una noción restringida de seguridad pública. Los responsables de la propagación del virus son los ignorantes, los pobres diablos, los habitantes de las áreas periféricas y más pobres, la gente que compra en los mercados populares y vaya usted a ver que muchos de estos sujetos discriminadores hacen cola para recibir su bono de ayuda económica. En la calle menudean comentarios sobre la inconsciencia y ligereza de la masa popular, es ella –se afirma- la que no comprende las necesidades de aislamiento, de profilaxis provocando que se agrave y prolongue la pandemia.

Llamadas a la precaución que en principio son necesarias, a fuerza de violencia simbólica pasan a mostrarse como lo que realmente son: instrumentos de sometimiento y docilidad, que devienen en ilegítimos mientras no justifiquen la razonabilidad de sus disposiciones. ¡No pienses, obedece! ha sido la lógica impuesta a lo largo de la cuarentena.

El auxilio ante la emergencia, Estado e instituciones de salud pública

El gobierno sabe lo que hace. Tal afirmación resulta deleznable en cuanto se descubre que nadie, que ningún gobierno, sabía en principio lo que hacía, pero unos fueron más inteligentes y/o más oportunos que otros en sus decisiones. Lo que es peor, ocurre cuando hay ocultamiento de la situación, falta de transparencia en el reconocimiento de la capacidad o incapacidad de atención, para finalmente llegar a donde debió partirse, esto es: la seguridad frente a la epidemia está en lo fundamental en las manos de cada ciudadano, en tanto que la suma de las voluntades personales es la capacidad real de una sociedad frente a previsiones que son matemáticas, estadísticas: la famosa meseta, los segmentos sociales y biológicos de mayor riesgo, etc.

La ya larga presencia del Covid 19, tiene múltiples implicancias. Estados como el nuestro no sólo han sido incapaces de brindar protección, sino que se han transformado en un actor más de aquellos que provocan intensas sensaciones de incertidumbre y temor de los sectores populares en una dimensión psicosocial y sociopolítica significativa. Hoy la pandemia es selectiva, ataca preferentemente a una población identificada como en alto riesgo.

El Perú, según cifras disponibles, invierte en salud 681 dólares per cápita, a diferencia de los 2,229 dólares de Chile o los 2,102 dólares de Uruguay. En número de camas, el Perú contaba con 16 por 10.000 habitantes; Argentina, 50; y Uruguay, 28. A raíz de la pandemia, el gobierno ha informado que nuestro país ha hecho el esfuerzo de pasar de 247 camas de Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) a tener 1,000, según afirmó el viceministro de Prestaciones y Aseguramiento en Salud, Víctor Bocángel, al resaltar que este resultado es producto del trabajo de los servicios de salud.


Lamentablemente, los hospitales se han visto rebasados en su capacidad de atención; en general, no estaban preparados para atender emergencias de magnitud y ya ni se diga esta pandemia, por lo demás imprevisible. Nuestra infraestructura de salud es deficiente, con graves carencias logísticas. Que la responsabilidad de este estado de cosas viene de períodos pasados es cierto, pero en años recientes el servicio de salud estuvo postergado y la seguridad social se halla en colapso.

Debido a la debilidad del sistema de salud, la única arma efectiva con que se ha contado en la práctica para amortiguar el impacto de la epidemia ha sido la cuarentena. La cuarentena ha tenido como finalidad principal mantener los servicios médicos despejados y, en los hechos, como un mecanismo de supresión de la necesidad de usar estos servicios insuficientes e impotentes.

De hecho, la atención de emergencia en asuntos de salud, es más una cuestión individual y familiar que social. Esto sucede por los déficits de la atención hospitalaria pública ya señalados.

La búsqueda de refugio frente a la afectación de la aldea global 

La primera y lógica reacción de una colectividad es esperar el pronunciamiento y disposiciones de sus líderes, de sus autoridades. Buscamos amparo en quienes dirigen nuestra sociedad nacional. El gobierno es el que cuenta con las atribuciones necesarias para instaurar orden, poner orden, dar una orden, o mantener orden, son acciones que descansan sobre el ejercicio potencial de la fuerza pública. 

Las acciones destinadas a producir e instituir orden por parte de un poder o autoridad, tienen la particularidad de afectar todos los ámbitos de la vida social, incidiendo con ello en las concepciones y construcciones de orden que un conglomerado social incorpora o no para sí. De este modo, la construcción de orden se subordina y es dependiente de la concepción de orden que asume el que la ejerce, y de la capacidad que tiene de expandir esta concepción hacia todas las esferas de lo social, debido a que su continuidad requiere necesariamente de ejercer un control social efectivo.

No es solo el empleo de la fuerza pública el respaldo de las acciones de gobierno. También comprobamos que se apela al bombardeo constante con información destinada a asegurar la docilidad social lo que, más allá de su propósito ordenador, provoca una mayor ansiedad, con efectos inmediatos en la salud mental de la población. 


Consecuentemente, la búsqueda de una zona de seguridad efectiva es una resultante natural de los acontecimientos. Para cualquier individuo se hace necesario evitar el sentimiento constante de amenaza cuyos efectos en la psique son más que traicioneros.

Se ha dicho que las crisis requieren de la voluntad colectiva de ayudarnos unos a otros. Así como nos hacen dar cuenta de manera muy cruda sobre la vulnerabilidad de la especie, también nos ponen frente al reto de saber que de ese espíritu cooperativo depende que podamos salir del problema. El altruismo debiera funcionar como una razón más poderosa que la obligatoriedad, para que el real valor de “nosotros” como seres humanos no se dé frente a la ausencia de miedo, sino en la responsabilidad y el compromiso solidario de cada uno con los demás. Como enunciado de valor esto es resaltable, pero la realidad dista mucho de lo deseable.

En el panorama internacional vemos que la cooperación se ha retraído. No han surgido respuestas solidarias a partir de prácticas globales; al contrario, países poderosos se muestran avaros con la información disponible y con sus recursos tecnológicos, compiten y desconfían mutuamente. El realismo nos muestra que la cooperación en situaciones de amenaza global es difícil, porque hemos visto a los Estados enfocados en su propio problema y sin interés por los otros. Funciona la premisa de la autoayuda. Los Estados cooperan solo cuando les interesa. De ahí que las fronteras entre los estados poderosos se estén volviendo más altas.

Al desatarse el pánico global, se ha producido el afloramiento de una macro onda de egoísmo. Las potencias, que se presuponía podrían liderar respuestas de solidaridad internacional, se han retraído sobre sí mismas. La caparazón, justificadamente armada por los Estados, ha terminado por aislar cualquier esfuerzo nacional, toda ayuda ha pasado a evaluarse en términos de beneficio a obtener. Cada Estado ha ido quedando a merced de sus propias posibilidades y recursos.

En pocas palabras, nos encontramos ante un mundo que, para una emergencia en materia sanitaria/humanitaria que amenaza la seguridad de cada Estado y sociedad, parece refugiarse en un sistema de seguridad “individualista” antes que un sistema de seguridad “cooperativo”. 

Otro elemento a considerar es la desconfianza entre superpotencias, hecho que ha permitido la elaboración de teorías conspiratorias que tienen como protagonistas a los Estados que se disputan la primacía o hegemonía en el poder global, básicamente EE.UU. y China. Por otra parte, no es descartable un accidente, es lo que se estuvo especulando respecto a los laboratorios de Wuhan. Pese a la modernidad de nuestro mundo hiperconectado, la humanidad sigue siendo muy frágil. Y los miedos nos acosan como siempre.

Esta emergencia sanitaria nos trae dos ideas que parecían haberse desvanecido en esta hipermodernidad: la del ser humano vulnerable y la del valor clave que tiene la comunidad.



Para el caso de Corea del Sur, Byung-Chul Han sostiene en su columna de El País que “en Asia impera el colectivismo. No hay un individualismo acentuado”. Mientras que en el otro extremo, el individualismo y el culto al mercado ya se convierten en el centro de la epidemia, acompañado de un proceso recesivo con quiebras, muertos y más desigualdad.

En el caso concreto del Perú y otros países del área andina, es de prever que se acentuará el individualismo en áreas urbanas y el comunitarismo en aldeas rurales, distritos y comunidades campesinas. Desde mi particular entendimiento de la cosmovisión y la tradición andina, me atrevo a sostener que la atención privilegiada, para mejorar el estado de cosas, debe ser prestada a la praxis comunitaria y a las formas organizadas de movilización ciudadana. Ya tenemos un adelanto en los siguientes hechos:

1. Coronavirus en Perú: la pandemia provoca un éxodo a las zonas rurales

El desempleo ha forzado el retorno de miles de personas al campo. Un éxodo a la inversa ha convulsionando nuestro país, en medio de un confinamiento que ha dejado a muchos sin trabajo y sin la capacidad de alimentar a sus familias.

En el campo, en las comunidades campesinas y nativas los migrantes con lazos vivos a sus lugares de origen, disponen de acceso a tierras para producir alimentos y una red de cooperación para contar con fuerza de trabajo. Tenemos un gran tesoro ancestral sepultado por la república bicentenaria: La ayuda mutua. La mink’a y el ayni, no reconocen desigualdades sociales, solo gravitan el bien común y la solidaridad con los que necesitan ayuda. Todos colaboran aportando trabajo o un pan, para socorrer a las víctimas de la crisis. Reconciliémonos entonces con nuestro pasado nativo. Lo necesitamos.

2. Medidas de seguridad propias

Lejos de las capitales, los pueblos indígenas de la Amazonía y los Andes de Perú han tomado sus propias medidas de seguridad ante el avance de la pandemia por el Covid-19. Cerraron sus accesos, reactivaron sus comités de autodefensa e impusieron una vigilancia estricta de su población. Dirigentes de pueblos originarios y comunidades campesinas han señalado que hace falta más información, solicitando al gobierno una estrategia sanitaria enfocada en su contexto y en sus comunidades.

En Apurímac, la única región sin personas detectadas con la Covid-19 en mucho tiempo, y hoy mismo con solo 3 víctimas mortales, 14 comunidades quechuas cerraron los accesos a sus territorios. El alcalde del distrito de Pacucha, en Andahuaylas, Hainor Navarro, le dijo a OjoPúblico que los pobladores controlaban la entrada de vehículos de transporte, identificando su procedencia y lo reportaban al centro de salud correspondiente. Pobladores de las comunidades campesinas de Cotahuacho, Argama, Tocctopata, Huancabamba, Mulacancha y Barrio Lliupapuquio, en Andahuaylas, así como Haquira, San Juan de Llahua y Tambulla en Cotabambas, región Apurímac, bloquearon sus principales accesos por temor a que la infección del coronavirus llegue a sus hogares.


Los habitantes, dedicados a la actividad agrícola, adoptaron esta medida debido a la ausencia del Estado y carencia de estrategias de prevención. Ellos colocaron tranqueras para cerrar las entradas como medio de defensa, restringiendo el ingreso y salida de personas y vehículos por sus territorios comunales.

3. Echando mano a soluciones ancestrales

Ante la amenaza de exterminio, los individuos, especialmente los vinculados de manera más inmediata a sociedades tradicionales, tendemos a recordar la sabiduría de nuestros mayores. La sabiduría milenaria en los Andes salvó muchísimas vidas en el genocidio colonial. 

Los cultivos andinos son una base sólida, hoy mismo, para la seguridad alimentaria de la gran mayoría nacional. Sin embargo, cada vez más ostensiblemente productos como el pollo industrial desplazan los hábitos alimentarios tradicionales. Milcíades Ruiz, quizá algunos de ustedes lo conozcan, un acucioso en esta materia, nos recuerda que la coca, por ejemplo, tiene doble virtud: es un gran alimento y una gran medicina. Viene para este caso señalar que la coca es un cardiotónico que regula la carencia de oxígeno, mejorando la circulación sanguínea (Se usa en el tratamiento del mal de altura), también contiene alcaloides que, en estado natural, son benéficos como estimulantes vitales. Hoy que el estrés y la depresión nos abruma, no hay nada mejor que un mate de coca. Criar animales menores y de corral aporta nutrimentos de alto valor. La comida de descarte también es reciclable. Todas las municipalidades poseen terrenos, instalaciones y personal de parques y jardines que bien podrían dedicarse a la producción de hortalizas para la gente necesitada, como alivio a la crisis.

Los pueblos amazónicos están desarrollando estrategias de contención a través de su medicina tradicional. Diversas plantas tienen virtudes preventivas que refuerzan el sistema inmunológico, y tienen repercusión directa en el aparato respiratorio. Esto no es inaudito, es lo que ha hecho la comunidad china de Nueva York, la MTC, empleando remedios naturales y aplicando prácticas no convencionales para aliviar los dolores asociados a la enfermedad y, de este modo ha proporcionado también una plataforma de apoyo psicológico a los afectados. Entonces, es absolutamente viable definir con los sabios y ancianos de nuestras comunidades andinas y amazónicas los productos locales disponibles que podrían usarse, por ejemplo, para hacer jabón artesanal o desinfectantes a base de plantas. Por encima de todo está la necesidad de actualizar nuestra tradición comunitaria.

Acogiéndonos a interpretaciones que permiten abrigar expectativas sobre el surgimiento de reacciones positivas, en orden a catalizar voluntades, esfuerzos y cooperación que permitan convertir esta pandemia del siglo XXI en un nuevo propulsor de cambio científico, económico y social, vemos que se cuenta con una experiencia bastante grande a ser considerada en nuestra propia realidad. El asunto es probar si somos capaces de asimilarla y proyectarla con creatividad. Es una posibilidad que no debiera ser desaprovechada. Nuestro deber es pensar en ello y actuar.

* Notas de información sistematizada por el autor, que fueron compartidas en ponencia sustentada ante miembros de la "Asociación Capulí, Vallejo y su Tierra", el sábado 6 de junio 2020 vía Zoom.





viernes, 8 de noviembre de 2019

Entre lo terrestre y lo celeste: La noción de muerte en la Comunidad Campesina de Chacamachay

Miguel Ángel Castro Álvarez

1. La muerte vista desde el punto de vista tradicional 

Según explica Guenon en su obra antropológica titulada “Hombre y su devenir según el vedanta” (1925), la muerte en las sociedades tradicionales viene a concebirse como sinónima de cambio de estado, tratándose de un estadio de reabsorción o repliegue de las facultades individuales en un principio esencial. Entiéndase por estas facultades para el caso del hombre al intelecto, la mente, así como las facultades de sensación y de acción. 

La muerte viene a concebirse como un proceso de retorno al origen, como una liberación, como un retorno al estado no manifiesto propio del orden informal y como una transformación a un estado supraindividual que rebasa el propio condicionamiento de entidad particular. 

Esta misma noción de la muerte como identidad original, plenitud liberadora y trasformación sublime permite entender también los fenómenos de desvanecimiento extático que experimentan los chamanes cuando inducen la cesación completa de toda manifestación exterior de la consciencia en lo que se denomina la muerte al mundo. Así la muerte virtual o no, es vista como la culminación de un ciclo y como signo de lo perfecto. Aunque la muerte pueda parecer desde el punto de vista de la manifestación como una «destrucción», desde la realidad absoluta, es al contrario considerado como una dilatación más allá de todo límite, puesto que la entidad ha realizado efectivamente la plenitud de sus posibilidades. 

Según explica el autor, para el mundo tradicional el proceso de reabsorción en entendido como ocurriendo por etapas, donde la muerte corporal precede a la muerte anímica. Con la muerte corporal la entidad particular manifiesta una suerte de consciencia orgánica; y el alma es concebida como trasladada a una forma sutil a manera de un prolongamiento, e incluso un prolongamiento indefinido de la individualidad humana, que se remite forzosamente a las modalidades sutiles, es decir, extracorporales de esta individualidad; pero este prolongamiento ya no es del todo la misma cosa que el estado sutil tal como existía durante la vida terrestre. 


Esta consciencia orgánica una vez que pierde su fuerza vital puede presentar una apariencia de conciencia individual, entrando en lo que los psicólogos llaman la «subconsciencia». La fuerza vital a su vez se traslada al centro de la individualidad humana, donde se gobierna el conjunto de las facultades individuales, este centro es concebido en múltiples sociedades tradicionales como una esencia individual luminosa que sustenta la vida. 

Desde la tanatología tradicional, menciona Guenon, que una vez reabsorbida el alma mayor en su centro vital comienzan a desarrollarse dos vías. El camino de la inmortalidad celestial para los sabios y el camino de la mortalidad del alma o la prolongación indefinida de la vida en «longevidad» para los no sabios. Estas dos condiciones transpuestas son categorías generales para muchos pueblos tradicionales como en el caso de la tradición extremo oriental, la tradición cristiana y la tradición de los pueblos andinos. 

2. La muerte en el mundo andino 

Churata en su elocuente obra “el pez de oro” ensaya las posibilidades de una tanatología tradicional andina desde los postulados propios de una filosofía descolonizante. Churata parte de la posibilidad de una concepción ultraorbicista en el pensamiento andino, donde la existencia no sería vista como una expansión indefinida de las condiciones vitales, sino más bien como una constante irrupción de muerte en la continuidad de la vida, donde la existencia no tiene realidad indefinida, sino más bien finita. Por lo que la vida requiere de una constante renovación desde la nulidad que expresa la muerte. Asi vida y muerte no son realidades paralelas, sino mas bien jerarquizadas bajo una relación de continencia, es decir la muerte contiene a la vida, tratándose a esta ultima como una particularización de la primera en términos espaciales. La muerte desde estos preceptos sería concebida bajo una primacía principal, en su condición esencial por subsistir en el campo neutro de la no existencia, la no manifestación y el no ser. Así la muerte es vista por el mundo andino como incondicional e infinita, que contiene toda posibilidad de manifestación y por tanto es un estado de germinación y fecundidad, por ser la causa y efecto, sin ser uno ni el otro. 

“La muerte por tanto es la negación de la vida, y la vida es naturaleza. La muerte es necesariamente no naturaleza. De acá deduce el autor que sólo tiene naturaleza lo que no es naturaleza. Y la muerte, que comporta esa rara entidad, sería lo único real, preexistente y subsistente. Asi los individuos tanto como el cosmos son una irrealidad animada en la irrealidad de la muerte. No ser es la única manera de ser” (Churata, 2012). 

3. La comunidad campesina de Chacamachay [1]

Se encuentra ubicada en la Región Apurímac, Provincia de Cotabambas, Distrito de Mara. Actualmente integra el conjunto de asentamientos rurales con influencia de actividad minera; se encuentra a 23 km de la zona de operaciones de Las Bambas y dos horas del Corredor Vial Apurimac- Cusco- Arequipa. 

Geográficamente se encuentra en zona de Qheswa alta entre 3700 – 4200 m.s.n.m., tratándose de un espacio intermedio entre las regiones Puna (Challwawacho) y Qheswa (quebrada de Qhapaq’asa) es caracterizada por un relieve de pendiente suave con algunas zonas inclinadas. El clima es frígido- húmedo y sus temperaturas varían entre 14°C a -6 °C. La vegetación natural se encuentra vigente para la alimentación de vacunos y ovinos principalmente; predominantemente compuesto por el ichu y en menor cantidad por yerbas medicinales como yawar ch’onqa, salvia, maranch’onqa, kayra muña, qheswa muña, pampa muña, eucalipto, ajenjo, markhu, papelinas, husca, raki raki, karka, q’eto q’eto, puki, q’ello t’ika, entre otros. 

Límites y anexos.- Por el norte limita la C.C. Yuricancha. Por el oeste limita con la C.C. Sacsahuaylla y C.C. Minaskucho. Por el este limita la C.C. Qhapaqasa. Por el suroeste limita con el distrito de Haquira. Accesibilidad.- Chacamachay cuenta con una única ruta de acceso, la misma que integra los distritos de Mara y Haquira, se trata de una via afirmada de aproximadamente 40 km, que fue aperturada por los mismos comuneros a mediados de la década de 1960, hoy en día es empleada para el transporte de vehículos motorizados privados. Los pobladores se ven obligados a recorrer a pie un camino aproximado de dos horas hasta alcanzar el corredor vial Challwawacho-Mara donde acceden al servicio de transporte público.


4. Noción del destino póstumo del alma en Chacamachay 

“Mi papa me decía que los muertos vienen del Corpuna, allí están las almas, de allí están regresando. Dice el que tiene buena suerte al Corpuna entra rápido, el que tiene suerte puede regresar. el que tiene mas pecado va al nevado Ausangate, allí están sufriendo las almitas, empujando el nevado. Dice que lo forman como pelota, entonces dice que eso lo empujan al cerro para que se voltee al otro lado, entonces el que tiene bastante pecado dice no puede subir, y no puede voltear al otro lado. Lo arrastra y luego regresa otra vez hasta que terminan su pecado. Cuando terminan su pecado ya se vienen por acá, para regresar a Corpuna”. (DRF, 54 años, M) 

“Adentro de Corpuna hay una pampa y está dando vuelta como laderitas, como un corral, pampa como un estadio, y tiene una sola puerta, eso dice que es Corpuna, es una pampa, pero allí están piedritas ordenaditas y tiene su pasadizo como avenida, a eso se llama ciudad Corpuna allí viven las almitas” (GQH, 65 años, F). 

5. Prácticas fúnebres en Chacamachay 

“El lugar donde nosotros enterramos a los muertitos se llama tuiruta y nosotros para ir al lugar en día de los muertos cantamos "Corpuna acaso yo te debía para que te lleves a mi mama, para que te lleves a mi papa, ahora yo estoy sola" Así cantamos.

Para despedir al alma se hace su almataqe, eso lo hace el yerno, quien carga de alimento a la llamita es la yerna, con toda clase de lo que han cultivado, lo que han cultivado lo hacen tostar, lo hacen su lawita y los familiares también ponen su friahambre, puede ser papawayco, chuñowayco con su cancacho de cuy. Entonces la llamita lo hacen con cuero de llama, su pie o su quijada de la llama, de eso forman su llamita y para eso hacen su costal para cargar la llama, tiene su soga en pequeñito, se hace la soga trenzando a la izquierda. Entonces cuando se ha preparado la llamita se hace un juego la yerna presenta al dueño de la llama, el cantor también ya está preparado para eso, él es quien hace el responso. Primero presentan a la llama, luego el que ha preparado la comida también presenta lo que ha traído en un costalito pequeñito. El costal pequeñito lo empaquetan su carga, también le ponen dinero para su camino, raspando las monedas en el saco. diciendo "allí está tu plata tantos millones de banco" y su coca también le ponen un par de hojitas y dicen " arrobas para todo el año", luego todo el paquetito se mete al costal grande, a la llamita lo cargan y allí termina. Luego los yernos que son comisionados se van a quemar donde se mete el sol, allí se hace el despacho. Casi esa partecita es silencioso allí se quema en todos santos el segundo día por la tarde, también se quema a los quince día de fallecida a la persona. Eso se hace para que el finado se vaya con su carga con toda la comida, para que no exija a quien queda, para eso es” (FHQ, 78 años, M). 

6. El proceso póstumo de reabsorción del alma en Chacamachay 

“El camino que hace el alma esta por un camino de herradura que lleva a Camaná a Majes, dice que por allí hay un rio pequeño que se llama Map’amayu, ese rio dice que para los muertos produce, se hace un rio inmenso, y en esa parte también los que tienen pecado dice sufren, no puede pasar. Entonces por allí dice tienen una ayuda de perrito, un perro blanquito, entonces a ese perrito dice que lo carga en su espalda, por eso no hay que maltratar al perrito mucho, porque cuando vas a morir "allí te va a llevar el río Map’amayu, no vas a poder pasar". 


Después de cruzar el río el finado pasa con su llamita. El primer camino que hace el finado se llama tuiruta, luego descansan en un lugar llamado Escalera, hay otro lugar donde pueden alojar del viaje, que se llama Angostura en ese parte dice tiene hartos perros. Mi papa dice caminaba por allí por camino Angostura, por allí se ve piedras como perros que están echados, otros arrodillados, otros estirándose. Entonces la gente cuando pasa por allí dice acá están el pueblo de los perros. Dice que en Alqollaqta se aloja el alma; cuando el alma tiene pecado los perros no dejan pasar, no dejan alojar hasta que dan hueso o alguna comida de la carga de la llama. recién cuando dan hacen pasar. Alli descansan, ese Alqollaqta está en camino recto al Corpuna. 

Al día siguiente ya llegan al Corpuna. Dice que el que no tiene mucho pecado le abren la puerta, allí hay unos doctores, bien acorbatados le reciben. Otros dicen que hay tres puertas. En la primera puerta dice que no preguntan nada, en la otra dice preguntan: porque has venido, quien te ha mandado y si responden bien pasan, en la tercera puerta dice que no pasan si no son inocentes” (CHQ, 44 años, M). 

7. Viaje al mundo de los muertos

“Mi mama me contó, dice una fecha se había enfermado, entonces se ha desmayado dice, entonces ella no decía nada. Dice como se había desmayado no sabia lo que iba a pasar, dice que solamente cuando despertó estaba la casa llena de gente y estaba llorando y la gente decía "la señora se ha muerto y la han vuelto a mandar". Entonces dice mi mama en sueño ha llegado, dice ha pasado hartos pueblos, cinco pueblos[2] llegaron a un pueblito donde está cuidando un perrito dice y los perros dice no ladraban , solamente le miraban dice, entonces a un pueblo más grande ha llegado, allí dice le preguntaban unos doctores, a que has venido en la primera puerta, entonces así no más, en la segunda puerta más bien dice le han preguntado, quien te ha mandado a que has venido y dice le han dicho regresa y le han hecho regresar, pero mi mama dice en su sueño se ha dado cuenta que a la ciudad que ha llegado, de la primera puerta que le han dejado pasar dice no hay regreso, sale de la primera puerta llega a la segunda y cuando le dijeron eso dice despertó. Entonces dijo mi mamá seguro eso de los que hablan del Corpuna” (DHW, 43 años, F).

[1] La primera experiencia con la comunidad campesina de Chacamachay fue el año 2018 y se dio gracias al apoyo del Grupo Propuesta Ciudadana, al ser integrante del grupo de investigadores dentro del diagnóstico: “cambios y continuidades en comunidades del sur andino”.
[2] Los más pecadores dice llegan al pueblo de Walppallaqta, al pueblo de Michillaqta porque esos pueblos son de los malos espíritus. Mi mamá me decía que cuide siempre a las ollas porque ellas ven todo nuestro comportamiento, decía "estos tomincitos van a hablar" cuando el tiempo te llegue, se va a oscurecer derrepente se va a devolver al abismo de la tiniebla, entonces nadie nos va a proteger nada, solamente lo que nos puede proteger es el batancito donde se muele ají, esito no más. Dice nadie puede reconocerte, el batancito dice te protege porque dice "Cada momento me hacen bailar a mí". 
NOTA.- Este texto es el cuerpo de la ponencia presentada por su autor en el evento organizado por la DDC del Cusco sobre "El significado de la muerte en el mundo andino: mawpa ruwaykunata yuyarispa" (30.10.2019).

BIBLIOGRAFÍA
CHURATA, G.  (2012). El Pez De Oro. Colección: Letras Hispánicas.
GUENON, R (1927). El hombre y su devenir según el vedanta, edición digital https://www.diariomasonico.com

ZEIN ZORRILLA Y LA POLÉMICA DEL INDIGENISMO Y DEL MESTIZAJE

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