domingo, 1 de julio de 2012

Pedro y Pablo apóstoles

Rodolfo Sánchez Garrafa

Es significativo que la memoria de San Pedro y San Pablo sea celebrada el mismo día (29 de junio), atendiendo a un complejo denominador común: su reconocida condición de fundadores de la Iglesia Cristiana en Roma, el respeto que los cristianos sintieron desde los primeros tiempos por estos dos seguidores de la doctrina que predicara Jesús, el martirio que ambos sufrieron en Roma, Pedro el año 64 y Pablo el 67. Sin embargo, más allá de estos hechos exteriores, existen consideraciones de mayor profundidad que debieron haber sido definitorias al momento de erigir a ambos como los símbolos máximos de una iglesia que debía reconocerse como unida en Cristo, en otras palabras, como obra Universal.

Para empezar, hay diferencias ostensibles entre uno y otro de estos fundadores del cristianismo, diferencias de origen, de pensamiento y de acción. Pedro, un pescador judío de Galilea, fue el principal entre los Doce que vivieron con Jesús durante los tres años de su ministerio público, esto quiere decir que conoció personalmente al “Hijo de Dios”. Escogido por Jesús, primero como apóstol y luego como cabeza de la Iglesia, Pedro llegó a ser el primer obispo en Roma y, como tal, considerado Papa, esto es padre y pastor de la grey. En cuanto a Pablo, podemos decir que fue un fabricante de tiendas, fariseo siciliano pero de ciudadanía romana, no llegó a conocer personalmente a Jesús, y más bien en años posteriores a su muerte se dedicó a perseguir a los seguidores del Nazareno, llegando a experimentar de manera súbita la revelación y convertirse a la nueva fe, que ayudó a extender más allá del pueblo judío, entre los gentiles, viajando como predicador por Grecia, Asia Menor, Siria y Palestina, por lo que es considerado el “Apóstol de los Gentiles”.

De aquí se desprende que Pedro llevó las buenas nuevas entre los hijos de Israel y Pablo lo hizo principalmente entre los extranjeros. Uno se enfocó hacia adentro del pueblo “escogido” y otro se empeñó en llevar el evangelio de la salvación a los pueblos hasta entonces excluidos. Hay aquí una relación de oposición complementaria, entre un centro de poder cuya energía traducida en luz pugna por expandirse a una periferia cada vez más amplia. Pedro y Pablo son, entonces, instrumentos de un designio superior, articulado en misiones diversas. El arquitecto pone cada cosa en su lugar y en su oportunidad, así el tiempo y el espacio convergen en la construcción de una estructura arquetípica. Pedro es la piedra de los sólidos fundamentos, cuasi inconmovibles, mientras que el empeño de Pablo equivale por su parte a erigir las columnas, paredes y cúpula de la Iglesia. Lo humano, sin embargo, requiere el balance exacto, supremo, que proviene de la divinidad misma y, en ese sentido, Cristo es la piedra angular de esta Iglesia modelo. 

Las llaves del cielo
Pedro es el punto de apoyo situado en el eje de la tierra y, como tal, recibe las llaves del cielo, lo cual le hace portero, esto es punku o “pongo”. Funcionalmente, la tarea de franquear el paso de una dimensión terrenal a otra celestial es única e insustituible en lo que le compete. El propio Pablo está obligado a justificar sus hechos y obtener el pasaporte doctrinario, que llega eso sí a hacerse irresistible desde que lo refrenda la revelación o iluminación proveniente del propio Ser Supremo.  En el sistema, Pablo realiza la labor de mantenimiento homeostático que se necesita para dar respuesta a nuevos requerimientos en contextos diversos, su lenguaje llega a todos los gentiles, a todos quienes no son israelitas, Pablo se hace guía y sacerdote, los incluye en la comunidad cristiana, los busca como el viajero incansable que es. Pablo sale de la oscuridad para conducir a los pueblos hacia las montañas más elevadas, brindándoles la oportunidad de escuchar un mensaje de seguridad por la conversión, es decir, por la experiencia de vivir una transición. El don de la palabra es la espada de Pablo.

No debió ser sencilla la relación entre Pedro y Pablo, los encuentros tienen que haber sufrido la carga de una fuerte tensión que finalmente se resolvería venciendo toda suerte de sectarismos. El evangelio inculturado parece ser, en este sentido, una inspiración netamente pauliana. En los Andes, la idea de conversión serviría para distinguir eras, la del pasado o de los “antiguos” (los gentiles) y la del presente o evangelizados (los cristianos).


Tu est petrus et super hanc petram aedificabo ecclesiam meam, son en latín las palabras de Cristo designando a Pedro como su vicario. Surge, et ingredere civitatem, et ibi dicetur tibi quid te oporteat facere, es el mandato que Pablo recibe en el momento de su gloriosa visión. A Pedro, un hombre simple, le estuvo reservado el privilegio de hacerse el primero entre los seguidores de Cristo. A  Pablo, un hombre ilustrado, le correspondería pasar de ser perseguidor a ser un fervoroso converso.

El filo de la palabra
Del contraste entre dos personalidades disímiles y de una fe común adquirida por caminos opuestos, advendría el carácter universal de una de las mayores iglesias proféticas que hayamos podido conocer.

Frente al drama que sufre hoy la Iglesia Católica en el mundo, podríamos decir que requiere volver los ojos hacia sus príncipes Pedro y Pablo, urgida como está de emprender una nueva evangelización de sus propias almas y quizá de sus propios pastores. 


domingo, 3 de junio de 2012

Cita con un Angel Negro

Rodolfo Sánchez Garrafa


Era aún muy niño cuando mi padre me relató la sorprendente historia de un sastrecillo, fracasado en su trabajo, cargado de deudas y entregado al consumo de alcohol. Una noche en que el personaje se retiraba a su casa, profirió impulsivamente las palabras: -"Que me cargue el diablo". Unos minutos después se le apareció un hombre bien parecido, ofreciéndose a ayudarlo a cambio de su alma. El extraño le dio una moneda al sastrecillo, la cual tenía la propiedad de volver al bolsillo de quien fuese su amo, así que hubiese sido dejada en una tienda; también le entregó unos naipes, con los que no debía perder jamás. El sastre de marras se hizo rico; pero un día la moneda no volvió a su bolsillo, pues había sido dada como limosna a un pobre. Es más, casi en seguida, el sastre perdió una partida de naipes jugando con el propio Jesús.

Abundan leyendas y cuentos que describen, de diversas maneras, encuentros de la gente con el diablo. También existen pinturas que representan a Lucifer; sin embargo, parecer ser cierto que nadie ha visto el rostro del diablo, como ocurre con el propio Dios a quien nadie ha podido mirar jamás.

Quien haya asistido a las "sesiones negras" dirigidas por verdaderos magos o sacerdotes de la Iglesia de Satán, habrá visto la imagen espiritual de Lucifer, que -según dicen- es en realidad sobrecogedora para un principiante o para el que concurre por simple curiosidad. 

Guardando las distancias, son pocos los magos negros, que en los Andes se atreven a convocar al Señor de las Sombras a una "mesa". Los entendidos invocan a los espíritus de los antepasados, a los que habitan en las montañas más importantes, empero son pocos los que llaman a los "ángeles negros", porque para hacerlo tienen que haber alcanzado previamente la condición de servidores de la noche eterna y los hay muy pocos de éstos. Por lo general los "magos negros" de los Andes trabajan a través de operaciones que tienen la finalidad de causar "daño" a alguien, en favor de un solicitante, pero son rarísimos los casos en los que se invoca la presencia del verdadero Señor o Kamaq del Mundo de Adentro.

Tengo conocimiento de un caso ocurrido entre practicantes mestizos del Cuzco. Los hechos me fueron confiados por alguien a quien, por razones obvias, sólo citaré bajo el pseudónimo de "Atocongo" (que puedo suponer deriva de atoq unku o "manto del zorro" o de atoq onqoy "enfermedad del zorro") término que debe aludir a su condición de viajero del cosmos.

He aquí las palabras de Atocongo, que me esfuerzo por reproducir de la manera más fidedigna posible:

"Era un viernes de la última semana de 1982. Tenía que asistir a un bautizo negro en la localidad de San Sebastián, a unos cinco kilómetros de la ciudad del Cuzco. Apresuré mi salida del centro en el que trabajo, con la finalidad de vestir mi traje negro, camisa blanca y corbata mariposa también de color negro. Habían aceptado que yo participara en una ceremonia negra a la que tenía que llegar marcando las 07:00 pm.
En la Plaza de San Sebastián me esperaba una persona que inmediatamente me condujo a una casa solariega cercana. Una vez dentro, pude advertir que la habitación destinada había sido arreglada convenientemente para la ceremonia. Al centro destacaba una mesa redonda con tapete negro, sobre la misma se veía unos buenos puñados de hojas de coca pisada, una caja de cigarrillos y otra de fósforos. Unas sillas, un espejo de forma redonda que colgaba en la pared, completaban el escenario. Era, sin duda alguna, el dormitorio de la dama que iba a ser bautizada.
Iris de Estrella (nombre supuesto, como es comprensible), no mal parecida, joven aún, soltera, vestía una blusa blanca bien confeccionada, un pantalón negro ajustado y unas zapatillas de cuero negro. Ella, alguien que siempre destacó por su carácter alegre y comunicativo, era la aspirante.
Me comisionaron para comprar una botella de pisco y unas gaseosas, compra que hice con diligencia en una tienda cercana. De regreso a la casa-habitación, hice voluntariosamente el descorchado de la botella de pisco y luego procedí a servir -consultando preferencias sobre la cantidad deseada por cada uno de los presentes- una copa a Iris de Estrella y otra al que iba a fungir de sacerdote. Yo -que experimentaba entonces una nerviosa ansiedad- me serví un tercio de vaso, con una porción de pisco y otra de Coca Cola.
Antes que la ceremonia empezara, me puse una hojas de coca en la boca, las mastiqué suavemente y ausculté su sabor. Yo no estaba borracho ciertamente, cuando el sacerdote dijo que íbamos a comenzar el trabajo, así en forma totalmente privada.
Iris de Estrella fue vendada con una cinta negra por el sacerdote, quien le hizo varias corridas o vueltas hasta que ella dijo que no veía nada. Luego se le hizo dar muchas vueltas sobre sí misma hasta que, al preguntársele hacia dónde quedaba la puerta principal de la habitación, señaló una dirección distinta.
Nos sentamos la mesa. El sacerdote, vestido de blanco, con túnica y gorro o caperuza, comensó a leer un párrafo del libro Pactum que dice: <En esta hora solemne quiero invocaros con toda mi voluntad y buen deseo a vosotros, espíritus excelsos, que me acompañáis en mis trabajos. Astroschic, Asath, Bedrinubal, Felut, Anabotos, Serrabilem, Sergem, Gemen, Domos y Arbatel, para que me seáis propicios y me ilumineis en aquellas cosas que mi inteligencia humana no pueda comprender con verdadera claridad, supliendo en aquellos defectos que en mis trabajos haya, en atención a mi buen deseo y voluntad. Así sea. Amén>. Seguidamente leyó las páginas de un libro, seguramente de carácter mágico, pues, se hacía mención -hasta donde recuerdo- a una especie de filosofía secreta sobre la vida, la existencia de hechos inimaginables que sin embargo tienen una explicación, la existencia de leyes físicas aún no descubiertas por el hombre que rigen su desarrollo y relaciones...
Habrían transcurrido apenas unos diez minutos cuando Iris (para simplificar) pareció desvanecerse en un vahido sobre su asiento. El sacerdote se le acercó para reanimarla, al tiempo que le preguntaba sobre lo que veía entonces. Ella contestó: -Una luz... una luz. Se le indicó que se calmara, y ella en respuesta empezó a hablar en un lenguaje que me resultó totalmente desconocido. Me acerqué a reanimarla, pero el miedo hizo presa de mí cuando ella intentó abalanzárseme, emitiendo maullidos estremecedores como un gato, crispando las manos y levantándolas como si realmente fuesen garras de felino. Volvió a sentarse Iris e inclinándose hacia delante comenzó a vomitar un líquido de color verde... No sé si perdí el conocimiento o el contacto con la realidad, pues no tengo conciencia de lo que sucedió después.
Cuando desperté me encontraba recostado en una tarima de madera, sin almohada ni colchón, tampoco frazadas. Extrañado, pensé en la forma poco cortés en que que había sido tratado por la dueña de casa. Empecé a hilvanar ideas, haciendo un recuento de los hechos, tratando de recordar lo sucedido. Me levanté de la tarima y, como la habitación estaba oscura, traté de buscar la puerta. Fue entonces que me dí cuenta de estar en una habitación tubular. Sentí al tacto que las paredes eran de ladrillo y al mirar hacia arriba percibí una tenue luz roja en el techo. Me asusté. Pensé en mi familia, en mis hijos, en mi reputación. Por un momento creí que mi situación era fatal, pues el lugar donde me hallaba era por lo visto un pozo profundo en el que podía quedar atrapado por tiempo indefinido o quizá hasta hallar la muerte. Reconocí que esta situación era una especie de castigo para mí, por haberme entrometido en una actividad en la que no me correspondía participar.
Desesperado, seguí palpando la pared circular en torno a mi catre, cuando de repente se encendió la luz al tocar yo el interruptor por pura casualidad. Me hallaba solo en la misma habitación en que se trató de realizar la ceremonia. Recién me dí cuenta que me había acostado encima de la cama bien arreglada. Indudablemente alguien me acostó. Eran las dos de la mañana.
Salí hacia el patio por una puerta lateral. Llamé repetidas veces esperando que alguien acudiese. Apareció una señora. Era la madre de Iris de Estrella. Me increpó diciendo que su hija se hallaba muy mal debido a las drogas que habíamos consumido, que hacia media noche nos había encontrado bailando en la habitación, que los participantes íbamos a ser responsables por lo que pudiera ocurrir con la salud de su hija. Me despedí de algún modo de la señora y me encaminé muy maltrecho y cansado hacia la carretera principal. Tomé un taxi que me dejó en mi casa.
Ya en mi habitación, al mirarme en el espejo noté que tenía seca la cabellera y los pelos enhiestos. Mis ojos algo desorbitados y mi cara mostraban una profunda fatiga, fruto de una jornada peligrosa y nada habitual para mí.
Cuando amaneció, vi que mi saco mostraba en una de las mangas una mancha verdosa que parecía aceite. Evidentemente me había revolcado en los vómitos de Iris. Mis pantalones estaban curiosamente arrugados en finos, cortos y horizontales pliegues, a la manera del fuelle de un acordeón a medio estirar. La ropa interior de color blanco que me había puesto la víspera del día anterior -para nueva sorpresa mía- tenía un color cenizo, tirando a negro y parecía una tintura con olor a tierra mojada pero, paradójicamente esparcida. Al lavarme la cabeza pude comprobar una inexplicable cantidad de tierra.
Hasta aquí la calma parecía volver a mi atribulado y avergonzado espíritu. Sentí eso sí cierta desazón pensando que pese a todo lo sucedido no se había cumplido con el bautizo, que todo el esfuerzo había sido vano, tal vez por la debilidad y falta de espíritu de Iris.
Regresé de la lavandería donde había dejado mi terno-acordeón. Alrededor de las 11:00 am., me acosté para recuperarme, como acostumbro hacerlo cuando paso una mala noche. Desperté a eso de las 2 de la tarde. Quise levantarme de la cama pero, para desesperación mía, no pude hacerlo. No sentía ningún dolor en el cuerpo, pero tuve conciencia que las fuerzas me habían abandonado. Apenas pude dejar la cama. Al tratar de ponerme de pie, apenas pude mantenerme en equilibrio. Me puse los pantalones con gran dificultad. Cuando ya lo había logrado fui incapaz de ajustarme el cinturón de cuero, no tenía fuerzas para enhebillarlo. Noté que mis calzados estaban completamente sucios y pensé en limpiarlos, pero al tratar de coger la escobilla mi mano derecha era incapaz de asirla. Me asaltó una terrible idea: tal vez me quedaría inutilizado de este modo para siempre.
Dije que el viernes en la noche asistí a la referida sesión. Hice todo lo posible para descansar en cama el resto del día sábado y luego el domingo. Durante este largo descanso hice promesa a Dios (al verdadero Dios) de no volver nunca más a participar en tales rituales, ni siquiera en son de investigación. El lunes fui a una reunión oficial, a la que estaba obligado a asistir por razones de función. Mis compañeros me preguntaron si había estado enfermo, porque me encontraban muy demacrado. A Iris de Estrella llegué a verla después de unos días. De entonces a la fecha no hemos vuelto a hablar sobre el asunto. Respecto al sacerdote, debo decir que no deseo saber más de él. No he vuelto a interesarme por tener experiencia similar con el satánico rito del bautizo negro". Hasta aquí la versión proporcionada por Atocongo.

Para un sicoanalista el relato de Atocongo sería materia útil de una explicable sugestión grupal, quizá una especie de histeria o el corolario de un obsesivo deseo de encontrar mecanismos de ingreso a mundos desconocidos y, por supuesto, inexistentes. Para un simple curioso, la actualización de lo sucedido aquella noche será una simple invención o el hilado de una persona mentirosa, en el mejor de los casos de espíritu fantasioso, cuando no el producto de un grupo de personas que se drogaron ingiriendo alcohol, cigarrillos y coca hasta el punto de caer en un estado de trance. Sin embargo, me atrevo a afirmar que Atocongo no me mintió al hacerme partícipe de su experiencia.


Hoy me pongo a pensar que el punto culminante de la ceremonia inconclusa descrita por Atocongo es el que se refiere a la llegada de la "luz" a la persona que iba a bautizarse. En casi todos los libros antiguos sobre historia de las religiones, y en textos considerados sagrados como es la Biblia, se habla de la "luz". El mayor de los "ángeles negros", Luzbel, era también un ser luminiscente. La magia tiene un innegable nexo con la religión. Muchos iniciados ven la "Luz" en el momento de su conversión. Iris de la Estrella vio con los ojos cerrados una luz real. Es posible que el don de lenguas repentinamente adquirido por Iris pueda haber sido resultado de aquella "luz". Es cierto que hay conocimientos y "conocimientos", de modo que en la distinción está el quid del asunto -como diría un amigo mío-.



viernes, 27 de abril de 2012

Otra vez Yarina

Rodolfo Sánchez Garrafa 
YARINA



La lluvia me mira desde lo alto de una capirona
un águila me inspecciona el alma
desde el claro que el viento abre en la enrramada
el calor me hace feliz por un día en la vida. 


          La laguna queda atrás por unas horas
          quisiera hablar el lenguaje de todas las hojas
          quizá juntas me dijeran 
          el camino que debo tomar. 





Sueño con el toé bajo mi almohada
es demasiado para ser un sueño cualquiera 
un águila me inspecciona las vísceras 
parece que voy a vivir. 


                              La lluvia me mira desde lo alto del calor 
                           me llegan las voces de los niños del agua 
                    quizá son todas las hojas con que el viento
                                             acaricia por un día mis temores.






sábado, 21 de abril de 2012

La gran fiesta de la Candelaria

Escrito por María Luz Crevoisier*


Son las 3.00 de la madrugada en Puno, ciudad milenaria y cuna de una de las más grandes festividades del territorio peruano. A esa hora, mientras duerme el Altiplano, revientan las bombardas para despertar al pueblo porque ya es 1° de febrero, y empiezan las vísperas de la fiesta de la Mamacha Candelaria, precediendo a los carnavales.

En realidad, la novena empieza el 24 de enero y la fiesta concluye el 18 de febrero.

El alferado sube a la cima del cerro Azoguini acompañado de algunos músicos para ofrecer oraciones y bebidas en un rito denominado albazo, el cual sincretiza la fe católica con las creencias prehispánicas.

Después bajará para dirigirse con la pandilla hasta la iglesia San Juan Bautista (llamada iglesia de indios en la Colonia), donde se encuentra el santuario de la milagrosa imagen y patrona de Puno, para escuchar misa.

Por la tarde, los alferados salen de su casa y van al citado templo para escuchar la primera misa, llevando al Niño Jesús y velas de estearina bellamente adornadas.

Los siguientes días son una sucesión de misas y desfiles de comparsas, compuestas cada una hasta de trescientas personas entre danzantes y músicos.

Se degusta platos regionales, como la trucha frita, el thimpo de cordero, sopa de chairo o caldo de carachi y ponches de guinda, almendra, ayrampo.


¿Por qué se realiza esta celebración antes de los carnavales? El antropólogo cusqueño Rodolfo Sánchez Garrafa explica: "Para comprender las fiestas andinas, es necesario vincularlas con los grandes acontecimientos del calendario festivo prehispánico y considerar sus implicancias astronómicas. En este sentido, la fiesta de la Virgen de la Candelaria llena un tiempo que va desde el Qhapaq Raymi (solsticio de diciembre) hasta los carnavales, acontecimiento ocurrido en la mitad caliente del año o ruphay mita, tiempo en que predomina el mundo de adentro o ukhupacha".

"Hay una efectiva y real superposición de la Virgen María y la deidad Pachamama o Madre Tierra, cuyo culto pervive igual que el de los apus o espíritus de las montañas. Los registros iconográficos de la Candelaria nos la muestran ante una constelación de estrellas, teniendo como fondo el sol radiante, un coro celestial coronándola y a sus pies la luna que significa la llegada próxima del otoño."


La mamita Candi está relacionada con la minería, ella es la Virgen de los socavones, pues esta actividad fue importante para los andinos, no en el sentido de acumulación de riqueza sino en el de su aplicación simbólica y ofrenda para sus divinidades.

"En realidad, prosigue Rodolfo Sánchez, no existe conflicto del minero con las fuerzas del mundo de adentro o del socavón, consideradas demoníacas para los occidentales, sino que se trata de la gran confraternidad el tinku o unión del mundo solar (hanan pacha) y el de adentro (ukhu pacha)".

El citado estudioso concluye que una interpretación occidental nos muestra el triunfo del bien sobre el mal en la danza de la diablada, pero en el mundo andino es el desfile de los saqras haciendo derroche de habilidades, poder y colorido.

* María Luz Crevoisier, periodista, artículo publicado en “El Peruano” de 21.04.2012.

sábado, 14 de abril de 2012

“Persona a Persona” con Raúl Béjar Tapia cumple 37 años

Escribe Santiago Ortega Peña*

Este escrito me proporcionó una gran alegría. Doy gracias a Santiago Ortega por hacerme saber de mi inolvidable amigo Raúl Béjar. He leido con fruición las líneas que siguen y, si bien no me ha sido posible estar presente en el gran homenaje a RBT en Córdoba, esta publicación es parte de mi eterno aprecio, con mis sinceros deseos de felicidad. Un lindo cumpleaños, como te lo mereces amigo (N. de RSG).

Dr. Rodolfo Sánchez Garrafa: En mi calidad de consultor y consejero de nuestro compatriota y amigo RAÚL BÉJAR TAPIA, ruego a usted sepa aceptar las disculpas de ambos. El caso es sencillo. Tal cual usted abordó la búsqueda de nuestro compatriota. En esa misma situación me encontraba, intentando acopiar estelas de sus pasos plenos de historias. Las mismas que de sopetón se desploman en mis manos, de imaginarse mi contento inexplicable, sorpresivo encuentro, resaltando usted con un “magnánimo relato”.

Aquí presente junto a mí se encuentra Raúl, quien no puede contener su entremezcla de alegría, contento, y mil recuerdos. Al instante se apagó su voz.


¡Jamás lo vi sin palabras! Tampoco con gotas de agua pura que brotan de su alma y empapan sus mejillas. Su respuesta fue contundente: ¡Por favor Santiago!..., contéstale inmediatamente, e invítalo al “SHOW GIGANTE” en reconocimiento a los 37 años ininterrumpidos que tengo conduciendo mi programa: de “Persona a Persona”. El próximo sábado 14 de Abril “Día de las Américas”, y de mi cumpleaños, en “El Club Social de La Calera” sito en Vélez Sarsfield Nº 452. ¡Ubícalo en La mesa de Honor! con las autoridades diplomáticas de los Gobiernos del Brasil, Chile, Paraguay, Perú, y Uruguay. ¡Ubícalo, junto al Embajador del Perú!

La singularidad de este personaje salta a la vista en cualquier etapa de su vida, como comunicador de radio, conductor, animador de TV, narrador, y periodista. Asimismo, con otras actividades más difíciles elegidas al azar, en sus romanzas poéticas frente al micrófono y, no en menor medida, con su voz grave, permeable y seductora, especialmente para las oyentes de la noche. En muchas fotos ha inmortalizado la existencia de su vida.

¿Quién es en realidad este hombre que no se parece a nadie? Taciturno a veces, tímido, valiente otras, polémico, con aspecto de locutor jubilado, autor de hermosos poemas, solitario, enamorado, o exhibiéndose “tete a tete” en alguna foto junto a un Ministro, Gobernador, Intendente, o abrazado con algún Presidente de una República latinoamericana. Es indudable que yo no le podría  brindar respuestas doctor, sino más bien, decirle cómo llegar a él para tratar de encontrar su fecunda pluralidad, la esencia misma del intelecto frente al acercamiento con cada uno de sus oyentes, y televidentes, que son personas de carne y hueso, igual que usted y yo. Situaciones en las que se puede enredar lo que en realidad se entiende, o explicar lo que a veces muchos no entienden, con eso que llamamos seguridad, o con la incertidumbre de las dudas de esa indomable y orgullosa certeza. “No  es más sabio el que más habla, sino quien más entiende cuando le hablan”.  Raúl navegó siempre por aguas borrascosas en un río muy largo, y con muchas curvas, con un sinfín de preguntas, las mismas también sin respuestas. Cuestiones todas que hoy son base fundamental, y un referente de su obra como hombre de la difusión de la lengua castellana bien hablada, con énfasis, respetando las pausas, puntos y comas. Tal vez, nos mostró la castellanización del lenguaje, la pronunciación de las eses, de la ye, elle, y hasta las zetas. Raúl se ha diferenciado de los demás, de los grandes que podríamos llamar monolíticos, que construyen su obra en una sola dirección lingüística sin diferenciar ciertas palabras de lo habitual, y esto lo entendemos porque vivimos y convivimos con una exquisita tonada cordobesa, la que nos identifica, y con mucho orgullo, en cualquier parte del planeta.

Béjar Tapia, como ningún otro locutor contemporáneo hizo de nuestra lengua un vínculo de transporte, una moto de 1500 cm3 de cilindrada, para explorar el pensamiento sin contaminar el collage del paisaje multicolor, un vehículo libre y voluminoso que puede llegar a cualquier parte incluido al aturdimiento, si su conductor entiende que la única regla de juego, es que no hay regla para que pueda seguir habiendo juego, que está prohibido prohibir, que la enemiga insistente de la palabra y de la vida es la solemnidad. Quien se pone a pensar, no hace mal, más hace bien, pues tan solo su saber intenta aumentar. Es indudable, él tiene sus visibles derrapes en el camino, pero analizando bien, son escapes lúcidos para conformar la verdadera expresión del diseño lingüístico, percibiendo esa gran diferencia de los más esplendidos señaladores del buen hablar. Hay quienes eligen la locución publicitaria, hombres extraordinarios, reporteros, de noticias. En cambio, él sigue su camino, pasito a pasito, pero no se sale de su senda, ni mucho menos abandona su acento de origen ancestral, de los primigenios hombres de la puna, donde el mismo frío suaviza las palabras enterneciéndolas con mucho amor. Es entonces cuando nos damos cuenta del por qué de su pronunciación, lisa y llanamente castiza.

Raúl Béjar vivió como habló, y habla como asombrado. Sin proponérselo nos hizo desconfiar de sus definiciones, y de sus interjecciones. Nos enseñó que la realidad es una trama múltiple, fascinante, entrañable por su intimidad remota, acunada en su “Nuñoa”. Mientras su intuición no revela un paisaje de evidencias, prefiere ser antojadizo, caprichoso por todos lados, especialmente con el género femenino, no llega nunca a preguntas sin respuestas, porque las desconoce. Piensa que es mejor vivir en silencio, porque le ha dado un gran valor al «silencio musical de sus palabras». Prefiere convivir en el anonimato, con apariciones esporádicas; pero su genio acometedor no le permite estar ausente. Va y viene buscando, organizando eventos musicales, televisivos, creando, difundiendo el arte de la comunicación. No se detiene, produce, y publica desde el instante en que él comprende que las circunstancias y el momento lo merecen, hoy está en Córdoba, mañana en Villa María, Río Segundo, Oncativo, La Calera, Catamarca, Tucumán, Buenos Aires. Va y viene a Uruguay, Punta del Este, Chile, Brasil, Colombia, Venezuela porque para él, lo más mínimo es muy importante, y tal vez a eso le otorga más importancia de lo que realmente tiene.

La distancia de su “Nuñoa” en Puno, ese hermoso pueblito donde nació un 14 de Abril del año 1945, cala su alma, zarandeando sus huesos. Abre los ojos, fija la vista sobre una llanura blanquecina por la nevada, algo amarillenta a causa de la arena, que resplandece durante la noche. En la reverberación del sol, su extensa puna es el altiplano, las márgenes, en particular la bahía de Puno, acogen a un buen número de aves acuáticas, rodeada de fisgonas alpacas y llamas.

Todo pinta un hermoso collage, una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se trasluce un horizonte gris, el Lago Titicaca, situado en el sector centro-occidental de Sudamérica con una altitud muy cerca a los 4,000 msnm, asediado por las altas cumbres de la cordillera Real, y las de la cordillera Occidental peruana, el área lacustre navegable más alta del mundo para barcos de cualquier calado. Y más allá, como quedándose estupefacto, -expresa balbuciente- una línea de montañas entremedio de los “uros” un pueblo de gente que vive en islas flotantes, hechas de paja de totora trenzada. Enfáticamente dice: es la zona del Altiplano en la que se localiza el lago, allí existen restos arqueológicos de la época preincaica, pertenecientes a la cultura Tiawanako. Sonriente, narra la leyenda sobre el origen de los incas que el mítico soberano Manco Cápac I emergió de las profundidades del lago para fundar Cuzco, la capital del Imperio Inca. Y todavía más allá, la más remota lejanía de una puna fría. Y su voz casi secreta, casi apagada se queda consigo mismo.

Refiere que él no proviene de cuna de oro, y así vive más bien con el pensamiento a cuestas de su humilde niñez, de su quimérico altiplano. Con mezcla de realismo e indiferencia, habla de su progenitor esquivo, un tal Manuel Silverio Béjar, descendiente de un vasco que había quedado anclado en la remota provincia de España. De clase rancia y burguesa, con título nobiliario de Duque de la época colonial, y su madre Doña Antonia Tapia una hermosa mujer trabajadora entre retazos de suspiros, arequipeña de pura cepa. Raúl nos relata con la cara cabizbaja, taciturno, sin dejar de tamborilear sobre la mesa, que a la edad de 4 años su padre lo llevaba a pasear a caballo. –Cabalgábamos cuesta abajo –nos dice- escuchando el trote rebotado de las mulas. Mis ojos reventados por el sopor del sueño, a unos pasos el crudo invierno mostrándonos muy ufano, pleno de soberbia la cantidad de tierras que poseía. –¡Mira hacia allá hijo mío! –señalándole con el dedo índice–, ¡Mira hasta dónde alcance tu vista! ¡Todas estas tierras son mías! repitiendo una y otra vez despóticamente. Tierras las que muchas veces las habría disputando en balaceras  con pistola en mano con los bandoleros, de otros bandos ¿Y qué trazas tiene tu padre, si se puede saber? –Sólo sé que se llamaba Manuel Béjar. –¡Ah!, vaya. –Sí, así me dijo mi madre que se llamaba, es como lo describen los lugareños que no por casualidad llevaba el mote de: “Mata gente, sin novedad” porque más de una vez se prendía en duelo con el otro gran poderoso de latifundios, quien decía también ser dueño de todas las tierras, al igual que él, liándose en duelo a los ojos abiertos de todos, en el mismo centro de la plaza principal del pueblo. Mi madre me dijo: –No vayas a pedirle nada, exígele sólo lo nuestro, lo que estuvo obligado a darnos, y nunca nos lo dio. El olvido en que nos tuvo, cóbraselo caro.

–Así lo haré mamá– respondí, pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que de pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelta, y más vueltas a mis ilusiones. Y de esta forma se fue formando un nuevo mundo alrededor de la esperanza, que para mí era ese gran colegio del Cuzco. Por eso fui con mi padre a esa ciudad, donde el aire envenenado te enfría hasta los huesos y quedas aterido, más helado que las rejas de las ventanas de mi abuela.

Se empeña en describir el Cuzco de sus amores. Las calles del Cuzco suben y bajan: suben o bajan, según se va o se viene. Suben para el que va, bajan para el que viene. Es en el Cuzco donde cursa sus estudios primarios y secundarios en el importante "Colegio Nacional de Ciencias y Artes" fundado por el Libertador Simón Bolívar por Decreto de 8 de julio de 1825, sobre la base del antiguo Colegio de San Bernardo erigido para los hijos de los conquistadores, y el Colegio San Francisco de Borja, cuyo objetivo fue enseñar las primeras letras de los hijos de los caciques (kurakas). El Colegio Nacional de Ciencias, al que aún ahora quiere y respeta... Enmudece y después expresa: –Aquí fue donde conocí a mi amigo Rodolfo Sánchez Garrafa. Como deseando verlo, repite pensativo: –¡Ciencias glorioso, por siempre glorioso!

RAÚL BÉJAR TAPIA desea verlo, quiere que usted esté en su “GRAN SHOW GIGANTE Y BAILABLE”. Yo ya realicé lo que él me indicó. Ahora tienen que comunicarse, y decidir con Raúl, el cómo y el cuándo para su recepción.

Ha sido muy agradable conversar, y conocernos, muchas gracias por su atención. Quedo aquí en Córdoba a vuestras gratas ordenes, como un nuevo amigo, y compatriota.

Córdoba, 9 de abril del 2012.


*Santiago Ortega Peña: Nació en Chiclayo-Perú: Egresó del Colegio Militar Leoncio Prado, X Promoción, 1953-1955. Estudió en La Universidad Nacional de Córdoba, egresando como ingeniero mecánico, y en la Universidad Tecnológica “Córdoba hacia el Mundo”. Tiene un post grado de Ingeniero industrial. Magister en ESAN y ESADE en Lima-Perú, Ingeniero de la Administración. Desarrollo su carrera profesional en Argentina, en la Ciudad de Córdoba, cuna de las más importantes industrias de automóviles, centro industrial y de garantía tecnológica para Argentina, Brasil, América Latina y el mundo.

Ha laborado en fábricas multinacionales de primer nivel, logrando familiaridad con sistemas productivos, avances tecnológicos e infraestructura humana. Entre las empresas con las que ha trabajado en altos cargos de Gerencia y Superintendencia, se hallan: Ford Motor Argentina, Ford Motor Company Perú, Fiat Concord Saic, Volvo Del Perú, Renault Internacional, Grupo Covenal–Mariara de Venezuela, Toyota Concesionaria en Argentina, Fábrica Militar de “Aviones Supersónicos”, Opeindustriales Ingenieros Consultores.

sábado, 10 de marzo de 2012

Bálsamos

Luis Negrón Alonso
Sikuta

Dice Lauro Zavala: “La brevedad en la escritura siempre ha ejercido un gran poder de seducción. Entre las formas de escritura radicalmente breves con valor literario podrían mencionarse el haiku, el epigrama y la poesía fractal”. A nosotros nos seduce este relato de Luis Negrón, que podríamos calificar de flash cegador, porque deja una profunda impronta en el espíritu. (N. del E.)

En la esquina bulliciosa de una calle pueblerina, encima de sus manos cruzadas, apoyadas a su vez sobre un pequeño fardo abrigado por un lienzo tejido, multicolor, que posiblemente contenía algunos bocadillos hechos por sus desgastadas y extenuadas extremidades, destinadas para el expendio, dormitaba dulcemente una anciana de faz ajada por el tiempo y cabellos canos, ordenados, que delataban su transcurrida existencia.

A la sazón transitaba muy cerca a ella un visitante, quien risueñamente y con sorna preguntó: ¿Qué vende esa anciana?

Su interlocutor nativo le respondió serenamente: Esa anciana vende sueños y templanza, condimentos básicos para el tránsito del hombre por la vida.

Cuzco, 1° de mayo del 2007.



sábado, 3 de marzo de 2012

Mi aproximación al pensamiento de Francisco de Asís

Rodolfo Sánchez Garrafa
Mis más lejanos recuerdos sobre la orden franciscana se remontan a los años 50. El Cuzco al que abrí los ojos del entendimiento no fue nunca una ciudad que rebozara de curas encumbrados y monjas embutidas en hábitos talares. Con el tiempo tomé conciencia, eso sí, de que esta urbe milenaria exhibía ya por siglos sus ricas y atractivas parroquias de castellanos, criollos e indios y su seminario.
En mis años de niñez, era frecuente que sacerdotes franciscanos, recoletos para ser más exactos, recorriesen la ciudad con sus talegas o canastas, cumpliendo una labor mendicante para recoger las limosnas con qué atender a los pobres que acudían a su convento en busca de alimento. Estos recoletos, según recuerdo, eran hombres verdaderamente píos, cumplían largamente su voto de pobreza; premunidos de sandalias poco faltaba para que caminaran descalzos. Cuando los niños de entonces divisábamos a alguno de ellos, solíamos acercarnos diciendo: –Padrecito, padrecito, una estampita; y recibíamos, en efecto, una imagen santa o una medallita que el curita guardaba en algún lugar de su amplia indumentaria.
Mi familia había dejado el barrio de Wanchaq hacia 1952, a donde volveríamos muchos años después. Nos establecimos entonces en la periferia de la ciudad, en el barrio de Pikchu K’uchu, muy cerca de Arcopata que era el lugar de salida de los vehículos de transporte en la ruta Cuzco-Abancay. Mi madre conducía una pequeña tienda de abarrotes, lo que ahora conocemos como bodegas o bodeguitas de barrio. En la calle Avenida Apurímac 430-436 destacaba el hermoso local de la Fábrica de Chocolates “La Continental” de propiedad de don Daniel Corzo, en cuyo patio frontal enrejado crecían matas de hinojo. La calle polvorienta era humedecida, de cuando en cuando, al paso de un “carro regador”, con el que el Municipio de la ciudad atendía, en algo, la necesidad local de saneamiento ambiental. Los chicos del barrio solíamos correr tras del “carro regador” mojándonos los pies a su paso.
Mi madre fue siempre piadosa, nunca dejaba de alcanzar algunos panes o de dar un óbolo para los más pobres. Después de haber conocido a los recoletos mendicantes, no me fue difícil hacerme una idea de lo que pudo haber sido la vida de Francisco, el fundador de esta orden, el hombre que –según decía mi padre– se había acercado más a la naturaleza del Cristo.
De Francisco de Asís sabemos que vivió en la Italia de los siglos XII y XIII. En aquella época, la Iglesia Católica estaba afectada por vicios de corrupción comunes en los reinos terrenales, por lo que la reacción natural sobrevino, entre otras, desde la vertiente espiritual del catarismo. La doctrina de los cátaros sustentada en el evangelio de San Juan, se mostró renuente a la acumulación del poder, de la riqueza material y cuestionó el culto a las imágenes, en cuanto configuraba una práctica rayana en idolatría. Francisco de Asís, habría bebido en las fuentes de los cátaros o albigenses y de allí devendría su indiferencia ante los placeres mundanos, su vida cuasi ascética y sencilla, su consideración por la mujer en cuanto a sus posibilidades de perfección, y su contemplación fraternal del universo.
En efecto, Francisco llegó a ser conocido por su vida menesterosa, por su declarado amor hacia los seres que constituyen la naturaleza, los pajarillos, los insectos, las plantas y toda entidad de la tierra y los cielos. El Pobre de Asís, que así llamaban a Francisco, consideraba que todos los seres de la creación participamos de un alma indivisa. Su modelo de vida era el de Jesús, tanto que fue capaz de llevar los estigmas propios del Cristo crucificado.


Se dice que Francisco de Asís aprendió a contemplar a los seres vivos y las cosas de una forma ingenua y sencilla. Discrepo de este punto de vista. Considero, por el contrario, que la visión de Francisco era tan amplia y abarcativa que su sentido de fraternidad iba más allá de los límites que los propios hombres hemos construido para definir lo humano. Pienso que la mirada de Francisco tiene una dosis de visión encantada del mundo y otra de profundo carácter emocional que reconoce en todos los seres la capacidad de amar, de sentirse partes de un todo, de un sistema armónico. Es posible que la Iglesia haya sido complaciente con su doctrina, precisamente por entenderla ingenua. Quizá no la hubiese tolerado de juzgarla intelectual, metafísica o hipermoral.

En los Andes y, particularmente, en los territorios del antiguo Tawantinsuyo, los seguidores de Francisco de Asís, realizaron a partir del siglo XVI una labor evangelizadora importante, quedando al parecer mucho por explicar acerca del extraordinario manejo simbólico e iconográfico al que apelaron para enculturar su prédica.

Considero que si hay que reconocer en Francisco su aporte a la construcción del concepto de fraternidad cósmica, tal crédito hay que reclamarlo también para el pensamiento de los andinos prehispánicos, en tanto y en cuanto éstos tuvieron entre sus líneas maestras de pensamiento: que el ser es colectivo, que existe un compromiso de reciprocidad entre el hombre y el cosmos y que hay una finalidad en la existencia como parte de un todo. Los principios de correspondencia y complementariedad de la racionalidad andina, según los cuales el ser humano no es una excepción dentro del orden intrínseco del universo (Alvizuri 2004: 49; Estermann 1998: 145-6), sintonizan a mi ver, de una manera íntima, con el convencimiento de que el hombre debe mostrar respeto por las criaturas vivientes y, en general, por toda la creación, ya que Dios está en todo el universo que es su obra.

Francisco de Asís cantó al hermano Sol, a los hermanos Luna, Viento, Agua, Fuego y a la madre o hermana Tierra y, como sabemos, para los andinos era cuestión de principio que los seres del universo estamos unidos por relaciones parentales.

Una de las piezas más hermosas de la inspiración de Francisco (año 1225) dice:

El cántico de las criaturas

Alabado seas, mi Señor,
en todas tus criaturas,
especialmente en el Señor hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.

Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor,
por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche,
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

Alabado seas, mi Señor,
por la hermana nuestra madre tierra,
la cual nos sostiene y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

Alabado seas, mi Señor,
por nuestra hermana muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

Es fácil colegir que premunidos del pensamiento andino, no tendríamos demasiadas reservas para asumir el mensaje de este cántico. Me atrevo sí a afirmar que probablemente, la diferencia esté, de un lado, en la actitud contemplativa propia de la espiritualidad y piedad franciscana frente a la reciprocidad activa del pensamiento andino y, de otro, en el hecho que la llamada reconciliación entre el cielo y la tierra, entre la vida y la muerte, entre el universo y Dios de la teología franciscana, se opone visiblemente con la noción cíclica, tinku (encuentro generativo) alternancia e interpenetración de los opuestos complementarios que se encuentra en el pensamiento de los pueblos andinos prehispánicos y que, de algún modo, subsiste hasta la actualidad.

No obstante, la percepción franciscana sobre el encuentro del hombre con Dios en la naturaleza, dialoga bastante bien con el reconocimiento del kamay o energía vital y generativa en la totalidad del cosmos y en sus partes.
Siendo jovenzuelo, como todos los de mi generación y concomitantes, llamábamos “calaveras” a los estudiantes «panchinos» (los que hacían estudios en el colegio San Francisco del Cuzco). Es que a Francisco de Asís se le suele representar acompañado de un cráneo humano. La calavera junto al santo de Asís simbolizaría la fugacidad de la vida terrenal y, en el siglo XVII era común que la contemplación de la muerte fuese parte constitutiva del ejercicio espiritual. Como todo diálogo tiene también sus desfases y enredos de planos simbólicos, lo que puedo decir es que la calavera nos inspiraba temor, que escudábamos bien con nuestras chanzas a los «panchinos» (alumnos franciscanos). Todo esto era, seguramente, un eco profundo de nuestra prevención frente a la osamenta de los Ñawpa machus o ancestros de nuestros orígenes andinos.


Referencias:

ALBIZURI, Luis Enrique
2004   Andinia: La resurgencia de las naciones andinas. IIPCIAL, Lima.

ESTERMANN, Josef
1998   Filosofía Andina, estudio intercultural de la sabiduría autóctona andina. Abya Yala, Quito.

ZEIN ZORRILLA Y LA POLÉMICA DEL INDIGENISMO Y DEL MESTIZAJE

  Juan Carlos Lázaro “Ni hispano ni indígena, sin embargo, ambos a la vez” (1), es el más reciente título de Zein Zorrilla que forma parte d...