sábado, 25 de agosto de 2012

Una vivificante presencia

Luis Negrón Alonso*

Bruno transitó una vida con altibajos, como se acostumbra decir en el parlar corriente, sus experiencias fueron: unas de cal y otras de arena. En el interregno de su apreciable existencia, sus primeros años fueron de aprendizaje a través del juego, aunque su madre era muy severa y lo sometía a disciplina, con frecuencia de modo violento. No obstante, Bruno sabía sobrellevar sus aflicciones de buen talante, y gozaba sobremanera cuando se divertía haciendo muescas en los travesaños de silletas y mesas. Era posesivo y fiel con quienes lo cuidaban, y dispuesto a exponerse más allá de su seguridad corporal, cuando sospechaba la presencia de alguien ajeno al hogar.


Estando ya añoso, era notorio el decaimiento de sus fuerzas y reflejos, aunque su sola presencia, ostensiblemente disminuida, era todavía importante dentro de la casa familiar, casi siempre silenciosa por la ausencia de muchos de sus miembros y la avanzada edad del patriarca. La casa se había convertido en pocos años en un sitio donde habitaban anchurosamente la mudez y la soledad, matizada con frecuentes ayes del bien querido Bruno. Era una casa fría, mucho más que aquella reservada a los cadáveres. El eco de las paredes era el único interlocutor, que de algún modo recordaba que su morador estaba vivo.

Los achaques de Bruno se acentuaron indetenibles hasta su deceso. Sobrevino entonces el incremento de la sordina y el encierro, en aquel lugar que otrora fuera bullanguero y alegre. La ausencia física de Bruno realmente dejó un gran vacío, y sólo el recuerdo de su retrato, así como de las acciones divertidas que solía realizar, servían como bálsamo para reconfortar la disminuida fortaleza del patriarca, así como anecdotario que podía ser trasmitido desde entonces a los ocasionales amigos. Hablar de Bruno y recordarlo gratificaba el alma, engrandeciendo la conciencia y valores de quienes estuvimos a su lado.

El deudo pasó aproximadamente dos largos meses de vida casi conventual, sin amigos, sin conocidos, sin interrelaciones; pues, parecía que la parca rondaba por el vecindario. La pena y el retiro ganaban diariamente espacio, de modo acrecentado; entre tanto, el regocijo y las ganas de vivir mermaban en cada abrir y cerrar de ojos, como si se tratase de la presencia de un desahuciado, de alguien próximo a ingresar al obituario.


Dentro de ese marasmo, súbitamente, y casi como por arte de magia, Bruno se vio reencarnado en otro ser aún pequeño, pero lleno de vigor y con ansias de vivir y hacer vivir. Se instaló con complacencia en la morada, y con él volvieron los juegos, el corretear en todos los ambientes abiertos, y aquellos que ya estaban clausurados, volvieron a agrietarse complacientemente. Retornaron las preocupaciones para la manutención del recién llegado, se le señaló un lugar para su descanso, se procedió con la provisión de juguetes resistentes y, una vez más, las patas de sillas y mesas se vieron incrementadas con inconfundibles muescas. La bulla, la voz joven y atronadora, volvieron a reciclar los tímpanos del veterano, sacudieron su modorra y le inyectaron una poderosa dosis de energía y deseos de vivir. Los chispeantes ojos negros del reencarnado, aunados a sus torpes caricias depararon júbilo y promovieron renovada complacencia.

Mis sentimientos preservan del olvido a los seres que me son queridos. En este caso, mis perritos Bruno y Chikucha (Chiquito), tienen un grandioso lugar en mi corazón y en mi mente, y sé que ellos me permitirán caminar sin sobresaltos cuando se me corte el hilo de Ariadna y tenga que trasponer el rio del averno.

Cuzco, 22 de agosto del 2012.

*Luis Negrón Alonso, conocido también por el seudónimo de Sikuta.



domingo, 29 de julio de 2012

Máscaras de Paucartambo

Rodolfo Sánchez Garrafa

Hace unas pocas semanas tuve oportunidad de apreciar una bien cuidada muestra sobre Máscaras de Paucartambo, llevada a cabo del 26 de junio al 06 de julio en curso. Auspiciado por la Universidad Wiener, el evento contó con la curaduría de Isabel Palomino Arana y Harold Hernández Lefranc quien, además, es propietario de la colección de estupendas máscaras elaboradas por Mario Palomino Coll-Cárdenas, exhibidas en aquella oportunidad.


Es necesario recoger algunos datos biográficos sobre el artista. Don Mario Palomino es cuzqueño, ha cumplido 63 años. Su tronco familiar lo emparenta con la hermosa provincia de Paucartambo, famosa por su colorida fiesta dedicada a la Virgen del Carmen. Contador Público de profesión, ejerció también la docencia escolar y, probablemente, fue en ese contexto que fortaleció su vocación de transmisor de la herencia cultural recibida de sus abuelos y padres. Habiendo empezado como danzante en una comparsa de Saqra, se fue haciendo, poco a poco, primero en elaborador de su propia máscara e indumentaria y luego en confeccionista de máscaras para actores de diversas danzas populares como el Qhapaq Negro, Qhaphaq Qolla, Siklla, Maqt’a y Contradanza entre otras.

En los Andes, muchos de los personajes que integran las comparsas representan a seres tanto del supramundo (hanaqpacha) como del inframundo (ukhupacha), que si bien son extraordinarios no dejan de ser parte de la naturaleza del cosmos o pacha. En ese sentido, sólo para la comprensión occidental hablaríamos con propiedad de seres sobrenaturales o preternaturales que se relacionan con los humanos y, en general, con los habitantes de este mundo o kaypacha, pensado por quechuas y aymaras como un espacio liminal.

En esta oportunidad, se me ocurre tratar sobre los saqra (a los que se conoce como diablos traviesos) que son propiamente seres de poder procedentes del inframundo, bastante lejos del diablo o demonio cristiano. De hecho, la idea de diablo no es andina, fue incorporada a partir de la presencia europea en el territorio del antiguo Tawantinsuyo. En quechua saqra significa originalmente ser basto, contrahecho, feo, también travieso, el gato es un buen ejemplo de saqra en cuanto inquieto, sorprendente, juguetón, ágil, observador y de hábitos nocturnos. El término supay, tampoco se corresponde con el concepto de diablo o demonio cristiano, se lo utilizó por extensión a falta de un término más preciso. Supay, como registra Fray Domingo de Santo Tomás en su Lexicón se traducía originalmente por ángel, sea bueno o malo, también como trasgo de casa, esto es que concernía a espíritus de poder poseedores de inusuales habilidades, eximios en ciertas artes, una especie de δαίμων daimon griego que nada tiene que ver con atributos de calumniador, acusador, resistidor o enemigo. La idea del dualismo mazdeista que se halla en la base de la concepción cristiana del bien y del mal es distinta al dualismo de los opuestos complementarios que caracteriza al pensamiento andino.

Los rasgos de animales reconocibles que se combinan en las máscaras de saqra remiten al mundo subterráneo, de la noche, como el murciélago y el gato, a los que cantan en la oscuridad como el gallo y a los que se alimentan en el lodo o fango como el cerdo, finalmente a los que son capaces de ver fantasmas como en el caso del perro.

En el imaginario cristiano, la Virgen del Carmen premunida de un escapulario se encarga de rescatar o salvar a las ánimas del purgatorio. La Virgen del Carmen simbólicamente se ajustó bien a la idea de conductora o faro de los saqras del inframundo (ukhupacha), quienes se sienten atraídos pero a la vez cegados por la magnificente luz que la Mamacha Carmen (Madrecita del Carmen) irradia a su rededor. Es tal la habilidad de los saqra, que son capaces de caminar por los tejados, colgarse de los balcones, trepar los postes y hacer mil y una proezas de saltimbanquis. Que los saqra tienten a la Virgen no viene a ser más que una idea fantasiosa y hasta cierto punto absurda, que deriva de ciertas prédicas evangelizadoras poco afortunadas.


Los saqras forman parte de una sociedad que se homologa con la organización social humana, en cuanto jerarquizada, pues tiene a Lucifer como caporal del grupo, con capitanes y soldados a su servicio. La dualidad alcanza a esta sociedad subterránea pues una china saqra o Luzbel, es la mujer acompañante del caporal. Pequeños saqras o infantes llamados mascotas completan la comparsa. La música y el fuego son parte del sentido festivo y nocturno de la ritualidad de la fiesta de la Virgen del Carmen como evento liminal.

Mamacha Carmen. Foto Carlos Díaz

Es significativo que los saqra colaboren con los qhapaq ch’unchu, en tanto ambos grupos se asocian a la región urin, esto es a las partes bajas y profundas de la geografía andina.

La Fiesta de Paucartambo transcurre en un período bastante próximo al equinoccio de primavera. La Luna adulta debe entrar en tinku con el Sol. Las huestes del mundo de adentro muestran preocupación por la necesidad de calentar la tierra y prepararla para los tiempos de la reproducción. Los fuegos artificiales evocan el cielo nocturno estrellado y brillante.

Culebras, arañas, lagartos, y otros reptiles pequeños que ornamentan las máscaras de yeso o papel prensado de los saqra, constituyen elementos de enlace o bisagras entre espacios opuestos. Lluvia o agua del cielo, hilos o hebras que tejen las arañas lagartos que migran de las zonas oscuras y frías en busca del calor solar son recursos simbólicos eficaces del tránsito por una interfase entre mundos opuestos.

Lo dicho hasta aquí no niega que en la danza de los saqra y en la personificación de los mismos se hayan posicionado elementos ajenos al pensamiento andino prehispánico. Lo evidente es que en conjunto todas estas expresiones son parte de un discurso reinterpretativo que apela a recursos de diversas vertientes de una manera sistémica, en el que una gran estructura subyacente se conserva pese a los cambios e incluso gracias a ellos.

La fiesta en conjunto revela un proceso de intenso dinamismo, propio de la tensión de todo tinku o encuentro entre opuestos. Más que desorden lo que se desarrolla es una secuencia minuciosamente pautada que ocurre dentro de los términos deseados y previsibles. El peligro es que esto no ocurra de este modo. Todos cooperan en este intercambio de energía entre opuestos y la solución es la continuidad de la vida, la reproducción de las especies: la prefiguración de la entrada en un tiempo lunar y de calentamiento de la tierra.


Nada podría estar más lejos de la esencia de esta danza de los saqra que considerarla como una representación satírica. No hay, ni puede haber sátira desde el punto de vista andino en una representación eminentemente ritual y sagrada de acontecimientos primordiales. Tampoco hay ambigüedad, como no la hay en ningún evento ritual sagrado, salvo quizá en la participación de alguien ajeno a la verdad incuestionable del argumento representado. Decir lo contrario, sería como ponerse a hablar de la teatralidad en la comunión cristiana o en cualquier rito de iniciación ocurra donde ocurra. Es evidente que en el caso andino el uso de la máscara por los danzantes de saqra es una manipulación de poder que trasciende el tiempo y el espacio.

Vaya nuestro homenaje a don Mario Palomino Coll-Cárdenas, por hacernos pensar en el producto de sus manos sabias y con él en el tránsito de la piedad católica a la sabiduría tradicional andina.


Lima, 29 de julio de 2012.


domingo, 8 de julio de 2012

Ukumari


Rodolfo Sánchez Garrafa

Foto-artes de fondo de Carlos Bardales Rojas.


       Ukumari

             Soy oso de redonda cabeza e hirsuto pelo
             Oso de faz desconocida y andar trashumante
             En cumbres de alta montaña habité más allá
                  Del Sol.
             Cosí el día y la noche con mis manos
             El rayo fue mi aguja y los ríos mis hilos
                   De color.
             Mi primer vagido estremeció la tierra
             Mi primera palabra explotó en la boca
                 De un volcán.
             Algo de humano alborota mis venas
             Estrellas refulgen en mis ojos de semidiós
             En mis brazos potentes despiertan cantos
                                                                                    De libertad.


sábado, 7 de julio de 2012

Mi zapatilla

Luis Negrón Alonso

Trátase de un niño que tenía sólo un par de zapatillas, esas hechas de lona y planta de jebe, que ahora son de uso común entre los pobres de la ciudad y que se diseminan hacia el campo.


Para Adolfito, sus zapatillas eran el bien más preciado, las podía reconocer por ciertas marcas y señas que inscribía en diferentes partes del talón, la capellada o la punta del calzado. Con el paso del tiempo el color original que era blanco, fue adquiriendo multicolor tonalidad y pequeños diseños que la identificaban; tales como: el logo de su equipo favorito de futbol, la insignia con los colores de su colegio, los apodos de sus amigos y, en diminutas letras, el nombre de alguna compañerita del salón de educación primaria.

Las zapatillas de Adolfito eran su segunda piel, tanto que sólo se descalzaba cuando debía acostarse en el lecho que compartía con su hermanito menor. El olor a pécora era característico y se mezclaba con la consanguínea fetidez que era común a todo el ambiente familiar, en el pequeño aposento que servía de dormitorio, comedor, sala, cocina y en un extremo adyacente un inodoro hediondo.

Las zapatillas eran su segunda piel
Después de una jornada inusual, Adolfito llegó extenuado y, de manera casi automática, se descalzó sin desatar las hileras, solo empujándolas por el talón, con la punta del pie. Luego quedó abatido y profundamente dormido sobre el camastro, sin darse cuenta de lo que ocurría en su entorno.

Como era usual, el carro basurero solía pasar a las seis de la mañana cada jueves, precedido por ruidos metálicos que anunciaban su presencia, por lo que  la madre de Adolfito, de modo desacostumbrado ejecutó una rápida barrida del piso y recogió a media luz todo lo que supuestamente era sólo basura. En el cúmulo iba inadvertida la zapatilla izquierda. Los desechos fueron a parar en el carro basurero que siguió su ruta sin mayor pausa, recogiendo la inmundicia, para transportarla hasta el relleno sanitario, que estaba ubicado no muy lejos de sus viviendas.

Al despertar Adolfito, sin santiguarse ni saludar a sus progenitores se, puso a buscar su faltante zapatilla, que no la encontró en la inmensidad de la pobreza. Inquirió a su hermano por el destino de su calzado, preguntó a su padre, recibiendo respuesta negativa, indagó a su madre que tampoco le dio un indicio contundente, aunque insinuó que posiblemente por descuido la puso en la bolsa de basura que tiró en la tolva del carro basurero.

Adolfito quedó devastado, pues en su zapatilla perdida había muchos testimonios así como imágenes que no estaban inscritas en su zapatilla derecha, si bien eran zapatillas pares, en la práctica eran impares por su decoración. La congoja se apoderó de su corazón y ánima; pues, no sólo le preocupaba su desaparición, sino que no tenía reemplazo para calzarse.


Ese día Adolfito dejó de asistir a la escuela, y descalzo fue a husmear por los linderos del relleno sanitario, pues por ese sitio siempre había cosas que los trabajadores después de escoger la abundante basura, la desechaban. Pasaron las horas, el fuerte sol, la sed y el hambre lo instaban a volver a su hogar, aunque tenía el presagio de que podría encontrar su ansiada prenda, y volvió a dar un rodeo al inmenso depósito de desperdicios.

Se tornaron más iridiscentes
Súbitamente vio un pequeño haz de luz que salía del montón de basura fresca, escudriñó entre en ella y con sorpresa capturó entre sus dedos el pequeño herraje metálico con el que había decorado su zapatilla. Entusiasmado inhumó los restos. Alzó con sus dos manos un pequeño hallazgo y se lo llevó hacia el pecho, aspiró profundamente su olor, quedando convencido de la identidad de su zapatilla, la que aún no se había contaminado con la fetidez del relleno sanitario. Regocijado, se fue raudo a su casa, para calzarse nuevamente con el par que esperaba posiblemente acongojado. Al encontrarse nuevamente juntas, ambas zapatillas se tornaron más iridiscentes.

Cuzco, 06 de julio del 2012.

Sikuta


domingo, 1 de julio de 2012

Pedro y Pablo apóstoles

Rodolfo Sánchez Garrafa

Es significativo que la memoria de San Pedro y San Pablo sea celebrada el mismo día (29 de junio), atendiendo a un complejo denominador común: su reconocida condición de fundadores de la Iglesia Cristiana en Roma, el respeto que los cristianos sintieron desde los primeros tiempos por estos dos seguidores de la doctrina que predicara Jesús, el martirio que ambos sufrieron en Roma, Pedro el año 64 y Pablo el 67. Sin embargo, más allá de estos hechos exteriores, existen consideraciones de mayor profundidad que debieron haber sido definitorias al momento de erigir a ambos como los símbolos máximos de una iglesia que debía reconocerse como unida en Cristo, en otras palabras, como obra Universal.

Para empezar, hay diferencias ostensibles entre uno y otro de estos fundadores del cristianismo, diferencias de origen, de pensamiento y de acción. Pedro, un pescador judío de Galilea, fue el principal entre los Doce que vivieron con Jesús durante los tres años de su ministerio público, esto quiere decir que conoció personalmente al “Hijo de Dios”. Escogido por Jesús, primero como apóstol y luego como cabeza de la Iglesia, Pedro llegó a ser el primer obispo en Roma y, como tal, considerado Papa, esto es padre y pastor de la grey. En cuanto a Pablo, podemos decir que fue un fabricante de tiendas, fariseo siciliano pero de ciudadanía romana, no llegó a conocer personalmente a Jesús, y más bien en años posteriores a su muerte se dedicó a perseguir a los seguidores del Nazareno, llegando a experimentar de manera súbita la revelación y convertirse a la nueva fe, que ayudó a extender más allá del pueblo judío, entre los gentiles, viajando como predicador por Grecia, Asia Menor, Siria y Palestina, por lo que es considerado el “Apóstol de los Gentiles”.

De aquí se desprende que Pedro llevó las buenas nuevas entre los hijos de Israel y Pablo lo hizo principalmente entre los extranjeros. Uno se enfocó hacia adentro del pueblo “escogido” y otro se empeñó en llevar el evangelio de la salvación a los pueblos hasta entonces excluidos. Hay aquí una relación de oposición complementaria, entre un centro de poder cuya energía traducida en luz pugna por expandirse a una periferia cada vez más amplia. Pedro y Pablo son, entonces, instrumentos de un designio superior, articulado en misiones diversas. El arquitecto pone cada cosa en su lugar y en su oportunidad, así el tiempo y el espacio convergen en la construcción de una estructura arquetípica. Pedro es la piedra de los sólidos fundamentos, cuasi inconmovibles, mientras que el empeño de Pablo equivale por su parte a erigir las columnas, paredes y cúpula de la Iglesia. Lo humano, sin embargo, requiere el balance exacto, supremo, que proviene de la divinidad misma y, en ese sentido, Cristo es la piedra angular de esta Iglesia modelo. 

Las llaves del cielo
Pedro es el punto de apoyo situado en el eje de la tierra y, como tal, recibe las llaves del cielo, lo cual le hace portero, esto es punku o “pongo”. Funcionalmente, la tarea de franquear el paso de una dimensión terrenal a otra celestial es única e insustituible en lo que le compete. El propio Pablo está obligado a justificar sus hechos y obtener el pasaporte doctrinario, que llega eso sí a hacerse irresistible desde que lo refrenda la revelación o iluminación proveniente del propio Ser Supremo.  En el sistema, Pablo realiza la labor de mantenimiento homeostático que se necesita para dar respuesta a nuevos requerimientos en contextos diversos, su lenguaje llega a todos los gentiles, a todos quienes no son israelitas, Pablo se hace guía y sacerdote, los incluye en la comunidad cristiana, los busca como el viajero incansable que es. Pablo sale de la oscuridad para conducir a los pueblos hacia las montañas más elevadas, brindándoles la oportunidad de escuchar un mensaje de seguridad por la conversión, es decir, por la experiencia de vivir una transición. El don de la palabra es la espada de Pablo.

No debió ser sencilla la relación entre Pedro y Pablo, los encuentros tienen que haber sufrido la carga de una fuerte tensión que finalmente se resolvería venciendo toda suerte de sectarismos. El evangelio inculturado parece ser, en este sentido, una inspiración netamente pauliana. En los Andes, la idea de conversión serviría para distinguir eras, la del pasado o de los “antiguos” (los gentiles) y la del presente o evangelizados (los cristianos).


Tu est petrus et super hanc petram aedificabo ecclesiam meam, son en latín las palabras de Cristo designando a Pedro como su vicario. Surge, et ingredere civitatem, et ibi dicetur tibi quid te oporteat facere, es el mandato que Pablo recibe en el momento de su gloriosa visión. A Pedro, un hombre simple, le estuvo reservado el privilegio de hacerse el primero entre los seguidores de Cristo. A  Pablo, un hombre ilustrado, le correspondería pasar de ser perseguidor a ser un fervoroso converso.

El filo de la palabra
Del contraste entre dos personalidades disímiles y de una fe común adquirida por caminos opuestos, advendría el carácter universal de una de las mayores iglesias proféticas que hayamos podido conocer.

Frente al drama que sufre hoy la Iglesia Católica en el mundo, podríamos decir que requiere volver los ojos hacia sus príncipes Pedro y Pablo, urgida como está de emprender una nueva evangelización de sus propias almas y quizá de sus propios pastores. 


domingo, 3 de junio de 2012

Cita con un Angel Negro

Rodolfo Sánchez Garrafa


Era aún muy niño cuando mi padre me relató la sorprendente historia de un sastrecillo, fracasado en su trabajo, cargado de deudas y entregado al consumo de alcohol. Una noche en que el personaje se retiraba a su casa, profirió impulsivamente las palabras: -"Que me cargue el diablo". Unos minutos después se le apareció un hombre bien parecido, ofreciéndose a ayudarlo a cambio de su alma. El extraño le dio una moneda al sastrecillo, la cual tenía la propiedad de volver al bolsillo de quien fuese su amo, así que hubiese sido dejada en una tienda; también le entregó unos naipes, con los que no debía perder jamás. El sastre de marras se hizo rico; pero un día la moneda no volvió a su bolsillo, pues había sido dada como limosna a un pobre. Es más, casi en seguida, el sastre perdió una partida de naipes jugando con el propio Jesús.

Abundan leyendas y cuentos que describen, de diversas maneras, encuentros de la gente con el diablo. También existen pinturas que representan a Lucifer; sin embargo, parecer ser cierto que nadie ha visto el rostro del diablo, como ocurre con el propio Dios a quien nadie ha podido mirar jamás.

Quien haya asistido a las "sesiones negras" dirigidas por verdaderos magos o sacerdotes de la Iglesia de Satán, habrá visto la imagen espiritual de Lucifer, que -según dicen- es en realidad sobrecogedora para un principiante o para el que concurre por simple curiosidad. 

Guardando las distancias, son pocos los magos negros, que en los Andes se atreven a convocar al Señor de las Sombras a una "mesa". Los entendidos invocan a los espíritus de los antepasados, a los que habitan en las montañas más importantes, empero son pocos los que llaman a los "ángeles negros", porque para hacerlo tienen que haber alcanzado previamente la condición de servidores de la noche eterna y los hay muy pocos de éstos. Por lo general los "magos negros" de los Andes trabajan a través de operaciones que tienen la finalidad de causar "daño" a alguien, en favor de un solicitante, pero son rarísimos los casos en los que se invoca la presencia del verdadero Señor o Kamaq del Mundo de Adentro.

Tengo conocimiento de un caso ocurrido entre practicantes mestizos del Cuzco. Los hechos me fueron confiados por alguien a quien, por razones obvias, sólo citaré bajo el pseudónimo de "Atocongo" (que puedo suponer deriva de atoq unku o "manto del zorro" o de atoq onqoy "enfermedad del zorro") término que debe aludir a su condición de viajero del cosmos.

He aquí las palabras de Atocongo, que me esfuerzo por reproducir de la manera más fidedigna posible:

"Era un viernes de la última semana de 1982. Tenía que asistir a un bautizo negro en la localidad de San Sebastián, a unos cinco kilómetros de la ciudad del Cuzco. Apresuré mi salida del centro en el que trabajo, con la finalidad de vestir mi traje negro, camisa blanca y corbata mariposa también de color negro. Habían aceptado que yo participara en una ceremonia negra a la que tenía que llegar marcando las 07:00 pm.
En la Plaza de San Sebastián me esperaba una persona que inmediatamente me condujo a una casa solariega cercana. Una vez dentro, pude advertir que la habitación destinada había sido arreglada convenientemente para la ceremonia. Al centro destacaba una mesa redonda con tapete negro, sobre la misma se veía unos buenos puñados de hojas de coca pisada, una caja de cigarrillos y otra de fósforos. Unas sillas, un espejo de forma redonda que colgaba en la pared, completaban el escenario. Era, sin duda alguna, el dormitorio de la dama que iba a ser bautizada.
Iris de Estrella (nombre supuesto, como es comprensible), no mal parecida, joven aún, soltera, vestía una blusa blanca bien confeccionada, un pantalón negro ajustado y unas zapatillas de cuero negro. Ella, alguien que siempre destacó por su carácter alegre y comunicativo, era la aspirante.
Me comisionaron para comprar una botella de pisco y unas gaseosas, compra que hice con diligencia en una tienda cercana. De regreso a la casa-habitación, hice voluntariosamente el descorchado de la botella de pisco y luego procedí a servir -consultando preferencias sobre la cantidad deseada por cada uno de los presentes- una copa a Iris de Estrella y otra al que iba a fungir de sacerdote. Yo -que experimentaba entonces una nerviosa ansiedad- me serví un tercio de vaso, con una porción de pisco y otra de Coca Cola.
Antes que la ceremonia empezara, me puse una hojas de coca en la boca, las mastiqué suavemente y ausculté su sabor. Yo no estaba borracho ciertamente, cuando el sacerdote dijo que íbamos a comenzar el trabajo, así en forma totalmente privada.
Iris de Estrella fue vendada con una cinta negra por el sacerdote, quien le hizo varias corridas o vueltas hasta que ella dijo que no veía nada. Luego se le hizo dar muchas vueltas sobre sí misma hasta que, al preguntársele hacia dónde quedaba la puerta principal de la habitación, señaló una dirección distinta.
Nos sentamos la mesa. El sacerdote, vestido de blanco, con túnica y gorro o caperuza, comensó a leer un párrafo del libro Pactum que dice: <En esta hora solemne quiero invocaros con toda mi voluntad y buen deseo a vosotros, espíritus excelsos, que me acompañáis en mis trabajos. Astroschic, Asath, Bedrinubal, Felut, Anabotos, Serrabilem, Sergem, Gemen, Domos y Arbatel, para que me seáis propicios y me ilumineis en aquellas cosas que mi inteligencia humana no pueda comprender con verdadera claridad, supliendo en aquellos defectos que en mis trabajos haya, en atención a mi buen deseo y voluntad. Así sea. Amén>. Seguidamente leyó las páginas de un libro, seguramente de carácter mágico, pues, se hacía mención -hasta donde recuerdo- a una especie de filosofía secreta sobre la vida, la existencia de hechos inimaginables que sin embargo tienen una explicación, la existencia de leyes físicas aún no descubiertas por el hombre que rigen su desarrollo y relaciones...
Habrían transcurrido apenas unos diez minutos cuando Iris (para simplificar) pareció desvanecerse en un vahido sobre su asiento. El sacerdote se le acercó para reanimarla, al tiempo que le preguntaba sobre lo que veía entonces. Ella contestó: -Una luz... una luz. Se le indicó que se calmara, y ella en respuesta empezó a hablar en un lenguaje que me resultó totalmente desconocido. Me acerqué a reanimarla, pero el miedo hizo presa de mí cuando ella intentó abalanzárseme, emitiendo maullidos estremecedores como un gato, crispando las manos y levantándolas como si realmente fuesen garras de felino. Volvió a sentarse Iris e inclinándose hacia delante comenzó a vomitar un líquido de color verde... No sé si perdí el conocimiento o el contacto con la realidad, pues no tengo conciencia de lo que sucedió después.
Cuando desperté me encontraba recostado en una tarima de madera, sin almohada ni colchón, tampoco frazadas. Extrañado, pensé en la forma poco cortés en que que había sido tratado por la dueña de casa. Empecé a hilvanar ideas, haciendo un recuento de los hechos, tratando de recordar lo sucedido. Me levanté de la tarima y, como la habitación estaba oscura, traté de buscar la puerta. Fue entonces que me dí cuenta de estar en una habitación tubular. Sentí al tacto que las paredes eran de ladrillo y al mirar hacia arriba percibí una tenue luz roja en el techo. Me asusté. Pensé en mi familia, en mis hijos, en mi reputación. Por un momento creí que mi situación era fatal, pues el lugar donde me hallaba era por lo visto un pozo profundo en el que podía quedar atrapado por tiempo indefinido o quizá hasta hallar la muerte. Reconocí que esta situación era una especie de castigo para mí, por haberme entrometido en una actividad en la que no me correspondía participar.
Desesperado, seguí palpando la pared circular en torno a mi catre, cuando de repente se encendió la luz al tocar yo el interruptor por pura casualidad. Me hallaba solo en la misma habitación en que se trató de realizar la ceremonia. Recién me dí cuenta que me había acostado encima de la cama bien arreglada. Indudablemente alguien me acostó. Eran las dos de la mañana.
Salí hacia el patio por una puerta lateral. Llamé repetidas veces esperando que alguien acudiese. Apareció una señora. Era la madre de Iris de Estrella. Me increpó diciendo que su hija se hallaba muy mal debido a las drogas que habíamos consumido, que hacia media noche nos había encontrado bailando en la habitación, que los participantes íbamos a ser responsables por lo que pudiera ocurrir con la salud de su hija. Me despedí de algún modo de la señora y me encaminé muy maltrecho y cansado hacia la carretera principal. Tomé un taxi que me dejó en mi casa.
Ya en mi habitación, al mirarme en el espejo noté que tenía seca la cabellera y los pelos enhiestos. Mis ojos algo desorbitados y mi cara mostraban una profunda fatiga, fruto de una jornada peligrosa y nada habitual para mí.
Cuando amaneció, vi que mi saco mostraba en una de las mangas una mancha verdosa que parecía aceite. Evidentemente me había revolcado en los vómitos de Iris. Mis pantalones estaban curiosamente arrugados en finos, cortos y horizontales pliegues, a la manera del fuelle de un acordeón a medio estirar. La ropa interior de color blanco que me había puesto la víspera del día anterior -para nueva sorpresa mía- tenía un color cenizo, tirando a negro y parecía una tintura con olor a tierra mojada pero, paradójicamente esparcida. Al lavarme la cabeza pude comprobar una inexplicable cantidad de tierra.
Hasta aquí la calma parecía volver a mi atribulado y avergonzado espíritu. Sentí eso sí cierta desazón pensando que pese a todo lo sucedido no se había cumplido con el bautizo, que todo el esfuerzo había sido vano, tal vez por la debilidad y falta de espíritu de Iris.
Regresé de la lavandería donde había dejado mi terno-acordeón. Alrededor de las 11:00 am., me acosté para recuperarme, como acostumbro hacerlo cuando paso una mala noche. Desperté a eso de las 2 de la tarde. Quise levantarme de la cama pero, para desesperación mía, no pude hacerlo. No sentía ningún dolor en el cuerpo, pero tuve conciencia que las fuerzas me habían abandonado. Apenas pude dejar la cama. Al tratar de ponerme de pie, apenas pude mantenerme en equilibrio. Me puse los pantalones con gran dificultad. Cuando ya lo había logrado fui incapaz de ajustarme el cinturón de cuero, no tenía fuerzas para enhebillarlo. Noté que mis calzados estaban completamente sucios y pensé en limpiarlos, pero al tratar de coger la escobilla mi mano derecha era incapaz de asirla. Me asaltó una terrible idea: tal vez me quedaría inutilizado de este modo para siempre.
Dije que el viernes en la noche asistí a la referida sesión. Hice todo lo posible para descansar en cama el resto del día sábado y luego el domingo. Durante este largo descanso hice promesa a Dios (al verdadero Dios) de no volver nunca más a participar en tales rituales, ni siquiera en son de investigación. El lunes fui a una reunión oficial, a la que estaba obligado a asistir por razones de función. Mis compañeros me preguntaron si había estado enfermo, porque me encontraban muy demacrado. A Iris de Estrella llegué a verla después de unos días. De entonces a la fecha no hemos vuelto a hablar sobre el asunto. Respecto al sacerdote, debo decir que no deseo saber más de él. No he vuelto a interesarme por tener experiencia similar con el satánico rito del bautizo negro". Hasta aquí la versión proporcionada por Atocongo.

Para un sicoanalista el relato de Atocongo sería materia útil de una explicable sugestión grupal, quizá una especie de histeria o el corolario de un obsesivo deseo de encontrar mecanismos de ingreso a mundos desconocidos y, por supuesto, inexistentes. Para un simple curioso, la actualización de lo sucedido aquella noche será una simple invención o el hilado de una persona mentirosa, en el mejor de los casos de espíritu fantasioso, cuando no el producto de un grupo de personas que se drogaron ingiriendo alcohol, cigarrillos y coca hasta el punto de caer en un estado de trance. Sin embargo, me atrevo a afirmar que Atocongo no me mintió al hacerme partícipe de su experiencia.


Hoy me pongo a pensar que el punto culminante de la ceremonia inconclusa descrita por Atocongo es el que se refiere a la llegada de la "luz" a la persona que iba a bautizarse. En casi todos los libros antiguos sobre historia de las religiones, y en textos considerados sagrados como es la Biblia, se habla de la "luz". El mayor de los "ángeles negros", Luzbel, era también un ser luminiscente. La magia tiene un innegable nexo con la religión. Muchos iniciados ven la "Luz" en el momento de su conversión. Iris de la Estrella vio con los ojos cerrados una luz real. Es posible que el don de lenguas repentinamente adquirido por Iris pueda haber sido resultado de aquella "luz". Es cierto que hay conocimientos y "conocimientos", de modo que en la distinción está el quid del asunto -como diría un amigo mío-.



viernes, 27 de abril de 2012

Otra vez Yarina

Rodolfo Sánchez Garrafa 
YARINA



La lluvia me mira desde lo alto de una capirona
un águila me inspecciona el alma
desde el claro que el viento abre en la enrramada
el calor me hace feliz por un día en la vida. 


          La laguna queda atrás por unas horas
          quisiera hablar el lenguaje de todas las hojas
          quizá juntas me dijeran 
          el camino que debo tomar. 





Sueño con el toé bajo mi almohada
es demasiado para ser un sueño cualquiera 
un águila me inspecciona las vísceras 
parece que voy a vivir. 


                              La lluvia me mira desde lo alto del calor 
                           me llegan las voces de los niños del agua 
                    quizá son todas las hojas con que el viento
                                             acaricia por un día mis temores.






ZEIN ZORRILLA Y LA POLÉMICA DEL INDIGENISMO Y DEL MESTIZAJE

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