jueves, 11 de junio de 2020

Una epidemia global bajo la sombra de nuestros temores históricos*

Rodolfo Sánchez Garrafa

El estado de crisis en que se encuentran las sociedades en el mundo actual, constituye un evento histórico complejo; como tal tiene muchas causas y múltiples consecuencias, cual nos lo recuerda Noam Chomsky. Debemos considerar al COVID-19 como lo que es, el disparador de una serie de sucesos que nos permiten ver con claridad cómo se manifiestan fortalezas y debilidades, que en particular inciden en:
  • La reacción de los diferentes Estados ante la enfermedad como expresión de una moral internacional,
  • La competencia real de los gobiernos frente a una situación de ineludible emergencia, y
  • Nuestra situación particular como sociedad tras casi 500 años de haber sido invadidos.



Vayamos por el principio, así sea a grandes rasgos. Tendría que haber sorprendido al mundo la ocurrencia de esta pandemia? Al parecer no. La historia nos muestra que epidemias virulentas como el COVID 19 son esperables y pueden brotar en cualquier lugar por diferentes causas. La pandemia del COVID 19 asolando el mundo no es –como pudiera pensarse apresuradamente– un hecho insólito nunca antes experimentado por las sociedades humanas. Las enfermedades son consustanciales a la evolución humana y las epidemias han tenido un papel crucial en su historia. Así lo demuestran estudios de paleopatología, arqueología de la prehistoria, microbiología, principalmente. Nosotros mismos vimos cómo esto ocurrió no hace mucho por comer vacas, pollos y cerdos infestados.


Steven Polgar en un célebre artículo denominado “La evolución de las enfermedades de la humanidad” (1964) señala que el hombre no evolucionó solo. Hemos evolucionado en compañía de un buen número de microorganismos. Muchas de estas criaturas diminutas nos son necesarias y nos prestan muchos servicios: nos ayudan en la digestión, fermentan diversos alimentos que requerimos tales como la harina a la hora de hacer pan y la leche para el queso, nos sirven para hacer cerveza y otras bebidas espirituosas, y, en fin, destruyen desperdicios. Pero, claro, son responsables de innumerables enfermedades que nos agobian a lo largo de la vida. Hay que hacer corta esta historia introductoria, el hecho es que venimos conviviendo con todo tipo de gérmenes por miles de años, cuando no millones. (La presencia propiamente humana ha sido establecida en unos 2.5 millones de años, con la aparición del género Homo, que se toma como punto de inicio para el Paleolítico o Edad de Piedra).

Pero más puntualmente, a lo largo de los siglos la propagación masiva de microorganismos produjo epidemias que afectaron al Viejo Continente cada pocos años: tifus, disentería, sarampión, cólera y muchas más. Una de ellas, la llamada “peste” resultó especialmente nociva, hasta el punto de que su nombre se utiliza aún para designar cualquier patología, infecciosa o no, que provoca una gran mortandad. Aunque apareció en múltiples ocasiones, la de 1348 ha permanecido en la memoria histórica del mundo como la más dañina. Alcanzó un nivel tan devastador que un tercio de la población europea sucumbió a sus estragos. Después regresaría a intervalos más o menos regulares: 1363, 1374, 1383, 1389..., aunque nunca con aquella intensidad letal. La peste constituía un castigo, expresión de la cólera de Dios ante los pecados de los hombres. 


En 1918, con la gripe española, volvió una pandemia tan letal como las de siglos anteriores. Significó la muerte, en dos años, de más de cuarenta millones de personas en todo el mundo. La pandemia se abalanzó sobre una Europa que aún no había salido de las calamidades de la Primera Guerra Mundial. Los servicios médicos se encontraron desbordados ante aquella amenaza de origen incierto.

Hace pocos meses, la lectura del relato Ciudad apocalíptica del escritor Enrique Rosas Parravicino me proyectó al tiempo del tabardillo, esa peste de tifus que cundía en el Cusco de 1720 acarreando una fiebre maligna causante de la putrefacción del cuerpo y corrupción de la sangre.

El jinete del apocalipsis

En sentido figurado, un apocalipsis puede ser un evento catastrófico o un cataclismo de dimensiones planetarias, el paso previo al fin del mundo. Tal imaginario escatológico comprende unos jinetes que anuncian la llegada de los últimos tiempos, el hambre, la guerra, la muerte. Hago tal referencia, impresa en el subconsciente colectivo, porque la pandemia que sufrimos tiene tal magnitud que, en los hechos, sacude al mundo entero.

Estos jinetes parecen cabalgar sobre el mundo en estos tiempos. Dos grandes secuelas derivan de la pandemia del coronavirus: 1) una primaria que tiene que ver con una crisis sanitaria, acompañada por una crisis económica y social; y 2) una derivada que se liga con el enorme impacto que ha tenido en las emociones y en los comportamientos individuales y sociales.

Hoy a nivel planetario, la pandemia de coronavirus ha desatado otra pandemia, tal vez más grande, de ansiedad y miedo ante la incertidumbre. Nadie sabe a ciencia cierta lo que esta crisis puede generar a nivel social, económico y político a todo nivel, desde el individuo y el hogar familiar, hasta la aldea global. 

¿Cómo reaccionaron los contemporáneos de las catástrofes sanitarias históricas?

No hay duda que las catástrofes sanitarias siempre infundieron miedo en la población. Procurando entender tales acontecimientos de magnitud, los hombres se hicieron conscientes de que estos eventos nunca aparecían en solitario, sino unidas al hambre y la guerra, es decir junto a los otros jinetes del apocalipsis. Para aquellos de espíritu religioso, la enfermedad se explicaba en última instancia como un castigo, una expresión de la cólera de Dios ante los pecados de los hombres. Por eso, muchos acostumbraban a representar la peste como una lluvia de flechas que afectaba a todos por igual, ricos y pobres, jóvenes y viejos.

Este carácter igualitario y su naturaleza repentina eran los rasgos que más llamaban la atención del hombre medieval. Nadie estaba a salvo. Uno podía estar sano y morir a los dos o tres días, tal como observó el religioso Jean de Venette durante una peste en el París del siglo XIV. La aparición abrupta de microorganismos desconocidos generaba un temor que podía llegar hasta la psicosis.

Recordemos que la rapidez con que un puñado de conquistadores españoles desmanteló las estructuras de poder de los pueblos precolombinos, formados por millones de personas, no se debió sólo a su superioridad militar, sino también –o tal vez sobre todo- a las enfermedades que traían consigo y ante las que las poblaciones indígenas carecían de defensas. En cambio, cuando casi tres siglos después otros europeos, en este caso tropas francesas, llegaron a Haití para reprimir la revuelta de los esclavos, cayeron derrotados por una terrible epidemia y no pudieron hacer nada para evitar la independencia. 

Cuando nos afecta el miedo tenemos necesidad de establecer quién es el culpable

Nos angustiamos al punto de preguntar ¿Por qué nos castiga Dios? Por lo tanto, podemos describir el miedo como “... una emoción-choque, frecuentemente precedida de sorpresa, provocada por la toma de conciencia de un peligro presente y agobiante que, según creemos, amenaza nuestra conservación”.

Las reacciones frente al impacto sorpresa no son unívocas, se desencadenan de manera diferenciada según las características culturales y sociales y de condicionamiento psicológico de los sujetos afectados. El sustrato sobre el cual se desencadena el miedo estaría dado por la preeminencia de una dialéctica entre las nociones de seguridad e inseguridad que todo sujeto, grupo o comunidad posee, y que elabora a partir de la visión de mundo que construye desde de la estimación de sus propias condiciones materiales de existencia.

Es determinante que la angustia se constituya en miedo, ello debido a que es imposible conservar el equilibrio interno afrontando durante mucho tiempo una angustia flotante, infinita e indefinible. A los humanos nos resulta necesario transformar la angustia y fragmentarla en miedos precisos de alguna cosa o de alguien. Una vez que la angustia ha pasado a tomar la forma de un miedo específico, el individuo va a buscar la fuente responsable de la amenaza identificada.

Para dar sentido a los acontecimientos, muchos buscaban un chivo expiatorio al que culpar. Entre los sospechosos habituales, la historia señala que se han encontrado los extranjeros, los marginados sociales o las minorías culturales (caza de brujas). Va más allá esto, al punto que el “Otro” se transforma en una amenaza, el espacio público se transforma en peligroso, las familias entran en conflictos al percibir la amenaza desde diferentes perspectivas y tensionar el cuidado familiar con la necesidad de salir al mundo a trabajar e intentar sostener un sistema de vida que nos procure seguridad. 

Tan cierto es esto que las ejecuciones de minorías étnicas (caso judíos) llegaron a considerarse una medida profiláctica para prevenir la extensión de epidemias. En 1348, varias personas fueron quemadas en Stuttgart, y eso que la ciudad aún estaba libre de la epidemia, que no llegaría hasta dos años después. La peste contribuía a acentuar un antisemitismo ya enraizado en la mentalidad de la época. Boccaccio, en el Decamerón, afirma no sin exageración que en Florencia murieron más de cien mil personas durante la peste de 1348. Allá por el año 1918, en un ambiente de angustia, la prensa francesa culpó de una epidemia de gripe al enemigo germano, se elaboraban las teorías más descabelladas, entre ellas los rumores sobre conservas llegadas desde España en las que los agentes del Káiser –según se dijo– habrían introducido agentes patógenos. Se trataba de auténticas visiones de guerra bacteriológica.

En los ochenta, la histeria por el sida desencadenaba actitudes persecutorias hacia los más débiles. Las personas con inmunodeficiencia adquirida fueron estigmatizadas y discriminadas, en un clima de histeria generalizada. Hoy mismo todavía es posible encontrar personas para las cuales se trata de una enfermedad que sobreviene a prácticas inmorales. 

Una medida socorrida de seguridad es el aislamiento social, el mismo que genera profundo impacto en la manera cómo nos relacionamos, poniendo en crisis nuestros estilos de vida y cotidianeidad. La omnipresencia, silenciosa y agresiva del COVID 19, sumada a su impacto sanitario, ataca nuestra naturaleza gregaria, nuestra necesidad de contacto e interacción cara a cara, del abrazo, del beso, del encuentro, de la necesidad de darle cuerpo a la comunidad. 

En el pasado, el miedo a la muerte implicaba el temor a la condenación eterna. Nada podía ser peor que morir sin haberse confesado. Es que el miedo es una emoción política fundamental y un disciplinador social ya establecido, lo cual no es un descubrimiento reciente, pues ya lo señaló Hoobbes en su Leviatán. El miedo es una emoción política fundamental, como lo expresa el filósofo norcoreano Byung Chul Han, para quien el capitalismo de las emociones explota precisamente el miedo como forma de control y persuasión social, principalmente a través de los medios masivos. Hoy más que cosas concretas consumimos emociones, así se abre un nuevo campo de consumo imparable. Por medio de la emoción se llega a lo profundo del individuo y se lo somete a un control psicopolítico.


Hemos apreciado en nuestro medio la aparición de actitudes excluyentes, amparadas en una noción restringida de seguridad pública. Los responsables de la propagación del virus son los ignorantes, los pobres diablos, los habitantes de las áreas periféricas y más pobres, la gente que compra en los mercados populares y vaya usted a ver que muchos de estos sujetos discriminadores hacen cola para recibir su bono de ayuda económica. En la calle menudean comentarios sobre la inconsciencia y ligereza de la masa popular, es ella –se afirma- la que no comprende las necesidades de aislamiento, de profilaxis provocando que se agrave y prolongue la pandemia.

Llamadas a la precaución que en principio son necesarias, a fuerza de violencia simbólica pasan a mostrarse como lo que realmente son: instrumentos de sometimiento y docilidad, que devienen en ilegítimos mientras no justifiquen la razonabilidad de sus disposiciones. ¡No pienses, obedece! ha sido la lógica impuesta a lo largo de la cuarentena.

El auxilio ante la emergencia, Estado e instituciones de salud pública

El gobierno sabe lo que hace. Tal afirmación resulta deleznable en cuanto se descubre que nadie, que ningún gobierno, sabía en principio lo que hacía, pero unos fueron más inteligentes y/o más oportunos que otros en sus decisiones. Lo que es peor, ocurre cuando hay ocultamiento de la situación, falta de transparencia en el reconocimiento de la capacidad o incapacidad de atención, para finalmente llegar a donde debió partirse, esto es: la seguridad frente a la epidemia está en lo fundamental en las manos de cada ciudadano, en tanto que la suma de las voluntades personales es la capacidad real de una sociedad frente a previsiones que son matemáticas, estadísticas: la famosa meseta, los segmentos sociales y biológicos de mayor riesgo, etc.

La ya larga presencia del Covid 19, tiene múltiples implicancias. Estados como el nuestro no sólo han sido incapaces de brindar protección, sino que se han transformado en un actor más de aquellos que provocan intensas sensaciones de incertidumbre y temor de los sectores populares en una dimensión psicosocial y sociopolítica significativa. Hoy la pandemia es selectiva, ataca preferentemente a una población identificada como en alto riesgo.

El Perú, según cifras disponibles, invierte en salud 681 dólares per cápita, a diferencia de los 2,229 dólares de Chile o los 2,102 dólares de Uruguay. En número de camas, el Perú contaba con 16 por 10.000 habitantes; Argentina, 50; y Uruguay, 28. A raíz de la pandemia, el gobierno ha informado que nuestro país ha hecho el esfuerzo de pasar de 247 camas de Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) a tener 1,000, según afirmó el viceministro de Prestaciones y Aseguramiento en Salud, Víctor Bocángel, al resaltar que este resultado es producto del trabajo de los servicios de salud.


Lamentablemente, los hospitales se han visto rebasados en su capacidad de atención; en general, no estaban preparados para atender emergencias de magnitud y ya ni se diga esta pandemia, por lo demás imprevisible. Nuestra infraestructura de salud es deficiente, con graves carencias logísticas. Que la responsabilidad de este estado de cosas viene de períodos pasados es cierto, pero en años recientes el servicio de salud estuvo postergado y la seguridad social se halla en colapso.

Debido a la debilidad del sistema de salud, la única arma efectiva con que se ha contado en la práctica para amortiguar el impacto de la epidemia ha sido la cuarentena. La cuarentena ha tenido como finalidad principal mantener los servicios médicos despejados y, en los hechos, como un mecanismo de supresión de la necesidad de usar estos servicios insuficientes e impotentes.

De hecho, la atención de emergencia en asuntos de salud, es más una cuestión individual y familiar que social. Esto sucede por los déficits de la atención hospitalaria pública ya señalados.

La búsqueda de refugio frente a la afectación de la aldea global 

La primera y lógica reacción de una colectividad es esperar el pronunciamiento y disposiciones de sus líderes, de sus autoridades. Buscamos amparo en quienes dirigen nuestra sociedad nacional. El gobierno es el que cuenta con las atribuciones necesarias para instaurar orden, poner orden, dar una orden, o mantener orden, son acciones que descansan sobre el ejercicio potencial de la fuerza pública. 

Las acciones destinadas a producir e instituir orden por parte de un poder o autoridad, tienen la particularidad de afectar todos los ámbitos de la vida social, incidiendo con ello en las concepciones y construcciones de orden que un conglomerado social incorpora o no para sí. De este modo, la construcción de orden se subordina y es dependiente de la concepción de orden que asume el que la ejerce, y de la capacidad que tiene de expandir esta concepción hacia todas las esferas de lo social, debido a que su continuidad requiere necesariamente de ejercer un control social efectivo.

No es solo el empleo de la fuerza pública el respaldo de las acciones de gobierno. También comprobamos que se apela al bombardeo constante con información destinada a asegurar la docilidad social lo que, más allá de su propósito ordenador, provoca una mayor ansiedad, con efectos inmediatos en la salud mental de la población. 


Consecuentemente, la búsqueda de una zona de seguridad efectiva es una resultante natural de los acontecimientos. Para cualquier individuo se hace necesario evitar el sentimiento constante de amenaza cuyos efectos en la psique son más que traicioneros.

Se ha dicho que las crisis requieren de la voluntad colectiva de ayudarnos unos a otros. Así como nos hacen dar cuenta de manera muy cruda sobre la vulnerabilidad de la especie, también nos ponen frente al reto de saber que de ese espíritu cooperativo depende que podamos salir del problema. El altruismo debiera funcionar como una razón más poderosa que la obligatoriedad, para que el real valor de “nosotros” como seres humanos no se dé frente a la ausencia de miedo, sino en la responsabilidad y el compromiso solidario de cada uno con los demás. Como enunciado de valor esto es resaltable, pero la realidad dista mucho de lo deseable.

En el panorama internacional vemos que la cooperación se ha retraído. No han surgido respuestas solidarias a partir de prácticas globales; al contrario, países poderosos se muestran avaros con la información disponible y con sus recursos tecnológicos, compiten y desconfían mutuamente. El realismo nos muestra que la cooperación en situaciones de amenaza global es difícil, porque hemos visto a los Estados enfocados en su propio problema y sin interés por los otros. Funciona la premisa de la autoayuda. Los Estados cooperan solo cuando les interesa. De ahí que las fronteras entre los estados poderosos se estén volviendo más altas.

Al desatarse el pánico global, se ha producido el afloramiento de una macro onda de egoísmo. Las potencias, que se presuponía podrían liderar respuestas de solidaridad internacional, se han retraído sobre sí mismas. La caparazón, justificadamente armada por los Estados, ha terminado por aislar cualquier esfuerzo nacional, toda ayuda ha pasado a evaluarse en términos de beneficio a obtener. Cada Estado ha ido quedando a merced de sus propias posibilidades y recursos.

En pocas palabras, nos encontramos ante un mundo que, para una emergencia en materia sanitaria/humanitaria que amenaza la seguridad de cada Estado y sociedad, parece refugiarse en un sistema de seguridad “individualista” antes que un sistema de seguridad “cooperativo”. 

Otro elemento a considerar es la desconfianza entre superpotencias, hecho que ha permitido la elaboración de teorías conspiratorias que tienen como protagonistas a los Estados que se disputan la primacía o hegemonía en el poder global, básicamente EE.UU. y China. Por otra parte, no es descartable un accidente, es lo que se estuvo especulando respecto a los laboratorios de Wuhan. Pese a la modernidad de nuestro mundo hiperconectado, la humanidad sigue siendo muy frágil. Y los miedos nos acosan como siempre.

Esta emergencia sanitaria nos trae dos ideas que parecían haberse desvanecido en esta hipermodernidad: la del ser humano vulnerable y la del valor clave que tiene la comunidad.



Para el caso de Corea del Sur, Byung-Chul Han sostiene en su columna de El País que “en Asia impera el colectivismo. No hay un individualismo acentuado”. Mientras que en el otro extremo, el individualismo y el culto al mercado ya se convierten en el centro de la epidemia, acompañado de un proceso recesivo con quiebras, muertos y más desigualdad.

En el caso concreto del Perú y otros países del área andina, es de prever que se acentuará el individualismo en áreas urbanas y el comunitarismo en aldeas rurales, distritos y comunidades campesinas. Desde mi particular entendimiento de la cosmovisión y la tradición andina, me atrevo a sostener que la atención privilegiada, para mejorar el estado de cosas, debe ser prestada a la praxis comunitaria y a las formas organizadas de movilización ciudadana. Ya tenemos un adelanto en los siguientes hechos:

1. Coronavirus en Perú: la pandemia provoca un éxodo a las zonas rurales

El desempleo ha forzado el retorno de miles de personas al campo. Un éxodo a la inversa ha convulsionando nuestro país, en medio de un confinamiento que ha dejado a muchos sin trabajo y sin la capacidad de alimentar a sus familias.

En el campo, en las comunidades campesinas y nativas los migrantes con lazos vivos a sus lugares de origen, disponen de acceso a tierras para producir alimentos y una red de cooperación para contar con fuerza de trabajo. Tenemos un gran tesoro ancestral sepultado por la república bicentenaria: La ayuda mutua. La mink’a y el ayni, no reconocen desigualdades sociales, solo gravitan el bien común y la solidaridad con los que necesitan ayuda. Todos colaboran aportando trabajo o un pan, para socorrer a las víctimas de la crisis. Reconciliémonos entonces con nuestro pasado nativo. Lo necesitamos.

2. Medidas de seguridad propias

Lejos de las capitales, los pueblos indígenas de la Amazonía y los Andes de Perú han tomado sus propias medidas de seguridad ante el avance de la pandemia por el Covid-19. Cerraron sus accesos, reactivaron sus comités de autodefensa e impusieron una vigilancia estricta de su población. Dirigentes de pueblos originarios y comunidades campesinas han señalado que hace falta más información, solicitando al gobierno una estrategia sanitaria enfocada en su contexto y en sus comunidades.

En Apurímac, la única región sin personas detectadas con la Covid-19 en mucho tiempo, y hoy mismo con solo 3 víctimas mortales, 14 comunidades quechuas cerraron los accesos a sus territorios. El alcalde del distrito de Pacucha, en Andahuaylas, Hainor Navarro, le dijo a OjoPúblico que los pobladores controlaban la entrada de vehículos de transporte, identificando su procedencia y lo reportaban al centro de salud correspondiente. Pobladores de las comunidades campesinas de Cotahuacho, Argama, Tocctopata, Huancabamba, Mulacancha y Barrio Lliupapuquio, en Andahuaylas, así como Haquira, San Juan de Llahua y Tambulla en Cotabambas, región Apurímac, bloquearon sus principales accesos por temor a que la infección del coronavirus llegue a sus hogares.


Los habitantes, dedicados a la actividad agrícola, adoptaron esta medida debido a la ausencia del Estado y carencia de estrategias de prevención. Ellos colocaron tranqueras para cerrar las entradas como medio de defensa, restringiendo el ingreso y salida de personas y vehículos por sus territorios comunales.

3. Echando mano a soluciones ancestrales

Ante la amenaza de exterminio, los individuos, especialmente los vinculados de manera más inmediata a sociedades tradicionales, tendemos a recordar la sabiduría de nuestros mayores. La sabiduría milenaria en los Andes salvó muchísimas vidas en el genocidio colonial. 

Los cultivos andinos son una base sólida, hoy mismo, para la seguridad alimentaria de la gran mayoría nacional. Sin embargo, cada vez más ostensiblemente productos como el pollo industrial desplazan los hábitos alimentarios tradicionales. Milcíades Ruiz, quizá algunos de ustedes lo conozcan, un acucioso en esta materia, nos recuerda que la coca, por ejemplo, tiene doble virtud: es un gran alimento y una gran medicina. Viene para este caso señalar que la coca es un cardiotónico que regula la carencia de oxígeno, mejorando la circulación sanguínea (Se usa en el tratamiento del mal de altura), también contiene alcaloides que, en estado natural, son benéficos como estimulantes vitales. Hoy que el estrés y la depresión nos abruma, no hay nada mejor que un mate de coca. Criar animales menores y de corral aporta nutrimentos de alto valor. La comida de descarte también es reciclable. Todas las municipalidades poseen terrenos, instalaciones y personal de parques y jardines que bien podrían dedicarse a la producción de hortalizas para la gente necesitada, como alivio a la crisis.

Los pueblos amazónicos están desarrollando estrategias de contención a través de su medicina tradicional. Diversas plantas tienen virtudes preventivas que refuerzan el sistema inmunológico, y tienen repercusión directa en el aparato respiratorio. Esto no es inaudito, es lo que ha hecho la comunidad china de Nueva York, la MTC, empleando remedios naturales y aplicando prácticas no convencionales para aliviar los dolores asociados a la enfermedad y, de este modo ha proporcionado también una plataforma de apoyo psicológico a los afectados. Entonces, es absolutamente viable definir con los sabios y ancianos de nuestras comunidades andinas y amazónicas los productos locales disponibles que podrían usarse, por ejemplo, para hacer jabón artesanal o desinfectantes a base de plantas. Por encima de todo está la necesidad de actualizar nuestra tradición comunitaria.

Acogiéndonos a interpretaciones que permiten abrigar expectativas sobre el surgimiento de reacciones positivas, en orden a catalizar voluntades, esfuerzos y cooperación que permitan convertir esta pandemia del siglo XXI en un nuevo propulsor de cambio científico, económico y social, vemos que se cuenta con una experiencia bastante grande a ser considerada en nuestra propia realidad. El asunto es probar si somos capaces de asimilarla y proyectarla con creatividad. Es una posibilidad que no debiera ser desaprovechada. Nuestro deber es pensar en ello y actuar.

* Notas de información sistematizada por el autor, que fueron compartidas en ponencia sustentada ante miembros de la "Asociación Capulí, Vallejo y su Tierra", el sábado 6 de junio 2020 vía Zoom.





viernes, 8 de noviembre de 2019

Entre lo terrestre y lo celeste: La noción de muerte en la Comunidad Campesina de Chacamachay

Miguel Ángel Castro Álvarez

1. La muerte vista desde el punto de vista tradicional 

Según explica Guenon en su obra antropológica titulada “Hombre y su devenir según el vedanta” (1925), la muerte en las sociedades tradicionales viene a concebirse como sinónima de cambio de estado, tratándose de un estadio de reabsorción o repliegue de las facultades individuales en un principio esencial. Entiéndase por estas facultades para el caso del hombre al intelecto, la mente, así como las facultades de sensación y de acción. 

La muerte viene a concebirse como un proceso de retorno al origen, como una liberación, como un retorno al estado no manifiesto propio del orden informal y como una transformación a un estado supraindividual que rebasa el propio condicionamiento de entidad particular. 

Esta misma noción de la muerte como identidad original, plenitud liberadora y trasformación sublime permite entender también los fenómenos de desvanecimiento extático que experimentan los chamanes cuando inducen la cesación completa de toda manifestación exterior de la consciencia en lo que se denomina la muerte al mundo. Así la muerte virtual o no, es vista como la culminación de un ciclo y como signo de lo perfecto. Aunque la muerte pueda parecer desde el punto de vista de la manifestación como una «destrucción», desde la realidad absoluta, es al contrario considerado como una dilatación más allá de todo límite, puesto que la entidad ha realizado efectivamente la plenitud de sus posibilidades. 

Según explica el autor, para el mundo tradicional el proceso de reabsorción en entendido como ocurriendo por etapas, donde la muerte corporal precede a la muerte anímica. Con la muerte corporal la entidad particular manifiesta una suerte de consciencia orgánica; y el alma es concebida como trasladada a una forma sutil a manera de un prolongamiento, e incluso un prolongamiento indefinido de la individualidad humana, que se remite forzosamente a las modalidades sutiles, es decir, extracorporales de esta individualidad; pero este prolongamiento ya no es del todo la misma cosa que el estado sutil tal como existía durante la vida terrestre. 


Esta consciencia orgánica una vez que pierde su fuerza vital puede presentar una apariencia de conciencia individual, entrando en lo que los psicólogos llaman la «subconsciencia». La fuerza vital a su vez se traslada al centro de la individualidad humana, donde se gobierna el conjunto de las facultades individuales, este centro es concebido en múltiples sociedades tradicionales como una esencia individual luminosa que sustenta la vida. 

Desde la tanatología tradicional, menciona Guenon, que una vez reabsorbida el alma mayor en su centro vital comienzan a desarrollarse dos vías. El camino de la inmortalidad celestial para los sabios y el camino de la mortalidad del alma o la prolongación indefinida de la vida en «longevidad» para los no sabios. Estas dos condiciones transpuestas son categorías generales para muchos pueblos tradicionales como en el caso de la tradición extremo oriental, la tradición cristiana y la tradición de los pueblos andinos. 

2. La muerte en el mundo andino 

Churata en su elocuente obra “el pez de oro” ensaya las posibilidades de una tanatología tradicional andina desde los postulados propios de una filosofía descolonizante. Churata parte de la posibilidad de una concepción ultraorbicista en el pensamiento andino, donde la existencia no sería vista como una expansión indefinida de las condiciones vitales, sino más bien como una constante irrupción de muerte en la continuidad de la vida, donde la existencia no tiene realidad indefinida, sino más bien finita. Por lo que la vida requiere de una constante renovación desde la nulidad que expresa la muerte. Asi vida y muerte no son realidades paralelas, sino mas bien jerarquizadas bajo una relación de continencia, es decir la muerte contiene a la vida, tratándose a esta ultima como una particularización de la primera en términos espaciales. La muerte desde estos preceptos sería concebida bajo una primacía principal, en su condición esencial por subsistir en el campo neutro de la no existencia, la no manifestación y el no ser. Así la muerte es vista por el mundo andino como incondicional e infinita, que contiene toda posibilidad de manifestación y por tanto es un estado de germinación y fecundidad, por ser la causa y efecto, sin ser uno ni el otro. 

“La muerte por tanto es la negación de la vida, y la vida es naturaleza. La muerte es necesariamente no naturaleza. De acá deduce el autor que sólo tiene naturaleza lo que no es naturaleza. Y la muerte, que comporta esa rara entidad, sería lo único real, preexistente y subsistente. Asi los individuos tanto como el cosmos son una irrealidad animada en la irrealidad de la muerte. No ser es la única manera de ser” (Churata, 2012). 

3. La comunidad campesina de Chacamachay [1]

Se encuentra ubicada en la Región Apurímac, Provincia de Cotabambas, Distrito de Mara. Actualmente integra el conjunto de asentamientos rurales con influencia de actividad minera; se encuentra a 23 km de la zona de operaciones de Las Bambas y dos horas del Corredor Vial Apurimac- Cusco- Arequipa. 

Geográficamente se encuentra en zona de Qheswa alta entre 3700 – 4200 m.s.n.m., tratándose de un espacio intermedio entre las regiones Puna (Challwawacho) y Qheswa (quebrada de Qhapaq’asa) es caracterizada por un relieve de pendiente suave con algunas zonas inclinadas. El clima es frígido- húmedo y sus temperaturas varían entre 14°C a -6 °C. La vegetación natural se encuentra vigente para la alimentación de vacunos y ovinos principalmente; predominantemente compuesto por el ichu y en menor cantidad por yerbas medicinales como yawar ch’onqa, salvia, maranch’onqa, kayra muña, qheswa muña, pampa muña, eucalipto, ajenjo, markhu, papelinas, husca, raki raki, karka, q’eto q’eto, puki, q’ello t’ika, entre otros. 

Límites y anexos.- Por el norte limita la C.C. Yuricancha. Por el oeste limita con la C.C. Sacsahuaylla y C.C. Minaskucho. Por el este limita la C.C. Qhapaqasa. Por el suroeste limita con el distrito de Haquira. Accesibilidad.- Chacamachay cuenta con una única ruta de acceso, la misma que integra los distritos de Mara y Haquira, se trata de una via afirmada de aproximadamente 40 km, que fue aperturada por los mismos comuneros a mediados de la década de 1960, hoy en día es empleada para el transporte de vehículos motorizados privados. Los pobladores se ven obligados a recorrer a pie un camino aproximado de dos horas hasta alcanzar el corredor vial Challwawacho-Mara donde acceden al servicio de transporte público.


4. Noción del destino póstumo del alma en Chacamachay 

“Mi papa me decía que los muertos vienen del Corpuna, allí están las almas, de allí están regresando. Dice el que tiene buena suerte al Corpuna entra rápido, el que tiene suerte puede regresar. el que tiene mas pecado va al nevado Ausangate, allí están sufriendo las almitas, empujando el nevado. Dice que lo forman como pelota, entonces dice que eso lo empujan al cerro para que se voltee al otro lado, entonces el que tiene bastante pecado dice no puede subir, y no puede voltear al otro lado. Lo arrastra y luego regresa otra vez hasta que terminan su pecado. Cuando terminan su pecado ya se vienen por acá, para regresar a Corpuna”. (DRF, 54 años, M) 

“Adentro de Corpuna hay una pampa y está dando vuelta como laderitas, como un corral, pampa como un estadio, y tiene una sola puerta, eso dice que es Corpuna, es una pampa, pero allí están piedritas ordenaditas y tiene su pasadizo como avenida, a eso se llama ciudad Corpuna allí viven las almitas” (GQH, 65 años, F). 

5. Prácticas fúnebres en Chacamachay 

“El lugar donde nosotros enterramos a los muertitos se llama tuiruta y nosotros para ir al lugar en día de los muertos cantamos "Corpuna acaso yo te debía para que te lleves a mi mama, para que te lleves a mi papa, ahora yo estoy sola" Así cantamos.

Para despedir al alma se hace su almataqe, eso lo hace el yerno, quien carga de alimento a la llamita es la yerna, con toda clase de lo que han cultivado, lo que han cultivado lo hacen tostar, lo hacen su lawita y los familiares también ponen su friahambre, puede ser papawayco, chuñowayco con su cancacho de cuy. Entonces la llamita lo hacen con cuero de llama, su pie o su quijada de la llama, de eso forman su llamita y para eso hacen su costal para cargar la llama, tiene su soga en pequeñito, se hace la soga trenzando a la izquierda. Entonces cuando se ha preparado la llamita se hace un juego la yerna presenta al dueño de la llama, el cantor también ya está preparado para eso, él es quien hace el responso. Primero presentan a la llama, luego el que ha preparado la comida también presenta lo que ha traído en un costalito pequeñito. El costal pequeñito lo empaquetan su carga, también le ponen dinero para su camino, raspando las monedas en el saco. diciendo "allí está tu plata tantos millones de banco" y su coca también le ponen un par de hojitas y dicen " arrobas para todo el año", luego todo el paquetito se mete al costal grande, a la llamita lo cargan y allí termina. Luego los yernos que son comisionados se van a quemar donde se mete el sol, allí se hace el despacho. Casi esa partecita es silencioso allí se quema en todos santos el segundo día por la tarde, también se quema a los quince día de fallecida a la persona. Eso se hace para que el finado se vaya con su carga con toda la comida, para que no exija a quien queda, para eso es” (FHQ, 78 años, M). 

6. El proceso póstumo de reabsorción del alma en Chacamachay 

“El camino que hace el alma esta por un camino de herradura que lleva a Camaná a Majes, dice que por allí hay un rio pequeño que se llama Map’amayu, ese rio dice que para los muertos produce, se hace un rio inmenso, y en esa parte también los que tienen pecado dice sufren, no puede pasar. Entonces por allí dice tienen una ayuda de perrito, un perro blanquito, entonces a ese perrito dice que lo carga en su espalda, por eso no hay que maltratar al perrito mucho, porque cuando vas a morir "allí te va a llevar el río Map’amayu, no vas a poder pasar". 


Después de cruzar el río el finado pasa con su llamita. El primer camino que hace el finado se llama tuiruta, luego descansan en un lugar llamado Escalera, hay otro lugar donde pueden alojar del viaje, que se llama Angostura en ese parte dice tiene hartos perros. Mi papa dice caminaba por allí por camino Angostura, por allí se ve piedras como perros que están echados, otros arrodillados, otros estirándose. Entonces la gente cuando pasa por allí dice acá están el pueblo de los perros. Dice que en Alqollaqta se aloja el alma; cuando el alma tiene pecado los perros no dejan pasar, no dejan alojar hasta que dan hueso o alguna comida de la carga de la llama. recién cuando dan hacen pasar. Alli descansan, ese Alqollaqta está en camino recto al Corpuna. 

Al día siguiente ya llegan al Corpuna. Dice que el que no tiene mucho pecado le abren la puerta, allí hay unos doctores, bien acorbatados le reciben. Otros dicen que hay tres puertas. En la primera puerta dice que no preguntan nada, en la otra dice preguntan: porque has venido, quien te ha mandado y si responden bien pasan, en la tercera puerta dice que no pasan si no son inocentes” (CHQ, 44 años, M). 

7. Viaje al mundo de los muertos

“Mi mama me contó, dice una fecha se había enfermado, entonces se ha desmayado dice, entonces ella no decía nada. Dice como se había desmayado no sabia lo que iba a pasar, dice que solamente cuando despertó estaba la casa llena de gente y estaba llorando y la gente decía "la señora se ha muerto y la han vuelto a mandar". Entonces dice mi mama en sueño ha llegado, dice ha pasado hartos pueblos, cinco pueblos[2] llegaron a un pueblito donde está cuidando un perrito dice y los perros dice no ladraban , solamente le miraban dice, entonces a un pueblo más grande ha llegado, allí dice le preguntaban unos doctores, a que has venido en la primera puerta, entonces así no más, en la segunda puerta más bien dice le han preguntado, quien te ha mandado a que has venido y dice le han dicho regresa y le han hecho regresar, pero mi mama dice en su sueño se ha dado cuenta que a la ciudad que ha llegado, de la primera puerta que le han dejado pasar dice no hay regreso, sale de la primera puerta llega a la segunda y cuando le dijeron eso dice despertó. Entonces dijo mi mamá seguro eso de los que hablan del Corpuna” (DHW, 43 años, F).

[1] La primera experiencia con la comunidad campesina de Chacamachay fue el año 2018 y se dio gracias al apoyo del Grupo Propuesta Ciudadana, al ser integrante del grupo de investigadores dentro del diagnóstico: “cambios y continuidades en comunidades del sur andino”.
[2] Los más pecadores dice llegan al pueblo de Walppallaqta, al pueblo de Michillaqta porque esos pueblos son de los malos espíritus. Mi mamá me decía que cuide siempre a las ollas porque ellas ven todo nuestro comportamiento, decía "estos tomincitos van a hablar" cuando el tiempo te llegue, se va a oscurecer derrepente se va a devolver al abismo de la tiniebla, entonces nadie nos va a proteger nada, solamente lo que nos puede proteger es el batancito donde se muele ají, esito no más. Dice nadie puede reconocerte, el batancito dice te protege porque dice "Cada momento me hacen bailar a mí". 
NOTA.- Este texto es el cuerpo de la ponencia presentada por su autor en el evento organizado por la DDC del Cusco sobre "El significado de la muerte en el mundo andino: mawpa ruwaykunata yuyarispa" (30.10.2019).

BIBLIOGRAFÍA
CHURATA, G.  (2012). El Pez De Oro. Colección: Letras Hispánicas.
GUENON, R (1927). El hombre y su devenir según el vedanta, edición digital https://www.diariomasonico.com

jueves, 24 de octubre de 2019

LEJANAS CHARLAS SIN CAFÉ*

María Luz Crevoisier
Periodista

Los cafés, esos lugares llenos de magia y misterio en donde se registró más de una historia y sirven de refugio a poetas, artistas y periodistas, serán siempre cuna de la más exquisita bohemia y recuerdos, porque entre sus mesas elegantes o pobres, alguien como al descuido dejó caer una caricatura un retrato o un verso.

Los cafés, algunos con nombre y apellido como el Tortoni en Buenos Aires, Parrón de Santiago o los nacionales Palais Concert, Negro Negro, Palermo, Zela, ya desaparecidos, forman parte del ideario intelectual de una nación porque resumen su trayectoria artística y literaria. Y, en el Cusco no podía estar ausente uno que por décadas, hasta su cierre, reunió a lo más representativo de sus creadores. El Café Extra, situado en la calle Espaderos, que hace esquina con Plateros y une las dos grandes plazas, la de Armas y del Cabildo.

Y fue precisamente en el Extra donde se gestó uno de los proyectos más audaces y atrevidos en la historia editorial de la Ciudad Puma; la edición de una revista cultural. Era el año de 1991 y los tres socios de esta empresa fueron: Mario Guevara Paredes, Elver Pizarro Pillco y Germán Delgado.

Desde entonces y sin retribuciones oficiales y solo llevados por su entusiasmo y coraje, los editores de Sieteculebras, una de las revistas más representativas del Ande que ha seguido su curso por 28 años consecutivos, lograron traspasar fronteras.

MARIO GUEVARA NOS CUENTA

“El único factor que nos impulsa a seguir con Sieteculebras, es la perseverancia por difundir cultura en nuestro país y países hermanos de Latinoamérica. Encontramos obstáculos en el camino, especialmente económicos pero queremos llegar al bicentenario con 30 publicaciones”.

“Se cree que solo en Lima se puede hacer buenas publicaciones, pero Sieteculebras es un ejemplo de que no es así. Nunca he tenido confrontaciones con intelectuales de la capital, pero recalco, nunca publiqué ni publicaré a escritores limeños sobrevalorados por la crítica que ellos mismos ejercen”.



Mario Guevara, viajó mucho por diversos países latinoamericanos y de Europa, por invitaciones a congresos y ferias. En ese trayecto conoció a escritores que ahora son corresponsales de la revista.

Pero su quehacer no se centra únicamente en la edición y narración, pues como confiesa también incursionó en la fotografía. “Poca gente sabe que en Cusco editaba una revista de fotografía llamada “Momen/ Une Revue de Photo” que se publicaba en inglés y se difundía en Nueva York. El director de la revista era el fotógrafo cusqueño Vicente Revilla residente en la ciudad de los rascacielos”.

Durante siete años, publicaron ocho números y esta revista se mantuvo sin publicidad y solo con los aportes de los fotógrafos.

Hablando propiamente sobre su narrativa, Mario nos menciona que gracias a la publicación del cuento “Cazador de Gringas” hace tres décadas, el término “bricherismo” existe. Este término se ha convertido en un peruanismo y fue el escritor cusqueño quien lo utilizó por vez primera en la literatura. Tiene varios bosquejos de cuentos, que están pendientes de ser dados a conocer.

SIETECULEBRAS

Por los años setenta, circulaba en la Argentina la revista literaria “Crisis”, dirigida por Eduardo Galeano. Esta edición de alcance internacional, cifraba su éxito por la calidad de sus colaboradores. Haciendo un parangón con Sieteculebras, podemos afirmar que su permanencia en un medio donde casi no se lee, se debe únicamente a la persistencia de sus editores y a la calidad de sus notas.

Repasando las páginas de algunos de sus números, encontramos colaboradores como Jorge Ladino Gaitán, Rubén Urbizagástegui, Juan Alberto Osorio, Enrique Rosas Paravicino, Rafael Ojeda, Luis Beiro Alvarez, Miguel Molina, Carlos Arrizalagaba, Ofelia Huamanchumo, José Luis Morales, Américo Yábar Zevallos, Pamela Cáceres, Ricardo Torres Gabela y otros más, pertenecientes a diferentes países de América.


Los temas tratados resumen el quehacer de estos escritores y artistas y su personal visión sobre diversos temas, así el análisis de la poética de Washington Delgado (César Ángeles Loayza) o de Gregorio Martínez (Mario Pantoja), la continua referencia de Juan Alberto Osorio a la evolución de las letras cusqueñas, esto para dar algunos ejemplos.

COSA DE LOCOS

“Publicar una revista de cultura en el Perú, es cosa de locos, porque un país que no lee, que tiene pocas bibliotecas y contadas librerías y en donde la cultura, no es de prioridad nacional, es simplemente cosa de locos. Además si esta revista no recibe patrocinio alguno de una municipalidad, gobierno regional, universidad, organización no gubernamental, es también cosa de locos.

Me reafirmo en lo mismo, publicar en Perú es cosa de locos y debo estar bien loco, como muchos editores de mi país, para mantener Sieteculebras, durante veintiocho largos años. Pero me gusta ser loco y seguiré con mi locura hasta que mi cuerpo y mis energías lo permitan.”

*Una versión original de este artículo se publicó en el Suplemento VARIEDADES-11 de Octubre de 2019. EDITORA PERU.



miércoles, 27 de marzo de 2019

LA VIDA EN ROJO NARRADA POR LUCY FERNÁNDEZ


Rodolfo Sánchez Garrafa


El rojo. Se conoce más de cien tonalidades de este color primario. Su contenido simbólico se asocia a la vida, el fuego y la sangre y, en diferentes culturas, expresa por igual la pasión, el placer, el erotismo, la seducción y, al par, la agresividad, el peligro, el desenfreno, la locura. Cuando Stendhal en Rojo y negro, una novela de amor y de sangre, hila una historia en la que la apertura al amor conduce a la vida pero, finalmente, al crimen, nos enfrenta a los extremos misteriosos y paradójicos de este cromatismo, que condensa la naturaleza humana. Entre los escritores de nuestro medio, Santiago Roncagliolo tuvo éxito con su Abril rojo, considerado como un libro de crítica política, novela negra de acción con sangrientas performances de muerte masiva. Es este, entonces, un terreno de pulsiones arcaicas pero, quiérase o no, siempre presentes.

Rojo (Forjadestino 2018), simple y llanamente rojo, es el título del reciente libro dad0 a conocer por la joven narradora Lucy Fernández, cuyo argumento resume bien Alonso Cueto: “En el año 1932, Matilde tiene 15 años y tras la muerte de su padre, es ofrecida en casamiento a Artemio Urbina, hombre adinerado que dedica su vida a viajes y fiestas. Rojo es la historia del mundo interior de Matilde, pero también de su encuentro con el diario de Lavinia Vigorou, primera esposa de Artemio e importante pianista de la época cuyos escritos revelan libertad y cultos esotéricos, fragmentos íntimos que abren las puertas a un paisaje sensorial y espiritual, que cogen la mano de la protagonista para intentar salvarla del vacío”.

Tal resumen es un buen adelanto sobre la maestría con que Lucy Fernández afrontó el reto de construir una historia que siendo romántica en su perfil general llega a ceder el paso a una imaginación activa, propicia para el encuentro entre un yo, el de Matilde Rojas que, si bien se resiste a un destino preestablecido, es consciente de su impotencia para modificarlo; un encuentro, digo, con la memoria de un ánima, la de Lavinia Vigorou, una otra, en cuyo diario Matilde descubre noticias sobre hechos pasados y meditaciones que repercuten directamente en ella, debido a la análoga situación que vive, sintiéndose prisionera en una inmensa casona de piedra.


Lavinia había fallecido unos siete años atrás, en circunstancias poco claras, que todos convenían en dejar al olvido. Había sido ella una mujer bella, sensual, diríase situada en el extremo polar opuesto a Matilde; y, sin embargo, ocupante en su momento de la misma jaula: la gran casona de los Urbina. Nadie habría comprendido mejor a Matilde en su precariedad y angustia cuasi puritana que ella, Lavinia, la dama desbocada, la italiana frenéticamente imbuida en el ejercicio de su sexualidad y, a la vez, urgida de hallar un escape a su dorada prisión. Lavinia y Matilde, dos mujeres distintas a las que un mismo hombre había escogido como esposas, precisamente por ser una lo opuesto a la otra.

Gran manejo la que hace la escritora Lucy Fernández propiciando el sorteo del tiempo a través de un diario íntimo, que encuentra su precisa destinataria. Así se establece un diálogo que no solo restaura una historia oculta sino que permite abrir la mente y equilibrar la psique de una mujer obligada a padecer una relación marital indeseada. Esa función del pasado, resulta una especie de llave o clave que endereza el destino, ilumina el presente y abre un nuevo horizonte al futuro. Lavinia es una vanguardia de liberación, de ruptura con tabúes, de íntima conciencia de sí misma y de insolutos propósitos. Así, la experiencia de la joven Matilde pasa a ser constancia de un tiempo en el que los hechos mismos y la influencia de nuevos aires liberales que soplan en otros países de Europa, cuestionan la vigencia de un sistema social androcéntrico, señorial y premoderno.


Son los años cuarenta, en buena parte de los países sudamericanos no cabe aún esperar cambios drásticos en una vida cotidiana constreñida por estructuras sociales anquilosadas. La desigualdad social, los estereotipos de género van a tardar en modificarse, pero no deja de sentirse el albor de una nueva época. En Rojo son explícitas las tensiones que van llevando a la ruptura o abandono de la práctica matrimonial como operación económica, incluso lucrativa, para abrir espacio a la construcción de bases de aquello que vendría a ser el ideal del amor romántico moderno.

Para mi gusto, una cierta debilidad argumental en cuanto a la figura de Julio Merino como segundo pretendiente de Matilde, queda minimizada por la soberbia habilidad narrativa con que Lucy Fernández convierte el diario como escritura íntima, en un recurso literario absolutamente impactante, que nos permite adentrarnos en los vericuetos vivenciales de un personaje singular. En efecto, Lavinia emerge como un cofre de sentimientos, emociones, valores y pulsiones reveladoras de un mundo sensorial delicadamente contextualizado en tierras lejanas como Roma, Verona, Alejandría, y, luego, Peumo, una localidad de la región central de Chile. El ocaso en el Mediterráneo, la costiera amalfitana, la ingestión de absenta, el minestrone, el cementerio Staglieno, los rituales e invocaciones a la luna, los elíxires en sofisticadas copas, los cafés en Alejandría, un Ford T en movimiento, y podemos seguir sin cansancio puntualizando la estupenda armazón de descripciones y ambientación conseguidas por la escritora, tanto más meritoria cuanto que se remonta a situaciones ocurridas ochenta años atrás. Sin ser novela histórica el volumen se afianza bien en el tiempo que cubre.

Habría esperado sí un final que rematara de forma más contundente la trama desarrollada; sin embargo, lo presentado por Lucy Hernández es más que suficiente para que el lector organice su propia concepción resolutiva. Es cierto, por ejemplo, que las confesiones de Lavinia ayudaron a que Matilde salve sus más acuciantes vacíos existenciales, pero podríamos imaginar también que mientras Matilde ultimaba sus arreglos en el puerto de Valparaíso, alguien hacía lo mismo embarcándose hacia Europa, quizá el ánima de Lavinia, al fin liberada por el alma interpósita de una Matilde decidida a recomponer su vida.

En suma, puedo decir que Rojo es una novela bien escrita, con un apreciable manejo del lenguaje, sin trabas ni baches, por lo que saludo a su autora la licenciada Lucy Fernández, esperando de ella próximas publicaciones de renovadas ambiciones y logros. 

Referencias:

Fernández, Lucy.- Licenciada en Turismo por la Universidad Andina del Cusco, docente en diversos institutos de aviación comercial, profesora de español como lengua extranjera. Tiene estudios de especialización en el Centro Cultural de la PUCP y la Universidad Ricardo Palma de Lima.

Fernández, Lucy: Rojo. Forjadestino, Lima 2018, 146 p.


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